FERMÍN GALÁN: PROTOMÁRTIR, LEGIONARIO, VANGUARDISTA Y NARRADOR

Publicado: julio 6, 2012 en Artículos, Literatura
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Fermín Galán. La barbarie organizada. Novela del tercio, Madrid, Galland Books, 2008. 192 páginas. Prólogo de Lorenzo Silva y Anexos.

Reseña publicada en Heraldo de Aragón, 29-X-2009.   

  Figura controvertida y hoy más citada que conocida, Fermín Galán (San Fernando, Cádiz, 1899-Huesca, 1930), mito de una II República necesitada de héroes y símbolos, empezó esta novela en el madrileño hospital de la Cruz Roja, donde hubo de recuperarse de las heridas recibidas en la acción de Xeruta (1924), que culminaría con la concesión póstuma de una Cruz Laureada de San Fernando, y la acabó en la prisión de San Francisco. Allí hubo de entregarse tras la fracasada intentona republicana de la Sanjuanada en 1926.

 Esta novela marroquí no fue publicada hasta la instauración de la citada república en 1931 y se encontraba casi totalmente olvidada, hasta el punto de que no es citada en La novela colonial hispanoafricana de Carrasco González, uno de los estudios más completos sobre este género de narrativa. Sin embargo, revela una pluma comprometida y, a la vez, distanciada; un estilo fuertemente impregnado de las corrientes de vanguardia que pugnaban por imponerse y una sensibilidad, entre la templanza y la alucinación, que nos revela a una personalidad conflictiva y atrayente.

 Son tan curiosas las similitudes que pueden rastrearse con la senderiana Imán, que no parece descabellado pensar que el narrador de Chalamera, que reseñó el libro en La Libertad el 7 de enero de 1932, hubiera leído esta novela, dada la cercanía de Fermín Galán a las ideas y ambientes libertarios. Salvando, claro, la excelsitud literaria, sin que ello quiera decir que la de Galán sea una narración torpe o carente de cualidades. Fermín Galán fue, además, gran amigo de Ramón Acín, para el que tenía asignada la alcaldía de Huesca, tras la sublevación jacetana que lo convirtió en mártir de la República.

 Galán sirvió en el Tercio como teniente pero la novela está escrita en primera persona por un legionario anónimo que no destaca por ninguna cualidad positiva ni negativa. Baqueteado por la vida, escéptico, propicio a dejarse llevar por el embrutecido ambiente, nos relata su vivencia de la legión: la rutina cuartelaria, la brutalidad de los mandos, las necesidades de expansión cubiertas por la prostitución y la bebida, el extremado peligro de las acciones bélicas… Nada nuevo pero narrado con un fatalismo, que, sin embargo, convive con la propuesta de un mundo mejor, que concretaría en Nueva Creación: política ya no es sólo arte sino ciencia, que escribiera durante su encierro en el castillo de Montjuich y la única obra que publicó antes de morir.

 Escrita con intensidad y sin obviar la descripción del horror, comunica la expresión de algo hondamente vivido y, a la vez, tamizado por la reflexión. La primera persona no impide al narrador acercarse al punto de vista de otros legionarios, del moro, del sanitario, del prisionero… el único que no aparece es el del militar de grado, quizá por la contradicción de quien durante toda su vida no fue otra cosa que militar y terminó dando el grito de “¡Fuego!” a los soldados que lo fusilaron.

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comentarios
  1. Carlos Gabari Lebrón dice:

    Hay que contar la verdad, en el preceptivo juicio contradictorio previo a la concesión de la Laureada, dirigido por el General Picasso, el autor del famoso inmforme sobre el Desastre de Annual, no solo fue rechazada la concesión, sino que se dictaminó que su conducta contenía un incumplimiento de la orden recibida. Fue varios años más tarde, en el 1931, cuando la Republica la concedió la Laureada, por eso inicialmente no figuraba entre los Laureados pertenecientes a La Legión

    • De acuerdo, señor. En mi reseña se dice precisamente, eso: que la Laureada se le concedió a título póstumo.

      • Carlos Gabari Lebrón dice:

        Efectivamente, se concedió a título póstumo, cómo en muchos casos, pero TODAS con el juicio contradictorio favorable, que no es el caso de Galán, que fue obviado su rechazo. La República necesitaba un héroe y se hizo con él, concediendole la Laureada por ordeno y mando. Había que premiar los actos de Jaca, aunque previamente eliminara al General Gobernador, su superior.

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