EL BOLERO

Publicado: octubre 26, 2012 en Artículos, Canción popular
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El libro del bolero de Tony Évora (Madrid, Alianza, 2001) es lo mejor que uno había leído sobre este ritmo que congrega tantos entusiastas. Pero he aquí que, hace dos años, Juan Montero Aroca, catedrático de Derecho Procesal en Valencia y magistrado del Tribunal Superior de Justicia de esa comunidad, alumbró un gigantesco volumen, hermosamente editado e ilustrado, que puede equiparársele: Bolero. Historia de un siglo de emociones, Valencia, Tirant lo Blanch, 2010.

A Juan Montero, autor de numerosísimos textos sobre su especialidad jurídica, lo había conocido porque ese mismo año y en la misma editorial publicó un excelente libro sobre el tango más popular: La cumparsita. Vida y derecho del tango más universal, a raiz de lo que nos hicimos amigos.

Además de dar a conocer su texto, publico aquí unas notas de mi propia cosecha sobre este cálido género.

 

Évora, Toni El libro del boleroContra lo que piensan muchos, el bolero no es mejicano sino cubano y tiene algo más de un siglo, ya que surgió entremezclado con las descargas liberadoras que hacia 1885 los patriotas cubanos empezaban a lanzar contra los trasterrados campesinos españoles que, vestidos de rayadillo, desgranaban sus recuerdos del terruño, ensoñaban con mulatas y se las tenían con el paludismo, el sudor y sus desaforados superiores. No en todas las músicas es posible encontrar un patriarca pero el bolero lo tiene: el sastre y revolucionario cubano Pepe Sánchez, autor de Tristezas. Pero para que el bolero trascienda hay que esperar a 1929, año en que se revela Agustín Lara, junto a Ernesto Lecuona, el más importante de los músicos populares centroamericanos. Poco tiene que ver el bolero cubano en compás de 2×4 con el bolero español, danza folclórica estructurada musicalmente en 3×4, presente en nuestro teatro desde el siglo XVIII y que, pasando por Berlioz, Chopin y la zarzuela, llegó hasta Ravel, que creó el suyo para el ballet de Ida Rubinstein y fue estrenado con gran éxito en la Ópera de París.

 Todo el mundo reconoce una petenera, una jota, un chotis, un tango, un rock, una balada… Pero, a menudo el bolero se identifica con un bailable lento, con una canción de amor más o menos cursi, con un melodrama dulzón con aires vagamente huevones, con música de culebrón.  Sin embargo, lo definirían mejor esa languidez y sensualidad musical en la textura melódica, el ser vehículo de la expresión de la identidad afectiva de origen hispano, con una suerte de espejo de valores emocionales o, como dijo Savater, ser una historia donde “el propio yo es el destinatario del amor”. El secreto, como siempre, es indescifrable. Está en la música. Esos sonidos que tocan resortes indescriptibles de nuestro interior que nos hacen comprender mejor eso tan raro que, a veces, llamamos emoción, que nos transportan a ese reino que estuvo para mí. O, como expresa Homero Expósito en Vete de mí: “Seré en tu vida lo mejor, de la neblina del ayer, cuando me llegues a olvidar, como es mejor el  verso aquél, que no podemos recordar”.

 En España tuvo su época de oro entre 1940 y 1955 y en el gran músico cubano Antonio Machín su principal exponente. El más grande de los compositores españoles de este género fue  Carmelo Larrea (1902-1980), que pasó de gerente en una fábrica bilbaína de bicicletas a payaso, pianista en un trío y saxo en un tablao sevillano. Allí conoció en 1941 a Machín que le cantó Noche triste, su primer éxito. Es cierto que Larrea había estudiado con Guridi en la Sociedad Filarmónica de Bilbao y sus fundamentos le permitieron convertirse en el principal proveedor de boleros para los vocalistas españoles, aunque luego fueran muchos de allende el Atlántico los que también trasladaran sus pentagramas al canto. Uno de sus mayores éxitos, Dos cruces, ganó un concurso en Radio Nacional con el título de Soledad. Lo cantó en primer lugar Jorge Gallarzo y, después, María Dolores Pradera, pero las versiones en diversos idiomas llegan al centenar. Hizo también Camino verde para Angelillo, Puente de piedra para Juanito Segarra y un muy famoso pasodoble, No te puedo querer, que cantaron Jorge Sepúlveda y Mario Visconti.

 A primeros de los ochenta tuvo lugar un inesperado renacimiento del bolero. De pronto, volvieron a resurgir Los Panchos, o Armando Manzanero, que nunca se habían ido del todo. En televisión aparecía un alopécico desconocido, Alberto Pérez, que encandilaba a la audiencia. Otros cantantes, procedentes de diversos géneros  como Ricardo Solfa, Dyango, Caco Senante, Martirio o Mayte Martín, grababan boleros y hasta el desmedido showman de Los Toreros Muertos, Pablo Carbonell, cambiaba la camiseta por la chaquetilla y fundaba “Los hijos bastardos de Antonio Machín” para revivir sus canciones. Almodóvar -cómo no- se hizo eco de este talante ambiental y privilegió al bolero en dos películas tan “espíritu de época” como Mujeres al borde de un ataque de nervios (1987) y, sobre todo, Tacones lejanos (1991).

 En América se surcaban los mismos derroteros. Cuando en 1985 el bolero cumplía su primer siglo y, a la vez, el cincuentenario del primer beguine -la versión norteamericana de esta música- se convocaba en Miami el Primer Festival de Boleros. Pronto Cuba, Méjico y Venezuela instauraron también sus propios festivales mientras el cine, a través de tres películas rodadas en 1991, certificaba su actualidad: la mejicana Danzón  de María Novaro, la venezolana Señora Bolero de Marilda Vera y la norteamericana Los reyes del mambo tocaban canciones de amor de Arne Glimcher.

 El bolero es lento y, como tal, poroso. Como toda música popular, ecléctico y ambiguo, con significación altamente subjetiva y, por consiguiente, universal. Para convertirse en un rito y en la memoria sentimental de tantas gentes, el bolero debió conjugar la emoción de algunas formas elementales de música, poesía y baile y lograr esa capacidad de evocación y, a veces, de elegía. Supo también crear un lenguaje que ha servido de registro afectivo a muchas gentes que no han tenido otras fuentes literarias en las que beber. El amor confidencial  y su correspondiente vertiente, el amor rasgado, tuvieron en él su mejor expresión. Válido para la tentación, el compromiso de pareja, los celos, el adulterio, la tentación imposible y la soledad del abandono, el bolero es una de las más felices imágenes sinestésicas del amor, ese sentimiento indesgajable de la confusión.

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comentarios
  1. Chus dice:

    Qué bien escribes y describes, el último párrafo es la prueba. En unas pocas líneas has retratado al bolero de maravilla. Me gusta mucho.

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