HEPTÁGONO (Cuento)

Publicado: julio 17, 2012 en Literatura

Este relato se publicó por primera vez en mi primer libro de cuentos, El parto de los montes (1982) y volvió a ser incluido en El desastre de nuestras fiestas (1996). Sin embargo, creo recordar que lo escribí en la década de los setenta y sus primeros párrafos fueron redactados en el mostrador del bar Bohemio 2. Probablemente, es el primer cuento largo que escribí en un tiempo en que había abandonado la idea de ser escritor. Y siempre me gustó. Quizá, para no cambiar de idea, lo coloco ahora aquí, sin releerlo.

Marteles                                                                                                 Manuel Marteles

                                          H  E  P  T  Á  G  O  N  O 

                                                         C’est dans les foyers domestiques que se forment les sentiments

                                                         et les habitudes qui décident la felicité domestique.

                                                                                                  MIRABEAU, Discours sur les successions   

    Doña Celia respiró ansiosamente:

     -¡Chica, qué vista!, desde luego vale la pena llegarse hasta aquí sólo por darse el gusto de extrapolarse como una señorona con el aparente crepúsculo. O malibrán, que diría mi marido.

     Doña Virtudes rebatió con sinceridad:

     -Después de estar toda la semana dale que te pego, esto es un descanso y un gozo.

     El esposo y cuñado de las respectivamente mentadas, Sinesio Dieste, se creyó en el deber de acomodar la expresión que a su edad y estado correspondían. Así lo hizo. No contento con ello, se desacodó de la barandilla, arrojó una mirada a los niños que a lo lejos jugaban y, no sin melancolía, consideró que, de puro vista, la vista nada le decía. Tampoco el parque. Ni siquiera sus parientas. El sí tenía algo que decir.

    -Un catarrito algo más que fulero es contraíble a estas horas. Si poco me gusta el gris que, inclemente, corre por aquí menos me gustaría que se aposentase en mi maquinaria degusto-respiratoria. Y, puestos en el entramado de las repulsiones, os hago saber que no muy apartadas de ellas discurrís. Tampoco yo me encuentro en un terreno favorable. Es más, los pareceres sobre mí mismo oscilan muy levemente. A veces llego a considerarme un canalla puntilloso y otras un mamarracho menos innoble que patético. Sé que compartís estos pensamientos, lo que me excusa de continuar.

    Del brazo y lentamente, tomaron la cuesta que hacia el Canal, conducía fuera del parque. El pavimento de grava hace años que se resquebrajaba abandonado lo que no produjo especiales inquietudes en nuestro trío. Sí, la perspectiva hogareña que, hablando sinceramente, era menos que lisonjera. Luisito, vástago de don Sinesio y su cónyuge, había regresado la noche anterior tras dieciséis meses de ausencia. La alegría de retomar a sus padres y besar a su tiíta se había traducido en la expresión de indiferencia profunda con que saludó sus expresiones de bienvenida. Alegría aún no confirmada verbalmente, pues todavía no había logrado articular sonido alguno. No me parece descabellado referir asimismo que no se había presentado solo, tal como se fue. Ahora se hacía acompañar de su querida.

  Don Sinesio padecía a su modo. Era demasiado arduo interrumpir una situación a la que ya se había acostumbrado. Luisito marchó de casa, bien, pero ya tenía veinte años y hoy día no se espanta nadie por muy hijo único que el malandrín sea. Sin embargo, el episodio mentado había superado sus expectativas. Ni siquiera sus pastillas para la tos le proporcionaban la habitual tranquilidad de ánimo.

     -Virtudes -prorrumpió-, nuestra intimidad ha sido pródiga en incomunicación e iniquidad lo que ni me parece mal ni me parece bien pero creo que deberíamos atrevernos a entrar en la ecuación Luisito. En cuanto a mi señora, aquí presente, no puedo decir que la desprecie pero el problema queda a desmano de su sutil intelecto.

    -A estas horas todos los gatos van siendo pardos -aseguró doña Celia, mientras su sotabarba oscilaba sensiblemente.

    Ya se aproximaban a la pasarela que, una vez cruzada, les colocaba a tiro de piedra de ese hogar heredado el sesenta y cuatro de los suegros de don Sinesio y que, con desparejadas reformas, siempre les había servido de cobijo.     

                                                              

      No muy lejos de allí, en la calle Jalón, aún sin empedrar, pero asilo de ciertos gajos de la avanzada intelectual de la provincia, don Sixto Elaune daba los últimos toques de barniz a su “Metamorfosis en el colon” del que, aparte consideraciones menores, esperaba reportase un beneficio no inferior a los quince mil duros.

    -Expectación -alarmó a su consorte-. Así como el trapero recoge desechos, basuras, elementos accesorios desgajados de su esencia, nimios recuerdos que perdieron su recordador, incluso asquerosidades, para un día asombrarse con el hallazgo de un medallón chapado en oro bajo, el artista exprime su cacumen y, entre un quintal de morralla, surge la concepción magister, un trazo exento del habitual sebo que reúne en su simplicidad la imagen del mundo. Mucho me temo que en la composición que, atribulada, observas ni siquiera se haya dado el caso expuesto. ¿Qué te parece?

    Expectación modificó su habitual expresión de agudeza hasta semejar un miope pesquisando desde la última fila de un salón de strip-tease, manoteó y nada dijo.

    Don Sixto rectificó la ubicación del lienzo y, no sin entusiasmo, se lanzó:

    -Quizá con la elección de un marco oportuno, el artefacto pueda figurar sin desmerecer en la VI Bienal Helio Ventaja convocada por Dorito “in memoriam” de su padre.

    -Sabes, Sixto, que de las cinco anteriores, cinco han sido obtenidas por artistas cobijados bajo el manto de Prisco Cantalapiedra, tan crítico de arte como reputado bujarrón y mucho me molestaría que te adhirieran a ese pringue.

    Torciendo la cabeza, don Sixto habló:

    -Asumir el malditismo teniendo en cuenta que llego a los sesenta no me parece tan descabellado. Por otra parte, hoy todo está vuelto de espaldas. Tú y yo, sin ir más lejos, tenemos una hija de la que no sabemos sino que funciona extramaritalmente un día sí y otro también. Si esto no va a tener incidencia en nuestros comportamientos, tú dirás que beneficios nos pueden reportar semejantes tortillas.

    Dicho esto, y tal vez por asociación de ideas, acudió a la cocina donde se proveyó de  queso, pan y cuchillo, degustando los primeros con tanta elegancia como buen apetito.

    Al poco, el teléfono se hizo notar y tras él oyóse la pastosa y noble voz de don Sinesio Dieste. Fueron palabras educadas y convincentes. La cita quedó concertada en el café  Celtiberia, auténtica guarida ciudadana del elemento senil y provecto.

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   Luisito y barragana habían decidido divertirse. Pocos guariches iban a dejar de ser visitados esa noche por la aguerrida pareja. Se emborracharían como auténticos tocinos y llegarían a casa en un estado alarmante a ojos de los viejos. De momento ya estaban en el Nolo, moderno pub provisto de estridencias, donde la juventud trataba de olvidarse de sí misma. Así habló Luisito enfangado en la barra:

    -Dos cubatas.

    La juerga prosiguió en el Phantoma’s, cubículo apto para aves de corral, donde había que guarecerse en un banco corrido que circundaba el recinto. El camarero, un ser peludo y acechante, tras perdonar la vida a nuestros muchachos indagó:

    -¿Tomáis?

    -Dos calimochos.

    Reconfortados por el sesgo de los acontecimientos salieron de Phantoma’s para dirigirse a El Figón del búho Pío, conocido lugar de reunión donde se comerciaba con queso untado en bimbo a veinte duros el decímetro cuadrado.

    Luisito, ya entusiasmado, exclamó:

    -Pones dos cubatas.

    La juventud todo lo puede. Luisito y Davida estaban decididos a continuar pasase lo que pasase y, visto el animado ambiente que en El Figón reinaba, la muchacha decidió desarrollar sus personales dotes oratorias:

    -Oye, pones dos cubatas.

    Si se la oyó, no se la atendió con lo que Luisito tomó el relevo:

    -Dos cubatas más, oye.

    Así fue. Eran sólo las nueve y media y la velada prometía. Con estos pensamientos y una suerte de dispersa fantasía en el corazón decidieron encaminarse hacia El Corsario, donde Luisito conocía a un camarero con el que había hecho buenas migas tras un recital de Ricardo Bufones, sensacional cantautor de izquierda moderada.

    -Igual nos pasa algo de mierda -aventuró.

    El Corsario era mínimo pero repleto. Una soga que cruzaba de parte a parte, dos antifaces de plástico, una presidencial calavera y la catadura de sus parroquianos denunciaban el irrebatible acierto de su titulador.

    Luisito atisbó el recinto. No, no lo veía. Trató de sobreponerse a la acogedora estridencia del tocadiscos:

    -¿Pondrás dos cubatas? Ah, oye, ¿no está aquí un tío que se llama Ginés y toca la flauta y es muy pasao?

    Davida lo observaba admirativamente.

    -Ya no trabaja aquí pero suele venir a estas horas.

    El semblante luisitano se iluminó ante tal confirmación. Ahora pensaba ¿qué sentirá Davida ante un hombre de mis relaciones? En cualquier momento le hablaré de lo que se me ocurrió ayer antes de dormirme.

    Luisito había pensado que el sexo era ilusión, una hermosa ilusión a veces -eso sí- pero que en él se confundían deseo y reminiscencia, realidad y sueño. El entramar estos cuatro conceptos le había resultado arduo y en ello le había vencido el sopor. Pero ahora se lo explicaría a Davida y todo quedaría más claro, incluso para él.

    Davida, contra su costumbre, no pensaba en nada. Se limitaba a estar, a sentirse tan mujer, tan cercana a su realización que no advirtió cómo un gargajo proferido desde atrás se inquilinaba en sus posaderas. El mocerío es despreocupado y muchas veces, sin malicia, gusta de quebrar la triste cotidianidad con tales expectoraciones. Por ende, cuando alguna se aposenta en el fembril género, el candoroso regocijo de los espectadores se ve acrecentado.

    Así ocurrió en El Corsario donde, al pronto, se acusó la presencia de Ginés que, acompañado de pelambrera, dispúsose a hacer notar su condición de hombre avezado a los recovecos de la convivencia tabernaria.

    -Qué basca, tío. Hay que empentar para moverse. ¿Vino Susi?

    Don Camarero se atuvo a la experiencia.

    -No la he visto, pero ese lila preguntó por ti.

    -Vaya plasta. Algún canuto que querrá ligar.

    Se acercó al absorto.

    -¿Me buscáis, tíos?

    Luisito en unos instantes trató de componer la expresión entre indiferente y sobradora que, indudablemente, se requería. Si no lo consiguió, échese la culpa al autor de esta verdadera historia. Sin embargo, le sobraron arrestos para boquear:

    -Joder, cómo prosperas. Tú con el curro no quieres saber nada ¿eh?

    La expresión de Ginés le hizo suponer que tal vez no recordase el par de buenas horas pasadas tras la actuación de Bufones. Sin amilanarse pasó a estimular su memoria.

    -Vaya ciego que llevabas el día del recital en el Poli. Igual ni te acuerdas de donde estuvimos luego.

    -Muy bien, tío, no me acuerdo. Si hubieras ido con la chorva, seguro que no se me olvidaba. ¿Cómo te llamas, chochín?

    Visto el cariz de los acontecimientos, Luisito se remitió al argumento esencial.

    -¿Tienes algo de mierda para pasar?

    No poco se hizo rogar Ginés hasta depositar una triste loncha del codiciado elemento en los dedos de Luisito, previo aforo de su importe cifrado en dos mil pesetas.

    Ya más confianzuda, la pareja aceptó la oferta de Ginés de subir a su guariche, ubicado en las cercanías, donde -con importante música- darían buena cuenta de un chocolate ketameño que sólo guardaba para las amistades. No poco se extrañó nuestro héroe de la metamorfosis ginesiana que había convertido en amistoso compinche al antes sobrador y displicente ex-camarero, pero el gin tonic al que les invitó disipó sus reticencias.

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     La sala principal del aposento del operario hostelero abarcaba cojines, alfombra, colchoneta, mantas, ceniceros, poster de indio navajo, vasos afincados en el suelo, porquería en diversas manifestaciones y un par de estantes sobre ladrillo en los que se agolpaban frascos, pulseras, un rosario, gafas de sol, caracolas, flexo, latas de té, cintas multicolores, un chupete, tabaquera, camisetas de sensible abertura, destornillador, un cipote de escayola y hasta varios volúmenes que, para disfrute de generaciones futuras, habían maquinado Hesse, Kerouac, Michaux, Gibran, Bukowski, Krishnamurti, el marqués de Sade y ciertos anónimos y desocupados japoneses, sintetizadores de la naturaleza y el sentimiento, ostentadores del instante, adictos a la simpleza que, sin comerlo ni beberlo, habían obtenido el privilegio de que un editor madrileño imprimiera sus luminosas percepciones.

    Ya portaba Ginés sendas tazas repletas de caldeado aguachurris al que había de añadirse canela y vodka a voluntad del usuario, operación menos sutil que la de su previo acondicionador que -al fin, experto en coctelería- había distribuido productos diversos según el sexo y previsibles actitudes de su futuro degustador.

    Los canutos aparecieron al poco sumiendo en modorra a Luisito, en éxtasis a Davida y en ojeador avizorante a Ginés que, recordando el haikú de su maestro Basho: “Leche de almendras/ tibia y tranquila es la noche/ y la bebida”, circundó a Davida, extraviando su boca en el cuello de la interfecta.

    Por un lado mal y por otro bien parecieron a Davida estos escarceos y más bien que mal cuando sintió su teta abarcada por firme mano y observó a Luisito sumido en sopor beatífico. Cual culebra apresurada, resolvió ceñirse a su novísimo partenaire y esperar acontecimientos que -si no atípicos, sí placenteros- advinieron en formas cefalopódicas y acezantes.

                                                                      MarxErnst

                                                                           Max Ernst

Saliendo de su nirvana, Luisito notaba en sus oídos un bramido abracadabrante, en su boca promesas de arcada, en sus ojos escozor y nubes, picor en las narices, hormigueo en la piel, sudor en las junturas, madeja en el estómago, estrechez en el culo, temblor en las manos y en el corazón, tirando a congoja. Hombre de decisiones, buscó el water, encontró el lavadero, la despensa, la terraza, el tendedor… A su vuelta, la cocina, un dormitorio, la fregona, un gato rayado y, por fin, se agarró a su objetivo. Allí tuvo ocasión de -en moderna actitud- sentarse sobre las rodillas, abrazar ansiosamente los contornos de quien tan callada y pacientemente lo recibía y propiciar contracciones e impulsos de atrás adelante que incrementaban -hubiera dictaminado cualquier observador- la integración sujeto-objeto tan perseguida por místicos y tragasables. Aquí, sin embargo, fue el objeto quien tuvo que tragar sustancias provenientes del sujeto que, apurado pero hasta cierto punto complacido, contemplaba lo violáceo de sus emisiones. No plenamente satisfecho de la cantidad, procedió a introducir los dos dedos más largos de su mano diestra en el garganchón, dejando previsoramente la zurda como sujeción a los bruñidos y, por tanto, resbalosos contornos de la taza. Alcanzóse el éxito pero no atinóse en la puntería. Las inmediaciones del amigable recipiente habían quedado sembradas de la líquida-sólida sustancia que tan paladinamente se había apresurado a desechar su prístino portador.

    Éste no iba a permitir que su reputación e imagen quedasen maltrechas con el evento, por lo que buscó con la vista material de aseo y no atisbólo. Carecía el aposento, además, de papel higiénico y utilizar la toalla o el albornoz hubiera resultado más agravante que eximente, como con sensatez discurrió Luisito. Pañuelo no portaba, su condición de joven le vedaba la corbata, pensó, pues, en el calcetín como remedio a su contienda y así éste pronto ofició de bayeta y quedó convertido en maloliente y viscosa pelota que pobló el fondo del astroso pantalón de nuestro disminuido protagonista.

    Más oxigenado, se acordó de Davida y temió lo peor. Que no coincidía con lo peor para la hembra visto el inarmónico bulto que formaba con su cortesano. El desalentador panorama -no bien apreciado con el muermo reciente- sumió en reflexión a Luisito: si entraba y se hacía notar, su situación era desairada; si permanecía impasible, era fácil que, al menos en su fuero interno, los actantes le tildasen de consentido y hasta se le podían mofar; si se iba, tal vez no recuperase a Davida y si montaba en cólera,-hombre culto al fin- se le venía a las mientes el refrán… “Tras cornudo…”

   Lo mejor sería, pues, esperar en el exterior a que concluyesen sus efusiones… Ya vendrían por él… En la cocina se haría una tortilla y después habría tiempo de sobras para hablar con Davida si el triste concepto que de sí mismo le iba atenazando se lo permitía.

    Poco tardaron en cumplirse sus previsiones.

    -Colega, tu tía ya va servida, si te la quieres llevar, aire, que yo me abro.

    Bajando las escaleras Davida desaprobaba:

    -Eres tan muerto que no te importa dejarme con el primero que llega y luego aún parece que le das las gracias… Desde luego, lo que tú me ayudes…

    Entre verídicas e injustas sonábanle a Luisito estas palabras para las que no encontró mejor respuesta que incrementar la adustez del gesto. El futuro se le presentaba nebuloso, tanto en su vertiente inmediata como en la más lejana. Continuar la bacanal aparecía fuera de onda; volver al hogar, desairado; abandonar a Davida, tan erróneo como inverosímil. Resolvió, pues, abismarse en el alcohol vislumbrando en éste, olvido y laberinto, almiluvio y ecléctica panacea.

    -Yo me voy a emborrachar más -concluyó contumaz, inclinándose al fin por su prístina ocurrencia.

    Entre conmovida y dislocada, Davida determinó abocar al de Luisito su inminente destino.

    Fernández Molina, Antonio, Paisaje con figura 1977

Antonio Fernández Molina

 El café  Celtiberia a las cuatro de la tarde semejaba un lienzo finisecular que, respondiendo al título “Esplendor del jubilado”, expandiese senectud. Aparentemente lejanos a la inminencia de su expedición hacia el Olvido, los valetudinarios asistentes se agolpaban en torno a veladores provistos de rechoncha ampolla de agua y tanto su disminuida visión como sus balbucientes palabras, articuladas con la ayuda de prótesis beneméritas, se perdían entre columnas, espejos, perchas, camareros de bovinos andares y un olor a rancio sólo perceptible  para el novicio que por primera vez allí se aventuraba.

    Don Sinesio conocía de vista a don Sixto, por lo que la anagnórisis no resultó problemática. Sus dos ternos grises, sus dos grises cabezas aproximáronse con esa delicadeza, patrimonio de generaciones que no tuvieron la liberalidad de transmitirla a sus descendientes, que hicieron de ella signo de identidad, pauta de reconocimiento. Sus dos manos grises se estrecharon con levedad.

    -Le haré menos penoso su parlamento, don Sinesio. Informáronme que mi deslavazada retoña ha vuelto a la ciudad y cohabitado en su domicilio con su hijo de usted. Si sólo es eso lo que me quería comunicar, sabíalo. Si alberga, por el contrario, alguna resolución que pueda modificar la senda de nuestros genéticos productos, comuníquemelo en la seguridad de ser tan bien escuchado como mal atendido. No pretenda, en todo caso, transferir la parejita a mi residencia, pues ni mi disponibilidad pecuniaria ni mi encarnadura moral ni mi arriscada señora lo permitirían. Descuelgue, enhorabuena, sus perspectivas y pasemos la tarde adscritos a gratas elocuciones.

    -Usted, don Sixto, es un artista, un intelectual, un bohemio y, como tal, un deplorable progenitor. No vea en mis palabras censura alguna sino constatación de una categoría espiritual confirmada por una insignificante hornada de -llamémosles- conciudadanos. La educación que su hija no ha recibido ha conformado una personalidad inestable, epicúrea, salaz… No es el caso de mi Luisito al que la supervisión de madre y tía acumulóle un poso de insatisfecha rectitud, de pusilánime incoherencia emocional. Mi hijo creció siempre débil y un punto afeminado, por lo que mi deseo hubiera sido darle la profesión de sacristán, palanganero de burdel o poeta. En retroceso las dos primeras profesiones y masificada la tercera, hubo de optar por el ocio. Cruzósele en esto su Davida y ahí lo tiene ahíto de sexo pero descarnado de espíritu y talle. La agresividad que ante la vida le falta, la vierte hacia la familia y, ayer mismo, acudió nocturnal, ajumado y sin excusar regurgitaciones fuera de orden que han provocado en mi consorte y cuñada exclamaciones tan consabidas como altisonantes. Participéle de mañana la posibilidad de que volvieran a emprender la odisea del éxodo. Su movimiento de cabeza me hizo comprender que se mostraba reacio a la evacuación. Propuse la búsqueda de empleo; incluso me ofrecí a sufragar tenderete, moñacos y chamarilería varia, con vistas a la instauración de un puesto ambulante que se alineara con otros que son ornato de nuestra arteria urbana principal y mercantilizan el ocio de la juventud al día. Renones, díjome su gesto. Don Sixto, en tales circunstancias, no me resta sino arrojarme en sus desabridos brazos y aullarle socorro. ¡Hable con ellos, descerraje su silencio, arbitre una salida a este maremágnum! ¡Usted sabrá expresarse mejor! ¡Usted es un hombre de vanguardia!

    Persona más cercana al gusto de la vida muelle -por algo había escogido la senda de Apeles- que al de la vanidad, don Sixto rechazó una y otra vez las urgencias de su contertulio, pero una palabra al tresbolillo -Virtudes- hízole revolver recuerdos, indagar versiones, confirmar sospechas y, finalmente, ajustar una visita que se produciría a las once de la mañana siguiente en la seguridad de que los jóvenes aún no habrían abandonado su morfeico menester.

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 Don  Sinesio paladeaba una de sus pastillas para la tos. En el baño se oía chapotear a Davida.

     Desparramado en su sillón orejero y asumidas con actitud más indefensa que pequeño-burguesa las informaciones propaladas por El Pasquín de la Región, la entrevisión de unos bruñidos brazos comenzaba a darle que pensar. No le costó mucho derivar hacia superficies y recovecos más secretales. Veía pezones erectos, burbujas inquilinadas en el pubis, boca entreabierta, feliz y receptora, aletas nasales palpitantes… Comenzaba a sentir la tibieza del agua caliente y, hombre de aguerrida virilidad -hasta el punto de compaginar heróicamente esposa y cuñada- advirtió también fenómenos dilatadores que, aunque levemente, proyectaban en dirección frontal su anatomía. No sólo satisfecho sino hasta entusiasmado por el rumbo de sus maquinaciones, se perdió en un delirio de piel, pelo, carne dura, ¡oh, carne dura!, orificios, mucosas y olores. Sin sombra de recapacitación encontróse de pronto frente a la bañera pues la libérrima naturalidad de la juventud, su convicción de que la intimidad es residuo de turbios ancestros que con su conducta hicieron que el propio cuerpo se manifestara inmundo y el sentimiento de culpa anidase en el corazón del hombre, había propiciado la no oclusión de la puerta, la omisión del habitual cerrojazo que -por otra parte, y en tiempos felices para la poesía chirle- había originado la popular rapsodia “Baño de doméstica” con la que cierto licenciado en Derecho que divulgó editorialmente el nouveau roman y la nueva novela novísima testimonió su aristocrático voyeurismo y dejó constancia de su capacidad de introspección.

    Don Sinesio estimó que su elocuencia le abonaría el camino antes que una precipitada inmersión.

    -Jovencita, la higiene es hábito tan saludable que permanece reservada a quienes en su grandeza de espíritu anteponen la íntima convicción de que su vera imagen es incompatible con la mugre a la comodidad del desaseo. Excuso comunicarte en qué facción se alinea mi deshilachada cónyuge. Que grandeza de espíritu armoniza en tu caso con perfección formal, residual y hasta epidérmica es más que notorio, lo que me lleva a hacer de tripas corazón, abstracción de mi edad y estado y sumergirme contigo en danáidica hierofanía que, asolando convenciones, entronice la integración de nuestras mutuas humanidades.

    Dicho y hecho. Don Sinesio despojóse del batín, del hogareño pijama y del peculiar atuendo íntimo al que era adicto e hizo subir el nivel del agua sin que la sorpresa, aderezada de comprensible vanidad, autorizase a Davida a proferir desaprobación alguna. Convirtióse el chapoteo en marejada, pero la no vinculación de este relato con las sicalípticas corrientes literarias en uso veda a su autor el apostillamiento.

                                                          ———————————

  Doña Celia palpó con esmero los caracolillos que su peluquera había consumado. Notólos más callosos que suaves, pero la resignada conformidad hace mella en amenorréicas con lo que se limitó a pesquisar:

    -¿Qué tal me ha dejado hoy, Virtudes?

    La mentada acauteló el hocico.

    -Mejor que otras veces. Yo que tú me lo apañaría en casa y no le daría más vueltas.

    Próximas a su portal columbraron una atildada figura. Desentrañada su efigie, arrebolose doña Virtudes que -como el avisado lector dedujo- había tenido sus más y sus menos con su portador, don Sixto. Este, tras tirarle los tejos, habíase visto obligado a salir de naja acuciado por la inquietud de que sus veleidades artísticas hubiesen puesto en guardia a los puntillosos pasmas que por aquel entonces desinfectaban el patrio suelo.

    La no consumación de aquel pasional proyecto había magnificado la fijación entre ambos ex-tórtolos, lo que se había traducido en ensueños y transferencias eróticas que habían puesto algo de guinda y ají en sus asendereadas relaciones cotidianas.

    Descubrióse don Sixto que llevaba muy meditada su soflama.

    -Humíllome al veros. Gráciles, juncales, cándidas, con ese aire entre niñas y señoras que destierra indiferencias y proclama la superioridad de esa generación en la que a duras penas militamos. No más demora. Precipitémonos al grano: la entrañable presencia de tu hermana (tienes igual de ebúrnea la piel, Celia) no me vedará las consideraciones que durante tantos años he rumiado: La inicua politiquería se interpuso entre nuestros afanes conduciendo nuestros derroteros por carriles bien distintos a lo deseado. Hoy el destino, concitado -quién sabe si ciega o próvidamente- por nuestros descendientes, nos pone de nuevo vis a vis. ¿Le daremos otra vez la espalda? ¿Se quebrará nuestra comezón ante obsoletas consideraciones de las que hoy prescinden hasta los padres de la patria? ¡No y mil veces no! ¡Adulteremos Virtudes! ¡Seamos auténticos, consecuentes, modernos, lascivos en la medida de nuestras posibilidades! ¡No tenemos tiempo que perder!

    Empolló doña Virtudes su voz, ante la inminencia de proferir un evohé ululante y jubiloso, con lo que su hermana hubo de capotear:

    -Creo que tenemos una tertulia de la que depende el porvenir de nuestras familias. Luego habrá tiempo para marranadas.

    Eran las once en punto y el previsto cónclave, que en un principio se hallaba restringido a los varones más la parejita, iba a incrementarse con la inclusión de las dos matronas que, por un lado inquietas por el futuro de su pariente y por otro respondiendo a los femeniles impulsos de la alparcería, habían adelantado tanto la visita a la artesana capilar como aquellas otras actividades que las convertían en suministradoras de calorías, en cornucopias alimenticias cuasiperennes, en intendentes familiares, sin recibir a cambio más que la indiferencia, el olvido, la anonimia…

    Doña Celia penetró en su ámbito, seguida de hermana y artista.

    -Sine, que te vienen a ver.

    El sillón se mostraba vacío y mudo.

    -Sine, que está aquí don Sixto.

    La entreabierta puerta del baño dio a doña Celia una pista posible. Lo que apareció tras ella, un sofocón que se resolvió en manoteos, jipíos y movimientos poco elegantes de su recién moldeada cabeza.

    El aparato histriónico que desplegaba dio ánimos a su hermana para repetir la introducción y aunque el panorama aparecía más velado por la rápida acumulación de toallas, batín y otros aditamentos sobre la anatomía de los transgresores, a Virtudes le faltó tiempo para sentenciar:

    -Ahí la tienes a tu hija, Sixto, poniendo cachondo a mi cuñado como haría con el archimandrita de Constantinopla si tuviese ganas de asomarse a este berenjenal.

    En su cuarto, Luisito escuchaba alunado. Las peripecias poco brillantes de la velada anterior, la resaca contumaz y los episodios que, al parecer, se sucedían en su propio predio le tenían enemistado con la vida, quejumbroso de su suerte, cuajado de pasmo… Él sabía capear -como hijo al día- las urgencias de un padre que le proponía vida ordenada, objetivos, responsabilidad, consciencia…, pero el nuevo papelón que le tocaba desempeñar excedía sus presupuestos.

    En tanto, don Sixto clamaba por la moderación: 

    -¡Templanza, señores, templanza! No hagamos de un vulgar arrebato de la carne un dramón rural, un lienzo de Delacroix, un remedo de sainete… Estructuremos nuestras expectativas, demos tiempo al tiempo…

    Doña Celia hipaba jadeando en el sillón orejoso y flanqueada por hermana apostillante:

    -¡Un mala cabeza, un degenerado!

    -¡En mi casa, en mi propia casa…!

    -¡Cuándo reventaré de una vez!

    Don Sixto incorporó a doña Celia para facturarla a la cocina donde había preparado una tisana. Sabedor de que en los momentos de tensión se aflojan los resortes de la voluntad y previendo que el acontecimiento aboliría barreras, abrazó las opulencias de Celia, sintiendo gratas pulsiones, empapando lágrimas en sus delicadas mejillas de artista.

    -Celia, ni tú ni tu hermana podéis soportar sin consternación y vilipendio una humillación de este orden. Incontinenti preparáis vuestro hato y este redentor de comadres fondonas os hará un lugar en su variopinta morada. Si mi Expectación opusiera algún reparo, haré de tripas corazón y, probablemente, hayamos de salir por piernas.

    La agudeza del hasta entonces encogido don Sinesio vio un resquicio en el que poder entrometer sus -quizá- postreras salvas.

    -La circunstancia creada no tiene vuelta de hoja. Ni mi conducta es indultable por mucha longanimidad que alberguen estos ululantes estafermos ni don Sixto puede perder esta oportunidad de hacerse con los servicios de quien tan calladamente siempre ha suspirado por sus entretelas. Excuso enumerar la avidez con que mi cuñada, quebrantando una secular aversión a la letra impresa, ha repasado los noticiarios artísticos de la prensa local en busca de una gacetilla sobre sus pictóricas ferocidades, así como el episodio de su visita al Salón Mofeta, patrocinado por una entidad de ahorro de nuestro territorio con vistas a asilar transitoriamente las producciones consumadas por los Apeles regionales de cuarto orden. Si, además, se incluye en el lote a mi señora que nunca ha sabido evolucionar aisladamente, no me negará, don Sixto, que estará muy cerca de satisfacer su no desmentida vocación de coime; la vetustez de los productos añade a su condición una no desdeñable solera que, no dudo, será apreciada por sus compinches en el avío. Queda por resolver el teorema de su esposa, como agudamente apuntaba, pero he aquí que su previsible acaloro debe ser atajado adelantándonos a los acontecimientos. En efecto, mi hijo Luisito ha de operar de cataplasma. Opino que los hechos deben de presentarse consumados. Una llamada telefónica y creo poder anunciar la feliz cumplimentación de enjuague. No se me suman en estupor y escuchen atentos.

    Don Sinesio descolgó el aparato, marcó el número cabal y  -consciente de que la felicidad de tantos prójimos dependía de la precisión de su facundia- se dispuso a disipar malentendidos.

    -Habla con su frustrado consuegro. Para ponerla en situación debo primeramente comunicarle que conmigo se encuentra el ocupante de su vivienda. Se trata de un carcamal que -según infiero- provisto de pincel y paleta, deja todo perdido exigiendo a cambio admiración y plácemes. Sin contar con la no despreciable cantidad de suelo hogareño utilizado como almacén. Sé que esto descompone a cualquier hembra bien educada por su madre. Un poco más lejos se encuentra Luisito, mi niño. Se trata de proponerle el canje del susodicho y architrasegado personaje por un joven en la flor de la edad y sin veleidad artística alguna. No es necesario que puje. La permuta se le ofrece de bóbilis. Por otra parte, no creo que Luisito oponga escrúpulos -tal como hacía su esposo- para ayudarle a despachar en la mercería que tan acertadamente regenta. Mi hijo no invocará subterfugios que aludan a la opinión de congéneres en el oficio para evacuar responsabilidades. Precisamente, desde antiguo manifiesta tendencias que le harán encariñarse fácilmente con el cargo y no dudo que ello redundará en un incremento de parroquianas. ¿Qué me dice? ¿No me aúlla entusiasmada?

    Expectación prefirió verificar in situ la componenda y anunció su inminente llegada.

                                                                                         Calero, Ricardo_Siempre..

                                                                            Ricardo Calero                                                                                                                           

Si Davida había desvanecido sus reservas ante la pericia amatoria y verbal de su novísimo galán, Luisito, en cambio, albergaba un agudo resquemor en la figuración de que resultaba el menos favorecido por el nuevo rumbo de los sucesos. Antes de que ordenase sus especulaciones para apostarse a intervenir, su padre le tranquilizó:

    -Hijo mío, tú necesitas una compañera que, al mismo tiempo que resulte madre, devenga protectora. Davida y su innegable morbidez convertirían tu vida en una carrera de obstáculos, en una apreciable colección de astas. El desagradable incidente de hace unos momentos no hace sino confirmar mi aserto. Créeme, uno se fatiga de ser señalado con el dedo, de ser pasto de desocupados. Este problema te lo soluciona obviamente la novísima aspirante. Si bien no saborearás las galas de la doncellez y de la tersura dérmica, obtienes otras compensaciones. Primera: ser conceptuado como marginal en los círculos que, sin prejuicios, la juventud frecuenta. Segunda: una estabilidad pecuniaria que Davida estaba lejos de proporcionarte. Tercera: colaborar en la definitiva consolidación de la felicidad de las dos familias. Omito consideraciones que podrían ser convincentes. Ahí es nada la gratitud con que una dama en la pendiente bonificará tus efusiones, ahí es nada la pericia culinaria, la capacidad de apilar ordenadamente y en muy reducido espacio toda clase de prendas, la satisfacción con que te presentará a sus amistades… Yo, en tu caso, ya estaría en trance de firmar el correspondiente documento contractual.

    También doña Celia hizo tabla rasa de sus escrúpulos:

    -Además ya va siendo hora de que hagas lo que tu padre te diga. Toda la vida predicando y predicando ¿para qué?

    -Para nada, hija, para nada -confirmó su hermana contagiada por la locuacidad del ambiente.

    Cotejadas las posturas, pensaba Luisito que su oposición no serviría sino para zambullirlo más en la facción de los derrotados, en la sombría turbamulta adepta al rabo entre piernas. Calculó, por otra parte, que faltaban escasas semanas para que el épico aldabonazo con el que la Patria reclama a sus variopintos temporeros retumbase en sus sienes, columbró -en un último esfuerzo- que en una peripecia como la cuartelera tan proclive a ser descrita con pelos y señales a los ignaros prójimos, tan necesitada de sobreprima alimenticia y afectiva, no estaría de más tener a mano un sujeto paciente que, al tiempo, fuese portador de provisiones diversas; el único problema estribaba en encontrar una salida que pusiese a salvaguarda su menoscabada dignidad, que recuperase -siquiera, en parte- la adusta altivez que había presidido sus recientes coyunturas familiares.

    -Por mí, que os den bola -resumió.

    En esto, hízose oír el campanudo sonido del timbre que predecía la incursión de séptimo personaje. Este apareció pertrechado de indignación.

    -Los veo conmocionados. Sigan así mientras yo esté en el uso de la palabra, luego revuélquense si gustan, pero nadie me vede la invectiva o aquí se origina un estrapalucio.

    Señaló a don Sixto:

    -Como dice tu amigo Adolfo, nadie postergaría su suicidio para abonar la cuenta del sastre. Yo tampoco me demoraré en una amonestación que, más que venganza o desahogo, constituye una obligación; más, aguardándome una emancipación que ya daba por ilusoria.

    Doña Expectación prosiguió:

    -Esa mezcla de ufanía, prevención y dignidad de sainete que ostentas flanqueado de gordas debe autoproporcionarte la imagen de un Hércules recién terminada su gesta mensual. Ningún género de heroísmo has cultivado en tu existencia a no ser que ahora se incluyan en lo épico los resuellos, bufidos, carraspeos y ronqueras que de noche prodigas, por lo que no alcanzo a discernir la clase de delirio que te lleva a apechugar con dos reproducciones, aún más descabaladas, de tu legítima. En cualquier caso, lo celebro pues auguro que el desenlace rozará lo apocalíptico.

    Mirando a Davida:

    -En cuanto a ti, hija mía, no sé qué ejemplos has visto en casa para conducirte tan gorrinamente como no sean los de las hermanas de tu padre. La historia de amor que inicias con tu vetusto tortolito amenizará las sobremesas de más de siete pero si, como dice Dolfo, nuestra libertad está limitada por lo que el prójimo espera de nosotros, la tuya mantiene horizontes archidespejados.

    Se acercó a Luisito, tomándole por el cogote.

    -Si esta es mi parte, ahí me las den todas. El futuro, amén de cibernéticos e intermediarios, es de los audaces. Transformar en águila mercantil a un irresoluto será cuestión de semanas para esta rediviva Pygmalion. ¡Abur!

                                                             ——————————-

    Al desaparecer la pareja, un suspiro de bienaventuranza emergió de los presentes. Con lágrimas en los ojos y mucosidad en los belfos se repartieron abrazos que consagraban la institución de una nueva relación más acorde con la individualidad de cada uno, más cercana a sus legítimos anhelos, más enriquecedora de sus potencias naturales. El nuevo estatus -ya perfectamente consolidado- desmentía así a quienes piensan que la familia es una institución a extinguir, a los que inmersos en la presbicia progresista consideran al humano capaz de modificar sus multiseculares tendencias y modos de relación, a los utopistas de vía estrecha que desoyen los zambombazos de su propio corazón…

                                                      ———————————–  

 El edificio social se asienta sobre sólidos cimientos -me confesó una noche don Sixto, al que debo más de un dato de los aquí reseñados-. Usted no me creerá si le digo que yo, tras mi fachada de pintor seudobohemio y una pinta revolucionario, he clamado toda mi vida por un orden a un tiempo tan móvil y exacto que para qué le voy a contar. ¿Ha oído hablar de lo que es un mandala? ¿Usted sabe cómo viven los sayemitas del Pakistán?

  -No recuerdo -repuse-. Apurando el palmero de tinto me dispuse a escuchar.

Paula Rego-La familia 1988

Paula Rego

 

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