EXECRACIÓN DEL ALCAHUETE

Publicado: agosto 29, 2012 en Artículos

               (Publicado en Aragón Digital , 1-4 de septiembre de 2006). 

Despellejando a la prójima en presitigioso marco

En las antiguas discusiones entre los habitantes de Aragón, una de las peores palabras con que se podía motejar a alguien era la de “alparcero/a”. Para una comunidad de gentes orgullosas, con una conciencia firme de la propia identidad, meterse en vidas ajenas o divulgar sus interioridades era muestra de personalidad despreciable, de escasa consistencia moral. Bastante tiene cada uno con lo suyo. En castellano, el sinónimo era “alcahuete/a”, que, por extensión de su antiguo significado de persona que, por dinero, intentaba facilitar favores sexuales, pasó a significar, correveidile, metomentodo, propagador social de historias privadas.

 Como aquel banderillero que, según sus propias palabras, había llegado a gobernador civil, “degenerando, degenerando”, nuestra blandengue sociedad ha pasado de execrar a tan  viles chismosos a ponerlos en el altar supremo, en el dios de nuestro tiempo: el de la máxima audiencia.

 Los programas llamados del corazón, a los que en realidad habría que haber denominado como de la entrepierna, del chantaje o de la desfachatez, comenzaron a proliferar a finales de los noventa y fueron alcanzando su esplendor con el nuevo siglo. Pese a que recogían descalificaciones continuas de periodistas, televidentes y hasta de los propios sujetos que les servían de pasto, las empresas periodísticas los producían cada vez en mayor número, los espectadores se incrementaban y toda la caterva de actrices malas, cantantes peores, matarifes taurinos, putorras que veían abierta una vía al estrellato, rufianes y gigolós de tres al cuarto, convirtieron esos programas en su predio, con la habitual colaboración del corrompido elemento periodístico. Por cierto no sé qué favor hace a la homosexualidad militante tener a muchos de sus más conocidos miembros en tan repelente ejército. Y ahí estamos.

 La cadena de televisión que más se ha distinguido en la promoción de tales bajezas, se queja ahora de que a una ¿periodista? le hayan dado un portazo al meter el micrófono donde ni debía ni podía y le hayan roto algún huesecillo de la muñeca. No sé si estos blandengues tiempos, en los que un juez manda a la calle a los delincuentes que, tras romper la mandíbula a uno que se resistió a regalarles el teléfono móvil, dejaron inconsciente y mandaron al hospital a su amigo y a quien salió a defenderles, dirán que incurro en apología de la violencia, pero, una por otra, me quedo muy a gusto con la primera.

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comentarios
  1. Chus dice:

    La televisión es un “arma de destrucción masiva” -podría ser todo lo contrario- pero estamos en el país de la envidia y del alparcerío, aunque nadie lo reconozca. Y la cosa ha ido aumentando, porque desde que escribiste esto hasta ahora, los programas infames son más y con más horas, y la “fauna” que sale por ahí, es cada vez peor.
    Es que estoy un poco quemadica con el tema, porque llevo ya unos cuantos días acompañando a mi tía, y no estamos solas, ¡qué va! Desayunamos con Ana Rosa, casi me dan ganas de volverme a la cama. Comemos con un programa de juicios, donde la gente se pone a parir y gritan como posesos. Sobremesa con las noticias, y corte de digestión asegurado. Y por fin, toda la tarde con el “Sálvame” donde todos se consideran periodistas, o como dicen ahora “tertulianos”, pero a mí me parecen la parada de los monstruos (y no porque tengan nada que ver con la maravillosa película de Tod Browning) porque dan miedo de verdad. ¡Horroroso!
    Son un peligro para la salud pública, a mi tía y a muchas otras personas que pasan horas en soledad y tienen mermadas las condiciones físicas para hacer otras actividades, las han machacado, las han convertido en auténticas adictas a su continua presencia.
    ¡Son como de la familia! ¡Qué chandrío, Javier!

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