BAR BONANZA: NO HAY DIOS PARA QUIEN HABITA EL TEMPLO

Publicado: noviembre 3, 2012 en Artículos
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El Bar Bonanza, faro, mito y refugio para más de una generación de inquietos zaragozanos y tan relacionado con las actividades artísticas de la ciudad, cumple, hoy 4 de noviembre, 39 años. Con este motivo, inserto el texto que sobre dicho establecimiento y su factótum, el tan popular como querido Manolo García Maya, publiqué con motivo de la exposición antológica de su obra en las salas del Torreón Fortea con el título “No hay Dios para quien habita el templo”.  Manuel García Maya. Cauces artísticos: 1960-2008, Zaragoza, Ayuntamiento de Zaragoza, 2008, pp. 7-12.

La ebullición intelectual y creativa de un país como España, que venía de tres décadas de censura, oscurantismo, represión y ausencia de contacto con el exterior, se produjo en el segundo quinquenio de los años sesenta del pasado siglo. En él confluyeron un buen número de las iniciativas heterodoxas, experimentales, innovadoras, antiautoritarias y creativas que grupos o elementos aislados habían llevado a cabo entre innumerables dificultades a lo largo de los lustros anteriores y se incorporaron otros factores como el desarrollo económico, el aire fresco traído por el turismo, la menor presión –quiérase o no- del sistema impuesto por Fraga Iribarne, los ecos de la rebelión juvenil con antecedentes en la beat generation norteamericana, la eclosión de la música pop, el hippismo, el estallido del mayo del 68 –hoy puesto tan en solfa por la evolución de sus presupuestos y protagonistas-, la aparición de publicaciones críticas como Cuadernos para el diálogo, Triunfo, Cambio16 o Hermano Lobo y la llegada a las librerías de un verdadero torrente de autores que habían protagonizado la historia del pensamiento y la literatura en las últimas décadas y de lo que sólo unos pocos habían podido tener noticias en España. En ciudades como Barcelona, el fenómeno se adelantó y, según el mayor o menor desarrollo de unos lugares y otros, fue expandiéndose de manera magmática, sobre todo en las capas juveniles de la sociedad. Frente de Juventudes, Sección Femenina, SEU, ejercicios espirituales, supersticiones religiosas, autoritarismo familiar, represión sexual y tantas otras cosas andaban en franco retroceso y, aunque supervivieran estructuras impresentables como un servicio militar de tan siniestros como ridículos perfiles, una Brigada Político Social que recordaba a Martínez Anido, un Tribunal de Orden Público sólo superado en arbitrariedad por aquellos lugares en los que ni siquiera había tribunales, como en las dictaduras americanas o en los países del Este, o una cuadrilla de prohombres del Régimen que no desmerecía de los títeres o figurones del valleinclanesco Ruedo Ibérico,  el miedo –que permanecía- andaba en retroceso y en muchos ámbitos empezaba a percibirse una insólita sensación de libertad, que se fue expandiendo hasta llegar a la caída de la dictadura.

En la Zaragoza de 1973, fecha de apertura del bar Bonanza, todo esto andaba en la calle y, además de las algaradas estudiantiles y la más bien voluntarista actividad conspirativa, había conferencias contestarias, recitales underground con elementos postdadaístas, una fuerte actividad política de oposición que se concretaba en asociaciones como el Cine Club Saracosta, las actividades del Centro Pignatelli, o la existencia de bares, como Bohemio y, posteriormente, La Taguara, donde se unía la juventud y la intelectualidad más contestaria a elementos populares y marginales y, junto a las inevitables borracheras, no faltaban el cannabis, el LSD, el amor libre y, sobre todo, las discusiones intelectuales, que ¿ubi sunt?

 En este contexto, que no expongo sino de manera muy parcial, un establecimiento como el Bonanza, que no presentaba ninguna innovación estética especial sino que más bien resultaba un normalísimo bar, situado en el centro de la ciudad pero cuando ese núcleo tenía todas las características de un barrio y casi con trazas de taberna, no parecía destinado a tener ningún protagonismo pero, sin duda, por las especiales cualidades de su propietario, se fue convirtiendo en un centro de reunión, especialmente de artistas plásticos pero al que también acudían escritores y la fauna marginal de que gustan rodearse.

  Manuel García Maya -desde ahora Manolo- no era por supuesto un intelectual sino un trabajador que, a fuerza de muchas horas de faena casi siempre mal pagada, como era lo usual en las calendas que corrían, había conseguido hacerse con un reducto propio. Oriundo de Morata de Jalón, donde había nacido el 17 de febrero de 1942, había recalado en Zaragoza y empezado a trabajar en la popular Casa Amadico del Tubo en 1957. Pasó luego, al Náutico, un bar de tapas de las de entonces: escabeche, anchoas, olivas, pepinillos y gambas, sito al principio de la avenida del Tenor Fleta, contiguo a otro de las mismas características, llamado Bar Picón.  Durante mi niñez tuve ocasión de frecuentar ambos establecimientos con mi padre –aún no me habían surgido las inclinaciones tabernarias- en numerosas ocasiones, ya que estaba muy cercano a nuestro domicilio. No recuerdo, sin embargo, a Manolo pues para un niño los bares se reducían entonces a las susodichas tapas, el Kas, las magníficas barras con servilletas colgantes y, sobre todo, el benéfico olor a vinagrillos y vino a granel, que no se me ha de olvidar. En tiempos en que el pluriempleo era lo usual para un adulto, Manolo combinaba su servicio en este establecimiento, frecuentado más bien por la clase media, con su trabajo en el Fiesta de la calle Zurita, sala de fiestas a la que acudía la típica fauna nocherniega de señoritos, juerguistas, busconas y buscones pero con pretensiones y precios de más alto standing.

De cualquier modo, allí tuvo ocasión de observar y trabar cierta relación con gentes a las que sólo puede conocer en su jugo un camarero que trabaje en estos lugares. El  ver, oír y callar, que tan educadamente practicaban en la época estos seguidores de Ganímedes, daba ocasión sobre todo de aprender, ya que no había ocasión de meter baza y querer poner una pica en Flandes, pulsión que nos afecta a todos los humanos, de noche y en presencia de otros congéneres. No poca experiencia acumularía, pues, allí Manolo y no pocos conocimientos de círculos y personajes a los que no hubiera accedido de haber servido en un bar corriente. Como ejemplo, podemos citar al peculiarísimo personaje, eximio poeta, rico de familia, ocurrencias y vivencias, que atendía por Julio Antonio Gómez, alias El Gordo. https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/12/20/julio-antonio-gomez/.

 Como muestra de la evolución socioeconómica de tales tiempos es ilustrativo ver los estipendios que iba recibiendo Manolo en dicha labor. A principios de los sesenta ganaba 35 pesetas diarias. En 1963 ya eran sesenta y, en 1967, 4277 al mes, propinas aparte. Esto quiere decir que, en menos de siete años sus  emolumentos se habían incrementado en un 400%. Además, y sobre todo después de su boda con Marisa en 1967, se apuntaba a cualquier restaurante que necesitara para sus banquetes o celebraciones especiales camareros de refuerzo y, en verano, viajaba a Mallorca para completar sus ingresos con el sobresueldo que significaba trabajar para el turismo. Ello le permitió lo que significaba la ilusión de todo asalariado en tiempos de bonanza –ya salió la palabreja- económica: establecerse como autónomo.

 El lugar elegido o el lugar a cuyas posibilidades le daban acceso fue el Bar Bonanza en el número de la calle de Refugio, 4, al lado de la de San Juan y San Pedro. Calle esta última de triste recordación ciudadana pues en ella se cometió uno de los mayores desmanes de los últimos tiempos, el derribo en 1969 de la quinta torre mudéjar de Zaragoza, que ostentaba la iglesia del mismo nombre y de la que sólo nos quedan fotografías y su silueta airosa en cuadros como los de Antonio de la Viñas y Juan Bautista del Mazo. En España existían muchos bares Bonanza, por la famosísima serie televisiva de los Cartwright: el padre Ben y los hermanos Adam –el guapo-, Joss –el gordo- y Joe -el pijo y el que mejor carrera hizo después con aquel pastelito que protagonizaba y dirigía y se llamaba “La casa de la pradera”. La apertura con el nuevo propietario fue el 4 de noviembre de 1973, día en el que se cumplían los 33 años de la muerte de Azaña. Una casualidad pero el futuro se encargó de propiciar una clientela poco afecta al trono. Y al altar, si todo hay que decirlo.

 Al principio, entraba muy poca gente y Manolo, que había pagado 350.000 pesetas por el traspaso, precisó de seguir compatibilizando su trabajo de barra con el acudir al servicio de banquetes pero, poco a poco, su especial forma de ser, rocera y educada, original y respetuosa, alegre, curiosa, cordial, humorística, generosa y atenta a cualquier manifestación que se saliera de los cauces trillados fue atrayendo a un público variopinto pero en el que, por una razón y por otra, abundaban los elementos que portaban alguna herida intelectual y, en especial, los que sentían atracción por las bellas artes: Joaquín Alcón, Pepe Vidosa, Ramón Cabezón, Mariano Viejo, Manolo Gimeno Garín, Eduardo Laborda, Francisco Ortega Suárez… fueron algunos de ellos, con el añadido de la tan zaragozana hueste de El Pollo Urbano, que tantas cosas podría y podrá contar de la Zaragoza de estos tiempos. El que, de pronto, sonara la Internacional, se utilizaran bragas de tamaño severo como paños de limpieza  o servilletas, almireces u hoces para batir los combinados o las paredes y los estantes se fueran poblando de objetos peregrinos y, también, de objetos más o menos artesanales, más o menos artísticos pero, como buen reducto de románticos –en el sentido estricto que tiene la tan mal utilizada palabra-, siempre pintorescos, iba atrayendo parroquianos, a menudo provistos de barba, con difusos proyectos a largo plazo de cambiar la sociedad o los presupuestos del arte y, a más inmediato vencimiento, de emborracharse a gusto.

 En principio, el bar se abría a las 9 y se cerraba a la 1 de la noche, aunque las circunstancias mandan y no siempre se cumplía el horario previsto. Al poco, llegó a hacer 3.000 pesetas de caja y es que, como dice Manolo, en 1975 se empezó a sentir el cambio. Fiel a su filosofía: “No vale la pena correr para llegar siempre al mismo sitio”, no mudó sus presupuestos pero sí que, dado el tipo de público que acudía, decidió dar cancha a lo que desde 1960 se había convertido en una afición, en una vocación, en un recurso para relajarse y dar cauce a su sensibilidad y su sentido artístico: la pintura. Así, tanto él como algunos de sus clientes empezaron a colgar cuadros aleatoriamente hasta que, años más tarde, se comenzaron ya a hacer exposiciones monográficas de pintura y fotografía, actividad en la que, creo fue pionero, aunque se abriera más o menos por los mismos tiempos que el Bonanza, otro bar más ecléctico, La Taguara, capitaneado por la recordada Pilar Delgado en la calle Fita, un establecimiento que igualmente albergó un ambiente cultural, rompedor y alcohofílico, aunque, junto a la juventud, recogiese un público algo más maduro. También acogía exposiciones -el grupo Forma, bien conocido en el Bonanza, colgó en sus paredes- y, en su fondo, había un salón con piano donde se dieron recitales, conciertos y, sobre todo, actividades diversas. En él podían verse las mismas gentes que en Bohemio, el bar-forum que trajo la modernidad a Zaragoza, pero también a artistas, gentes de teatro y famosos que llegaban de la mano de Alfonso Zapater. Viola fue durante un tiempo uno de sus asistentes más continuos, pero también pasaron por su foro personajes tan significativos como Ramón J. Sender.

Maturén, Santamaría y Manolo García Maya

 Volviendo al Bonanza, la capacidad de aglutinar que su factótum iba demostrando fue creando el ambiente que dio lugar a que, sin convertirse nunca en un recinto multitudinario, fuera incrementándose la concurrencia. Tertulias, campeonatos de mus, happenings improvisados, facilidad para encontrar a aquel que buscas y, sobre todo, la campechanía educada, la sabiduría de barra, la ausencia de prejuicios, el gusto por la rareza, la original naturalidad y la capacidad de adaptación de Manolo fueron convirtiéndolo en un personaje querido por sus clientes, que, a la vez, buscaban su afecto y su empatía. Sabedor de que la felicidad es un acto de voluntad pero con un punto de escepticismo: “Los clientes te mejoran y te empeoran”, Manolo iba navegando entre el éxito de su propuesta hostelera, que dirían hoy los pedantes de la gastronomía, y su necesidad de combinarla con su mundo interior, en el que la música, la pintura y hasta la literatura precisaban de su lugar.

 Pronto, la ubicación del bar en pleno centro histórico, entre el Cardo Maximo y las termas romanas, dio lugar a que se fueran acercando a él los abundantes artistas que tenían estudio en sus inmediaciones, como fueron los miembros del Grupo Forma, Ángel Aransay y tantos otros, pero que también lo hicieran quienes gustaban de transitar por las tascas de sus inmediaciones, escritores de la onda de Ángel Guinda y Manolo Martínez Forega o la compaña que se juntaba en torno a la Concejalía de Cultura Popular que, años después, tuvo su sede en una de las plantas del edificio sito en la esquina de San Jorge y Refugio, es decir, a menos de diez metros del Bonanza.

 Tal fue el éxito que, en su cercanía, empezaron a abrirse bares que en un tiempo fueron de culto, desde el Colores, que, en el local del antiguo Bar Cuqui, abriera en 1985 el también moratino Angelito Hernández -un recinto de aspecto más bien cutre pero donde la movida ochentera con sus porros, sus ácidos y su música tenía su asiento-, hasta El Monaguillo, abierto por Alejandro Molina, otro increíble personaje del entorno, que llegó a combinar la marginalidad, la vanguardia escultórica y la vocación empresarial con inusitado éxito, pasando por una galería como la de Javier Ochoa donde se exponían las propuestas más avanzadas del arte local y nacional. Todo ello al lado mismo del Bonanza, que ya podía exhibir su título de adelantado y precursor. Tan es así que en 1992 se publicó un libro dedicado al local, El Bonanza. Sentencia de vida (1972-1992), debido al escritor Manuel Lampre, hace años desaparecido de Zaragoza. Pocos bares con menos de veinte años de vida, como era entonces el caso de nuestro establecimiento, pueden presumir de haber dado lugar a la escritura –y, además, entusiástica- de un volumen monográfico.

 La cercanía al arte de propietario y clientes había propiciado que, desde mediados de los años ochenta, empezaran a organizarse exposiciones, bajo el marbete “Pintura entre amigos” aunque también las hubo de fotografía. Desde el inicio, la única condición para colgar fue solicitarlo y en la misma senda continúa, pues, con un criterio entre vanguardista y popular, todo se convierte en arte  si así se le nombra y, de paso, se evitan subjetivismos, favoritismos y se deja al azar y al criterio del espectador elegir entre el grano y la paja. Para la primera muestra que se celebró se eligió al llamado Grupo Zotal en el que figuraban, entre otros, Emilio Abanto y Juan Sotomayor, del que Manolo posee excelentes cuadros. Pero el undécimo fue el mismo propietario, que se reserva una exposición al año. Es verdad que, en tiempos casi recientes en los que las artes plásticas tenían más protagonismo en la urbe, estas muestras tenían  mayor eco pero el mérito de que se hayan celebrado cerca de quinientas y de que en ellas han colgado muchos de los más valiosos artistas de la ciudad, corresponde al Bonanza.

                                                                Manuel García Maya, Acrílico, 2007

Bar económico, sala de exposiciones, reducto de heterodoxos, tótem de la modernidad, almacén de objetos estrambóticos, refugio de artistas, cauce de distintas sensibilidades y estéticas, amparo de insolventes y borrachos, escenario de improvisados happenings diarios, escaparate de su tan profuso, humano, visceral y entrañable propietario, dinamizador del entorno, cajón de sastre…, el Bonanza ha sido sobre todo un espacio casi mítico para el imaginario de muchos de sus frecuentadores. Yo mismo he sido un visitante del Bonanza pero no un asiduo. Sin embargo, conozco a muchos ciudadanos que me han hablado del Bonanza conectándolo con la época más libre, más creativa, más feliz de sus vidas y no sólo artistas, sino personajes más o menos anónimos como el entrañable Jesús, adicto al rag-time y a Los Íberos, Miguel, el chispas, Rita, la estilista o los dos Jordis, uno levantino, otro barcelonés, que en diferentes épocas se colgaron de su barra, que debe andar empapada de identidades locarias. No deja de ser ilustrativo que para muchas personas de este país, en tiempos históricos actuales y pretéritos, la mejor época de su vida se vincule con algún establecimiento de bebidas.

 Volviendo a Manolo García Maya, no creo que cambiase su vida por ninguna otra, no creo que se le ocurriera un reducto que pudiera resumir de un modo tan certero y preciso como el Bonanza, al hombre que es, al entorno del que hubiera querido rodearse, al imaginario difuso de deseos, inconcreciones, símbolos, luz y modulaciones estéticas que pueblan su cerebro. En este caso, el viejo lamento que, como nadie, enunció Machín: “lo que pudo haber sido y no fue” no tiene lugar. Habría que acudir al más elevado quejido elegíaco de Rubén Darío: “la pérdida del reino que estuvo para mí”, si queremos encontrar un resquicio en las ilusiones de nuestro protagonista y ese resquicio siempre lo llenó con un original, desmesurado y tan aragonés humor. Si seguimos con la pedantería, que tampoco faltó en muchos de los concurrentes del Bonanza, diríamos con Coleridge que su  reino no es sólo el aire circundante sino la libertad poseída en común.

Manuel García Maya, Retrato de Kafka, 1980

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comentarios
  1. forega dice:

    Fabuloso, Javier. Una crónica detallada a la vez que un homenaje (de los mejores) a Manolo y su taberna. Por allí pasamos todos, y los que han de pasar. Nuevas generaciones (los Gracia, Ortiz Albero, Serrano, Saldaña -Juan Luis- Cebrián, Calavia, Gascón…) llevan haciéndolo desde hace unos años:
    “Yago derribado por un mortero que en breve estallido hizo del hígado paradigma de un nuevo parto: ‘bebí como viví’, como un pato salvaje en perpetuo orgasmo”.

  2. Cristina Beltrán Mayoral dice:

    Me encanta este escrito sobre Manolo y su mundo. Gracias.

  3. autillo dice:

    En los noventa, estudiaba en Zaragoza y allí me llevaron varias veces… Entonces no me daba cuenta del papel de este lugar ya hecho mito…

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