ENTREVISTA CON AGUSTÍN GARCÍA CALVO

Publicado: octubre 15, 2012 en Entrevistas

El filósofo cumple hoy la friolera de 86 años.  Quizá por ello se prodigue menos en los medios de comunicación y en las librerías. Aunque lo más probable es que el calificativo “débil” haya terminado cargándose al pensamiento y todas estas cuestiones hoy caigan a desmano. Aunque se nos haga raro a quienes durante tanto tiempo nos atraía su manera de estar en el mundo y su forma de explicarlo. 

Aunque no lo parezca, esta entrevista se realizó en directo, es decir, grabada en un magnetófono portátil y, a medida que iba hablando, Agustín señalaba la puntuación: “coma”, “dos puntos”, “punto y coma”, “subrayado” o lo que fuera.

La entrevista fue publicada, algún tiempo después de ser realizada, en la revista El Bosque nº 1, enero-abril, 1992, pp. 32-38.

-Supongo que a tu pesar, pero a consecuencia de tus posturas civiles y de la expresión pública de tu pensamiento, tendrás conciencia de que has sido considerado como uno de los “popes de la contestación” -al menos, así se decía antes- en este país. ¿Con qué talante asumes esa responsabilidad, esa carga ímproba?

-Confío en que al menos exageras con lo de “pope de la contestación”; confío en que te estés quedando algo atrasado de noticias en lo tocante a la opinión pública sobre mi persona: debió de haber algunos años en que a un buen número de gente, les dio por tomar mi nombre un poco como enseña de eso que llamaban contestación, acracia o cosas por el estilo; pero me da la impresión de que eso ha pasado hace mucho tiempo, y ahora me encuentro a menudo entre gente que a lo mejor ni había nacido en el año 65, con los que hablo bastante libre de esa carga; en fin, ya ves, se trata de que el desastre y la ruina del tiempo que pasa sirve para arrastrar consigo mucho de esas indeseables fijaciones y consagraciones de la persona y con ello dejar un poco más libres las palabras para preguntarse una y otra vez cómo son las cosas, que, en cambio, solo cambian para seguir siendo las mismas.

-El rigor de tu reflexión así como la continuidad de tus posturas, llamémosles ideológicas, para entendernos, son elementos atípicos en el panorama del pensamiento español de los últimos decenios ¿Se podría hablar de firmeza en la incertidumbre o, mejor, de tu insistencia en desbaratar certezas­?

-Parece que más bien me alabas por el rigor en el razonamiento y por una cierta firmeza o testarudez en el ataque, que espero que, ya puesto a echarme flores me reconozcas compatible con una cierta frescura en los raciocionios u otros procedimientos de descubrimiento de las falsedades imperantes y reales. Si es así, lo que se me ocurre decirte es que, si hay algún secreto es éste: que no tengo apenas ideas que defender, apenas nada que, si se descubre falso, me vaya a costar la vida o la subsistencia el abandonarlo; y desde luego pienso, en general y dejando ya mi caso de lado, que la falta de ideas lo que permite acaso razonar y descubrir.

-Uno de los caballos de batalla de tu pensamiento es la negativa valoración de la intimidad, la distinción entre lo público y lo privado, entre el Yo y el individuo que, tal vez, no ha sido siempre entendida. ¿Puedes aportar alguna luz a esta cuestión?

-Si, parece que cuesta entender de veras (y por buenos motivos) un descubrimiento por lo demás, tan simple de formular: el Indivíduo o Persona, el Yo, esté definido como el elemento del conjunto o totalidad de Individuos, a lo que el Comercio y los Líderes llaman Masa; no hay por tanto oposición entre el Indivíduo y la Masa, que está siempre constituída por un número de Indivíduos o Yoes, que no son más que unidades de ese número, de tal manera individuación y masificación son un mismo proceso: todo lo que corrobora la constitución de una Masa (la de un estado o la de consumidores de un producto) corrobora el ser del Indivíduo, y viceversa, y no es más que ilusión lo de que el Indivíduo constituído pueda levantarse contra la sociedad constituída. Frente a esa definición, no hay más que, acaso, la indefinición: la posible imperfección o quebranto de la constitución social y de la mía propia: es decir, lo verdaderamente público (no personal y no masivo), lo que haya de común en cualesquiera (pero “todos” no hay), la gente no contada y que no acaba de dejarse contar, y lo que de gente haya en mí, por debajo de mis ideas y mi voluntad, y que esté por tanto en mí desdibujando y deshaciendo mi personalidad primitiva. Ya he contado alguna vez como es el estudio del lenguaje y de las lenguas y sus relaciones con la población de los hablantes y con las personas y las instituciones lo que más palpablemente revela esa trama de relaciones.

-En tus últimos libros, por otra parte, muy refrescantes hay, quizá, un esfuerzo argumentador desleído en el sentido de que las conclusiones estaban claras de antemano para el lector que, además, ya que decide leerte a ti, seguramente, compartiría. ¿Se trata de aportar material dialéctico o constituyen un esfuerzo por clarificar racionalmente aquello que vivencial, o intuitivamente, la mayor parte sentimos?

-Esos librillos son más bien unos esquemas de razonamiento sobre las cuestiones correspondiente, donde se trata de que, por lo esquemático, la claridad del razonamiento sea lo más hiriente posible y capaz, de paso, de ofrecer formulaciones más difíciles de distosionarse en la memoria, al mismo tiempo que, de rato en rato, no dejan esos esquemas de recordar, por referencias inmediatas y aun groseras, que de lo que se está razonando es de aquello que está pasando todos los días y constituyendo lo que se llama realidad, en fin, aquello que a cualquiera le pasa y que, al menos vivencial o intuitivamente, como tú dices con el feri fiendo de sus vidas, todo el mundo sabe. No que diga yo que ése es el buen método, sino uno de los muchos que alternativamente se ensayan en esta inacabable lucha del lenguaje contra las ideas o realidades qu él mismo funda.

-En un país como el nuestro, tradicionalmente amigo de lo altisonante, retórico y rimbombante y que ha tenido actores que si pecaban de algo era de hiperbólicos, la declamación, hoy, está muy mal vista, tiene mala prensa y se busca un tono neutro, al contrario que en los países anglosajones en los que se cuida especialmente. Tú eres, en cambio, partidario de dar un tono teatral a la recitación ¿Por qué?

-Al lado de algunos restos de declamación teatral en algunas compañías de actores ingleses o franceses, lo que caracteriza a la falta de tradición de nuestros actores o recitadores no es tanto la exageración cuanto un sañudo empeño en la expresividad (cuando no hay arte, no queda más recurso que la sinceridad; y esto tiene mucho que ver con aquello que decíamos de que se crea todavía en el Indivíduo como lo verdadero), eso de que se pretenda con un uso forzado de las entonaciones del lenguaje corriente dar a lo que se recita (o no: más bien, se grita o se susurra) algún modo de emoción; así que ya ves que lo de optar por la naturalidad (como en el diálogo del cine) no se opone a la expresividad, sino que está del mismo lado: se trata en todo caso de que se cree que la virtud del lenguaje de la poesía o del teatro está en lo que dice, lo mismo que la del lenguaje corriente, familiar o de negocios, sin que a esa creencia en lo natural y lo expresivo deje de acompañarle una vergüenza de hacer teatro, e. e. hacer arte y juego con el habla. Pero la poesía (y el teatro, que, si no quiere ser cine o novela escenificada, es una manera de poesía) es un lenguaje de fiesta, algo en que los trucos de ritmo y de entonaciones, que están, oscurecidos, en el habla cotidiana, se ponen de relieve y, a la par que desnudan la dependencia del lenguaje de las cosas que se dicen, a la par que evocan el lenguaje del Paraíso, en que canto, recitación y habla corriente no se habían distinguido.

-Has dicho recientemente que lo importante en Poesía es el qué y no el cómo. O he entendido mal o eso precisa una urgente clarificación.

-Una mala audición o torpeza por mi parte en la formulación: sin duda lo que estaba diciendo, por el contrario, es que en el lenguaje poético es el cómo lo que importa (en relación con lo que en el anterior punto decíamos) y el qué o parte semántica o significativa no es más que también uno de los elementos de ese juego de lenguaje en que el cómo de lo poético consiste, lo que pasa seguramente es que en aquel momento lo que estaba haciendo era denunciar la situación general de lo que actualmente se vende (poco, pero se vende) como poesía, en la que por el contrario la fe en el contenido semántico, en el mensaje, en lo que se dice, ha primado de tal forma que ha hecho desaparecer casi todo el sentido del juego del lenguaje poético (en otra parte he mostrado el papel que en todo esto ha debido de tener la traducción de poesía de otras lenguas, naturalmente en prosa, donde apenas podía quedar más que el qué) y ha convertido a la poesía en una mera modalidad de la literatura.

-Muchos ex-seminaristas del Papa o de Marx, intelectuales de ringo-rango que manejaron las reglas de la disidencia a su antojo para después otorgar sinecuras, plácemes o diplomas de ciudadanía a quienes nunca disientieron de su programa parecen, desde hace algún tiempo, vivir bastante desubicados pero, si para proponer fórmulas ya no tienen fuerzas o respaldo, todavía es frecuente oir tildar de cínicos, descubridores de Mediterráneos o carentes de sentido solidario a quienes jamás consintieron ningún programa. ¿Cuál es tu postura respecto a ellos?

-La verdad es que de ordinario ni me acuerdo de que anden por ahí, como sin duda andan, los ejemplares de sabedores de política y juzgadores de que me hablas. Se me han olvidado, casi sin resto de rencor alguno, los años en que bajo la Dictadura eran ésos tales los que detentaban la verdad y la norma, los que imponían el terror y el ridículo a cualesquiera que se arrojaban a rebelarse o denunciar sin contar con el camino o meta a que toda verdadera lucha a que atenerse. Pero en fin, tal como andan ahora las cosas, supongo que les pasará algo parecido a lo que les pasaba a los curas rebotados o seminaristas que colgaban la sotana: que seguía dominando en ellos la natural necesidad de creer que no fue en vano todo lo que al antiguo Dios le habían sacrificado (sobre todo el sacrificium intellectus, la ofrenda del pensamiento en aras de la fe, que a cualquier doctrina, religiosa o no, le ha sido siempre indispensable y cara), con lo cual (y esto era sin duda lo más triste en ellos) se impedían la posibilidad de recobrar la gracia de oír desprevenidamente y de entender, y con ella la gracia de que el lenguaje hable y actúe a través de uno aprovechándose de las imperfecciones y de las inseguridades de su constitución.

-En tus charlas o recitales siempre buscas la discusión y el diálogo con los asistentes. He observado que las intervenciones son de una altura y una propiedad desusadas en este tipo de actos públicos. ¿A qué lo atribuyes?

-Me alegra que me confirmes esa impresión porque, justamente, lo que me mueve a seguir impenitentemente con ese intento de las charlas públicas es una confianza en que, cuando la cuestión que se plantea es, verdaderamente, de interés común, de esas en que cualquiera tiene que haber pensado aun sin darse cuenta, entonces puede producirse ese medio milagro de que algunos hablen no como individuos (como individuos, con la familia, en la taberna, con la pareja no pueden decir más que cosas personales o triviales), sino como público, como gente en el sentido de cosa indefinida que no es ni el individuo ni el conjunto de individuos computable que el Estado y el Comercio maneja bajo el nombre de masa. Es una confianza, pues, en que la inteligencia, la habilidad para descubrir la falsedad imperante, pertenece a la gente en ese sentido y que, con cierta habilidad, pasión o suerte, se puede conseguir en una reunión más o menos numerosa que las personas hablen como gente, como cualquiera, inteligentemente por tanto, y no como individuos, como cada uno.

-Sin embargo, esta gente no suele entrar en polémica contigo, aunque los planteamientos sean disidentes. Quizá sea que los convences ¿o que te tienen demasiado respeto?

-Puede que sea así, y ello puede deberse a dos motivos bien contrarios. Uno, lamentable, es que yo a veces tiendo a ser demasiado contundente, y esto simplemente puede atemorizar un poco o desanimar del sostenimiento de una idea que ha quedado de primeras desmontada de un modo demasiado claro y decidido; otro motivo, afortunado tal vez, en cambio, es que en muchas ocasiones las ideas que se me plantean en contra son precisamente personales, es decir, impuestas desde arriba y formando parte de los tópicos que el Orden difunde entre sus masas, y como por mi parte procuro hablar siempre de una manera ingenua y puramente negativa, tal vez resulta natural que alguien no pueda continuar un argumento destinado a sostener ideas que, como todas las impuestas y dominantes, perecen en seguida ante cualquier actividad de un razonamiento no interesado en la defensa sino sólo ante el ataque y en el descubrimeinto. En fin, probablemente, se den ambos motivos mezclados uno con otro y yo no serían capaz de decidir cuándo se ha hecho bien en demoler muy rápidamente las ideas presentadas o si hubiera sido mejor dejarlas desenvolverse más. No importa, creo, demasiado. Lo que sí quiero decirte es que también a veces me encuentro, no con ideas, sino con razonamientos en contra que me obligan a descubrir algo más de lo que en mi propio pensamiento queda todavía de lastre de ideas o creencias y, en ese sentido, puedo honestamente decir que, cuando la conversación pública marcha bien, aprendo mucho del público, es decir, desaprendo.

-Hay gente que acude a oirte simplemente -o nada menos- que por el placer de ver una inteligencia en funcionamiento pero otros, tal vez fascinados por tu aureola o tu mito, parece que asisten como quien consulta el oráculo. ¿Cómo asumes esa actitud?

-No creo que sea frecuente el caso. Pienso que a lo largo de estos años me he arreglado bastante bien para desanimar de cualquier intento de encontrar en mis palabras un apoyo a una fe positiva, a una toma de posición, a un camino de salvación; sin embargo, es posible que haya siempre algunos que vienen buscando eso que dices. Mi actitud en esos casos durante la conversación es, naturalmente, la de seguirlos desanimando en el mismo sentido. Más frecuentemente debe ser el caso de los que vienen simplemente por motivos, digamos, culturales, porque a pesar de lo escasa y tortuosamente que procuro figurar en el mundo de la Cultura, pueden, sin embargo,  tomarme como uno de los muchos figurones de ese ámbito a los que conviene ir a oir o ver para ser más culto o estar más al día. Ni que deicr tiene que ésta sería la parte más inerte del público, pero, aun conociendo la presencia de estas motivaciones más triviales y esterilizadoreas para la actividad de hablar en público, tampoco desprecio nada de antemano. Muchas veces se da que quien acude a un sitio convencido de que va por tales motivaciones personales y culturales, se encuentra con otra cosa y se deja arrastrar por el razonamiento y el sentimiento que anda por debajo de él. Hay en los hombres algo hermoso y que da algún lugar a la confianza: que se engañan, pero se engañan indiferentemente en los dos sentidos: cuando van a por vino dicen que a por agua; pero también: dicen que a por vino y traen el agüita clara.

-En contra de lo que se desprende de muchas de tus propuestas, he oído alguna acusación en cuanto a la falta de vitalidad en el ambiente de tus intervenciones públicas. Es verdad que te aplican esquemas, se te hace defensor de causas o se te identifica con historias que muy poco tienen que ver contigo, pero es cierto que muchas veces das la impresiòn de ser un hombre triste.

-Es difícil verse desde fuera y, por mi parte, hace tiempo que me desentendido de esa cuestión inacabable y estéril de saber cómo soy: hay cosas más importantes en las que pensar. Pero no creo que de mí se pueda decir que soy triste, sino más bien que soy un caso corriente, como cualquiera, unas veces alegre y otras triste. Lo que sí puedo reconocer fácilmente es que soy bastante incapaz para la diversión o la juerga y también poco dado a los entusiasmos. Esto último quizá, como insinúas, con un rechazo razonable en el sentido de que, por el mismo aprecio del posible placer y del posible descubrimiento, se niegue uno a manifestaciones exaltatorias con escaso motivo o con el motivo falso, que, al hacernos creer que hemos descubierto algo o que estamos gozando de algo, dificultan pesadamente la posibilidad de que algo de eso nos ocurra de veras. La fe es el enemigo de la verdad, así como la diversión es la enemiga del placer.

-En cualquier caso, pareces tener una especial habilidad para hurtar lo personal…

-Más que habilidad, se trata de una pasión. Pienso que si hay algún procedimiento para escapar, aunque sea pasajeramente, a esta condena a la propia persona, a ser uno el que es, ha de encontrarse a través de un enamoramiento de las cosas, de un enajenamiento que, como a veces el amor pretende, implica una cierta pérdida de uno mismo en el objeto del amor, lo mismo si es una mujer que si es un problema lógico de los que tocan a los fundamentos de este engaño que se nos vende como vida. Lo malo es que ese enamoramiento que lo cura a uno de uno mismo es algo que, como todos los enamoramientos, no se puede buscar voluntariamente, sino, a lo sumo, dejar que ocurra o no ocurra,

-Cuando hablas de que no hay creador, de que el poeta se ha comido a la poesía, tus formulaciones coinciden en gran manera con las de Octavio Paz, que viene a decir que es el lenguaje quien habla por boca del poeta que, cuando lo es verdaderamente, funciona como un mero transpositor.

-No sé hasta que punto esas formulaciones coinciden con las que me citas aunque, desde luego, tengo la impresión de que cualquiera que se haya sentido alguna vez lanzado a la maravilla de la combinatoria del lenguaje poético o del lógico y haya sentido de qué modo se producen los hallazgos que luego se reconocen como los más vivos, descubridores y sorprendentes para uno mismo, no puede menos que declarar honestamente esa independencia de la producción poética o lógica con respecto a la voluntad y la conciencia personal y denunciar, por tanto, la falsedad imperante de que poesía o razonamiento puedan surgir literalmente de uno mismo y ocupar uno las funciones del Dios creador. La metáfora del instrumento, el sentirse uno equiparado a un ábaco o una guitarra, sin que se pueda tomar como exacta y definitiva, me parece, desde luego, menos engañosa. Pienso que es importante el denunciar este engaño con respecto al creador en un momento en que en el campo de la Ciencia las ideas matan el pensamiento y, en el de las artes, la firma y figura del supuesto creador mata igualmente al arte mismo y a las posibilidades de acierto de la formulación, entendiendo ‘acierto’ en el sentido de decir aquello que cualquiera siente y que reconoce que, sin darse cuenta, estaba deseando decir.

-Parece, pues, que, por un lado, consideras la poesía como un elemento exterior al individuo o, en todo caso, perteneciente al subconsciente colectivo patrimonio de toda la comunidad que, como querría Robert Graves, se identificaría con las manifestaciones más arcaicas de lo religioso y, por otro, conectas el habla común o popular con la lengua poética.

-No puede rechazarse que la poesía, en sus orígenes, estuvo ligada con la religión y su liturgia y los viejos términos de vate y de bardo denuncian ese enlace. Sin embargo, no me siento obligado a ninguna fidelidad respecto a esos orígenes. De la religión han salido ciertamente, los continuadores actuales que siguen cumpliendo la función de engañar y dominar al público, esto es, la Filosofía o Ciencia por un lado, en cuanto imposición de ideas o creencias, y los artilugios de la propaganda comercial y la televisión por otro, que pueden seguir embobando a la gente de un modo análogo a como la embobaría la liturgia de las viejas religiones. Pero, en contra de eso, también de ella ha surgido un razonamiento laico destructor de las ideas y una poesía que no tiene por qué servir a la distracción, a la diversión ni a la cultura, sino actuar como descubridora, según sus artes peculiares. Es así como pienso que el lenguaje poético ha estado siempre ambiguamente relacionado con esas otras dos formas de lenguaje que son, por una parte, el lenguaje de las altas esferas, de la Ciencia de la religión, de los hombre cultos y, por otra, el lenguaje de la gente corriente, el lenguaje que Juan de Mairena declaraba poético cuando frente a los “eventos consuetudinarios que acontecen en la vía pública” aprobaba al discípulo que lo traducía a lenguaje poético con “lo que pasa en la calle”. Lo cierto es que la poesía, pienso, tiene que arreglárselas con esa ambigüedad. Por un lado, tiene que recurrir a los esplendores y artificios del lenguaje verdaderamente popular. Por fortuna, he comprobado mil veces que, incluso cuando la poesía emplea vocablos esotéricos y sintaxis retorcidas, con tal de que esté acertando a decir el sentir común , la gente corriente y no culta se muestra bien capaz de entender las palabras y las construccciones que, en un plano consciente, no conoce.

-Poesía y Tiempo son conceptos que, de un modo u otro, relacionan todos los que han reflexionado sobre aquélla. Para tí, ¿la Poesía detiene el Tiempo? ¿Lo contradice? ¿Lo transfigura?

-Es, desde luego, como tradicionalmente se decía, un arte temporal. Como la música, juega con el tiempo; lo cual quiere decir que juega con esta contradicción que es inherente a la cuestión del tiempo en el lenguaje mismo, a saber: que, por un lado, la producción lingüística tiene que ser sucesiva, simultánea (esto es lo más claro que se puede decir para reformular con precisión lo de ‘temporal’: que nada, ni frases, ni palabras ni fonemas pueden darse al mismo tiempo que otro del mismo orden) y, en contradicción con ello, el lenguaje es también el sistema de la lengua, el cual es intemporal, eterno con respecto al tiempo en que se habla, y en ese sistema están también depositadas las ideas y, entre ellas, como la más contradictoria y, por ello, madre de todas en el mismo sentido, la idea misma de ‘tiempo’. Entonces, la poesía lo que hace es llevar al extremo y poner en carne viva esa contradicción que es inherente al tiempo, así, hacer al mismo tiempo sentir lo ilusorio de las ideas  o realidades pretendidamente permanentes, pero, a la vez, lo ilusorio de pasar, tal como las ideas recibidas o la Historia tratan de concebir. Por eso es por lo que la Poesía no puede consistir en lo que se dice, en el mero ofrecimiento de significados (ésta es una de las maneras más evidentes de hacer morir la poesía: reducirla a Literatura), sino que tiene que lanzar las palabras siguiéndose y perdiéndose en las artes que más directamente tocan con esa contradición del Tiempo: los juegos del ritmo y de la sintaxis.

-Quizá por primera vez en la última historia española, una generación -hablando en sentido lato- no tiene misión o programa determinado que cumplir. Ni la lucha contra la tiranía ni la liberación sexual ni el descubrimiento o seguimiento de ninguna escuela. Estas, llámense marxismo, freudianismo o estructuralismo, han demostrado lo que dan de sí y, si no están agotadas, tampoco podemos esperar de ellas grandes revoluciones. Hoy día no atraen en demasía dogmas ni modas. ¿Crees que puede decirse que la realidad, con todas sus amenazas, aparece como un espacio abierto?

-Desde luego, recibo como una especie de bendición eso de que los muchachos que van saliendo estos años estén, en cierta medida, limpios de credos, ideales y hasta de ideas políticas u otras a que atenerse o por las que regir su conducta. Este relativo escepticismo lo he visto ir creciendo a partir de los años en que, después de la rebelión estudiantil de los sesenta,  a los niños se les politizó y orientó del tal manera desde su temprana adolescencia, que ello, junto con la carga más directa de la pedagogía de las instituciones, acabó por despertar un desprecio tanto de los ideales políticos como de las ideas oficiales o dominantes. Esto me parece una prueba de salud por parte de estas oleadas de muchachos y cada año, al recibir en 1º de Filología a un grupo de doscientos o más, no puedo menos de asombrarme de la resistencia de eso que hay de animal en las criaturas humanas que les permite después de trece o catorce años de pedagogía y de formación a través de los distintos medios de formación de masas y de propaganda, seguir estando todavía lo bastante vivos como para que se pueda conversar mejor con muchos de ellos que con los más formados, y sentir despertarse en muchos un interés nuevo ante un planteamiento mínimamente honrado de las cuestiones sobre la realidad y su lenguaje y sus contradicciones, que han sido siempre como una herida fresca y un motor de actividad amorosa y destructiva. Claro que se puede decir que este escepticismo relativo del que hablo puede ser un peligro (desde luego, los mayores y más o menos de derechas no hacen más que quejarse de la falta de ideales de la juventud), que puede llevar a muchos modos triviales de llenar su tiempo como las drogas, las religiones, la televisión o el fútbol o a ponerse a empollar para el fin de curso. Eso es, ciertamente, así; pero, a pesar de todo ello, estimo siempre preferible esa cierta limpieza de creencias y resistencia a las ideas, como una posibilidad de pensar de veras negativamente y, por tanto de, si no vivir, romper con algo de lo que hace imposible la vida lo mismo que el razonamiento.

-Sin embargo, también puede decirse que durante estos últimos años ha remitido un tanto la afición por esoterismos u orientalismos de diverso pelaje, mientras, en cambio, ha aumentado considerablemente el número de alumnos que subliman su conflicto con el entorno mediante el empolle.

-Es posible que esa estimación que me haces sea acertada y que, aunque las oleadas de religiones más o menos orientales sigan florecientes, no hagan tantas presas entre los muchachos como hace todavía diez años; es posible, incluso, que el recurso a las drogas que, durante esos años, solía acompañar al florecimiento de las creencias religiosas, esté también en baja o más bien, que los sectores se hayan especializado más y hayan quedado por un lado, los drogotas, condenados por lo general a la práctica del tráfico, alejados del mundo de los estudiantes y de los muchachos normales; y debe ser verdad que, en compesación, la sumisión al estudio para exámenes y a la prosecución de la carrera de títulos y colocaciones esté dominando a una mayoría de ellos; pero no hay que olvidar que la diferencia entre tirar por un camino o por el otro no es tan importante como parece. Lo importante es que en uno y otro caso, se trata de rendirse a una creencia y de creer sobre todo en una vía, en un camino de salvación personal. Esto es lo que las instancias superiores favorecen y promueven, y siempre han  procurado que la que no pudiera colocarse por el camino del matrimonio se colocara por el camino de la prostitución y viceversa. Lo que nos queda, como una cierta confianza negativa, es ese relativo número de ellos y de ellas que siguen resistiendo, al menos mientras no se hacen inevitablemente adultos, a una vía de colocación y a la otra, a un un modo de creencias y al otro.

-Parece, sin embargo, contrastar con todo ello un fenómeno que se percibe claramente en estos últimos años y que todavía no ha sido, creo, suficientemente valorado. Me refiero a cierta actitud antierótica, a cierta regresión sexual en nuestra sociedad. Sobre todo, en los sectores más jóvenes parecen volver valores como la fidelidad, la continencia…; está de moda el novio fijo; en los debates, al contrario que hace unos años, surge el tema sexual como demanda de información más que de discusión. Quizá sea insuficiente explicar todo esto a través de los típicos bandazos de sensibilidad o ideología. ¿Cómo interpretas estos síntomas?.

-En percibir el fenómeno para estos últimos años estoy de acuerdo contigo, aunque siempre me he mantenido, durante los años anteriores bastante escéptico respecto a los modos de liberación que se intentaban, lo cual no quiere decir que no apreciara los intentos, aunque condenados a un fracaso más o menos rápido, de ensayar nuevos modos de vida y de amor en común que, por aquel entonces, se hicieron y que no haya alabado a la respetable minoría de muchachas que, por afán de liberarse o, simplemente, por negarse a someterse, acabaron, quedándose, sencillamente sin novio y ahora se encuentran, tal vez, sin saber para qué se hizo aquel sacrificio; algunas de ellas, ya no tan muchachas, llevan el desengaño con más gracia que otras. Pero en lo que atañe a la situación más actual, pienso que, aunque muchos factores puedan haber influído en ello, en general, se puede decir que la principal astucia que el Orden había desarrollado para impedir las posibilidades del peligro horrendo de un amor libre y mantener sus instituciones (noviazgo, matrimonio, prostitución, etc.) ha sido que, para sostener la creencia en el amor mayúsculo, la idea del amor que mata y sustituye al sentimiento, se lanzó y se impuso la idea contraria y complementaria: la del sexo; de tal manera que venían a diferenciarse mútuamente, en el sentido de que ‘sexo’ era hacer y sentir lo mismo que con el amor, pero sin amor; y ‘amor’ era aquello que no era mero y cochino sexo. El imperio de esta idea de Sexo se acompañó con un tremendo desarrollo de la industria pronográfica que, así, vino a reemplazar en sus funciones a la Regla moral de la Iglesia decadente y que ha resultado mucho más eficaz que la vieja represión para agostar y devirtuar los posibles sentimientos amorosos; pues, especialmente para el sexo masculino (las mujeres han permanecido más ajenas a este proceso y más obedientes a las viejas formas de idealización, pero la masculinidad es, como sabes, una flor muy delicada), la pornografía y la ideología del sexo han resultado mortales para el florecimiento de los impulsos y deseos amorosos y es, por tanto, lógico que, en contrapartida, el imperio del Amor mayúsculo de la pareja y, en general, del Contrato y la Idea reemplazando resignadamente el sentimiento que haya llegado a tener esa extensión y fuerza que comentas y que, a veces, le llena a uno de desolación al pasar por los parques o asomarse a una discoteca y comporbar la docilidad con que tantas parejas muy jóvenes se entregan, evidentemente, a las formas de abrazo que han reconocido como convenientes, al Amor convencional, tranquilo y alejado de las turbias aguas del mero sexo, que, correspondientemente, queda reservado a las nuevas formas de prostitución (saunas, señoritas de compañía para ejecutivos, masajes, etc.) que tan espléndidamente ha desarrollado el comercio durante estos años.

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