ANTONIO AMAYA

Publicado: julio 9, 2012 en Artículos, Canción popular
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Publicado en Aragón Digital, 4-6 de julio de 2012.

Enrique Vázquez, espíritu tutelar del Salón Oasis, me da la noticia de la muerte, hace mes y medio, de Antonio Amaya y me sorprende que, en estos días de orgullo gay y zarandajas, nadie, salvo el diario Levante, haya recogido la noticia. 

 Antonio Amaya fue el heredero directo de Miguel de Molina y el hombre que, entre los años 1945 y 1975, las tres larguísimas décadas del franquismo ya sin aliados fascistas, se atrevió a llevar a los escenarios la estética homosexual. Tomás de Antequera, El Titi, Luis Lucena y, ya muy posteriormente, Raphael y otros sobrevenidos, transitaron los mismos caminos pero ninguno con la fortuna artística de quien, en sus primeros tiempos, era conocido como Gitanillo de Bronce.

 Además, Antonio Amaya cantaba muy bien. Mejor que Miguel de Molina, más bailarín que cantante; mejor que Tomás de Antequera y que Miguel Reyes o El Titi, al que en su Valencia han dedicado un libro. Raphael, superdotado vocalmente y jiennense como Antonio Amaya, nacido en 1923, copió toda la gestualidad de quien fue su maestro. Las versiones de “Doce cascabeles”, “Pobre niña ciega”, “La medallona” “El mocito jazminero” o, sobre todo, el “Romance de la reina Juana” dan fe de la excelsitud vocal de Antonio Peláez Tortosa, el verdadero nombre del artista.

  También fue muy querido en Valencia pero fue en el Oasis zaragozano, donde, con el citado El Titi, tuvo sus últimas temporadas de éxito popular. Antes –fines de los cincuenta y primeros de los sesenta- había sido el empresario, junto a José María Laso, de la Boite Pigalle, sala de fiestas en la calle de Isaac Peral, local que ya no me dio tiempo a conocer. Pero recuerdo los carteles con la figura de Antonio Amaya, despechugado, maquillado insólitamente con los ojos más que pintados y un rosario de medallones de oro sobre el torso. La figura, por lo insólito, llamaba la atención del niño que salía de su colegio de curas. Y recuerdo perfectamente, la indignación de mi madre, nada acostumbrada a esas exhibiciones mariconas, tras una noche en que la llevaron a verlo: “Asquerosico, asquerosico. ¡Qué penica más grande!”

 Antonio, uno de los trece hijos de un magistrado, hubo de esperar a la muerte del padre para dar suelta al artisteo. Empezó como boy de Celia Gámez en Yola y se hizo artista en Barcelona, la ciudad más propicia para lo que entonces se consideraban excesos. Luego, vinieron sus años de éxito, en los que cosechó una fortuna que no dilapidó tanto como otros. Sus últimos años, hasta su muerte el 18 de mayo, los pasó en una residencia de Sitges. Pero, por lo visto, ni siquiera en Sitges se enteraron de la desaparición del más famoso icono gay español durante treinta años, que tantas veces, se atrevió a decir y hacer lo que, entonces, casi nadie hacía y decía.

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comentarios
  1. Mª Pilar dice:

    Me llamo Pilar. Tuve la suerte de conocer, admirar y ser parte de mi juventud. Era especial
    buena persona, elegante, nadie en tanto años ha tenido tanta personalidad. No es justo
    que ahora, que quieren hacer florecer en Barcelona el Paralelo, no se acuerden de que
    artistas como ANTONIO AMAYA, fueron y hicieron el glamur del célebre Paralelo. Lo dejaron
    olvidado, en TV. en los medios de comunicación. pero siempre habrá personas que lo lleven
    en el corazón. Lo pude ver en Sitges, estaba bien cuidado Por motivos personales, no pude
    seguir su evolución, pero creo y es mi deseo que hasta sus últimos dias su vida fuera tranquila
    Gracias Sr. Barreiro por sú publicación. Aunque no es justo que un Artista de tanta magnitud
    haya sido ignorado.

  2. Carolina Dega dice:

    Yo era pequeña y iba al cine con mi abuela, entonces en los cines al acabar las dos películas, hacian los llamados “Varietes”, yo era una niña bastante inquieta y no era fácil tenerque quieta tras dos películas, pero en cuanto me decia que ina a salir Antonio Amaya,en mi infantil cabecita detonaba un botón el cual me dejaba en un estado de hipnosis total, recuerdo sus chaquetillas relampagueantes de brillos, se las cambiaba en escena en un momento, lo cual levantaba la considerable ovación, pero mi éxtasis se centraba cuando cantaba su inimitable y repito inimitable, “Mi pobre niña ciega”, era algo que aún hoy no he olvidado y me reporta cálidos y añorados recuerdos.
    En Barcelona somos unos desagradecidos en no reconocer la enorme valentia de ese hombre en aquellos difíciles años no ocultando su condición con la dificultad que ello conllevaba, aparte de su gran valia como bailarín y cantante y aunque de poco sirva mi granito de arena, quiero hacer constar los buenos ratos que pase viendo al GRANDE de mayúsculas ANTONIO AMAYA.
    Le agradezco su recordatorio de unos de los grandes como muchos otros olvidados por su públio.

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