POESÍA Y LOCURA: JACOBO FIJMAN

Publicado: octubre 11, 2012 en Artículos, Literatura
Demencia:
el camino más alto y más desierto.
Oficio de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
tosen las muecas
y descargan sus golpes
afónicas lamentaciones.
Semblantes inflamados;
dilatación vidriosa de los ojos
en el camino más alto y más desierto.
Se erizan los cabellos del espanto.
La mucha luz alaba su inocencia.
El patio del hospicio es como un banco
a lo largo del muro.
Cuerdas de los silencios más eternos.
Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.
¿A quién llamar?
¿A quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?
Se acerca Dios en pilchas de loquero,
y ahorca mi gañote
con sus enormes manos sarmentosas;
y mi canto se enrosca en el desierto.
¡Piedad!
                 J. Fijman, Canto del cisne (Molino rojo, 1926)

    

Publicado en Diccionario de la existencia, Barcelona, Anthropos, 2006.

Judío nacido en la Besarabia rusa –actual Rumania- el mismo año que García Lorca y uno antes que Borges, viajante por las fronteras de la locura y acarreador de un patetismo metafísico que lo apropincua a otros poetas venáticos o enajenados como Hölderlin, Blake, Nerval o Artaud, aun sin su componente visionario, la vinculación de Fijman a la generación de 1922 vino de la mano de Leopoldo Marechal, que lo incorporó a la mitología ciudadana en Adán Buenosayres (1948), señalando su “categoría de héroe metafísico, es decir, en un nivel superior del mito”, como después escribió.

 Jacobo Fijman (1898-1970), que había sido internado por primera vez en 1921, volvió en 1942 y en 1945 al Hospital de las Mercedes donde, con ocasionales entradas y salidas, ya permaneció hasta el fin de sus días, en total, más de veinte años. No sólo por su enfermedad –él la llamaba psicosis distímica- sino por su carencia de medios de vida.

Algunos flashes: la comadrona que lo ayudó a venir al mundo le confesó que nació diciendo en hebreo: “Yo soy el Mesías”. En 1902 su familia emigra a la Argentina. Estudió disciplinas muy diversas y aprendió a tocar el violín. Durante varias etapas de su vida recorrió el país como violinista ambulante. En 1921 la policía lo detiene y, tras brutales palizas, lo ingresa por primera vez en la cárcel y, después, en el manicomio, donde continúan las torturas, con golpes y electroshocks. Comienza a colaborar en revistas literarias y en 1928, con Oliverio Girondo y Antonio Vallejo, viaja a Europa donde conoce a los surrealistas. Discute con Artaud; éste se dice el diablo y Fijman se identifica con Dios. Unos cursos de cultura católica suponen para él una revelación. Se bautiza en 1931 y su obsesión por trabajar el verbo en analogía permanente con el Verbo Divino deparó una poesía que, aun teniendo mucho de solar, tiene muy poco de mística. Conrado Nalé Roxlo dejó escrito: “…su vida de gran dramatismo y furor místico le llevó a andar de rodillas durante mucho tiempo, desgarrándoselas, llagándoselas, diciendo que el hombre era indigno de estar de pie ante Dios”. Al final de su vida es invitado al programa de televisión “La Ciudad Creadora”, acompañado, entre otros, por Federico Luppi. De pronto,  Fijman queda mirando al cielo y dice: “Tengo que contar un secreto que llevo toda la vida conmigo”. Las cámaras buscan el primer plano del rostro. Inocentemente, proclama: “todos los domingos, en misa, los sacerdotes comen mierda”. El silencio y la tensión se hacen insoportables Es lo más desaforado que se ha dicho hasta entonces en un medio público.

 Su poesía, sin embargo, huyó del absoluto, de las grandes palabras. Le sobraba pasión pero también soledad, desasistimiento, desolación y desconfianza para pretender enjugar vacíos a través de la palabra. Para Fijman Dios es, pero no está ni se plantea alcanzarlo.

 Fijman publicó tres obras en vida: Molino rojo (1926), la más importante, Hecho de estampas (1930) y Estrella de la mañana (1931). En una poesía escrita desde la locura sorprende su limpidez expresiva. Si el espanto, el horror y el grito son las referencias más constantes, su resolución no es la confusión ni un ampuloso trascendentalismo. Como no podía ser de otra manera, es esta una poesía hiperestésica pero, a la vez, desnuda; desgarrada pero antirretórica, en la que la imagen sobreviene a chispazos como en un escorzo destellante. La cotidianeidad perece en los escasos y brutales adjetivos, no hay transiciones, como no hay gradaciones en la herida. La sustancia cambiante reina sobre todo. Piedad, tensión y deslumbramiento acompañan al lector que transita pasmado los caminos de Fijman. Él lo dejó escrito: “…y hay espanto de luz en nuestras manos”.

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