ENTREVISTA CON INOCENCIO RUIZ LASALA, LIBRERO DE VIEJO

Publicado: junio 21, 2012 en Entrevistas, Literatura
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 A quienes conocimos a don Inocencio Ruiz pocos nos parecerán siempre los recuerdos que se le tributen. Persona de extrema bondad, que hacía honor a su nombre de Inocencio, tenía, sin embargo, las ideas muy claras en cuanto a lo fudamental y no poco humor y retranca, como todavía se puede apreciar en esta entrevista, a pesar de que, a la sazón, ya había cumplido los 86 años.  Se  publicó en El Bosque nº 9, septiembre-diciembre 1994, pp. 29-34.

¿Cómo se ve lo de detrás desde los 86 años? ¿Merece la pena la vida o parece una broma pesada?

Es una mala pasada. La veo lleno de desilusión en materia política. En lo demás, no. He sido un hombre afortunado, amado por los hijos, por la mujer, por todos los que me rodeaban. No sabes la cantidad de amigos que tengo. Pero eso de tener un establecimiento de libros, ser un amante de la cultura y no estrenarse muchos días es decepcionante.

No se creerá, pues, eso de que aumenta el índice de lectura. Los medios de comunicación lo proclaman de cuando en cuando.

Yo de índices no conozco más que el de los libros y, si acaso, el de la mano. Los que lo dicen, no deben conocer ni esos. Es completamente equivocado. En los años veinte o treinta se leía más que ahora, habiendo menos habitantes y más analfabetismo y teniendo en cuenta que los libros pasaban de mano en mano, sobre todo entre los obreros. Había más de cien colecciones de novela, muchas de ellas populares, tres o cuatro de teatro, ahora no hay ninguna. De un número de La Novela Corta se publicaron más de 300.000 ejemplares. Solamente Blasco Ibáñez fundó dos editoriales:  una, Prometeo, que hay que ver lo que hay allí. Están todos los clásicos franceses, italianos, los nuestros, literatura de todos los países… Y antes había fundado otra, a peseta el volumen. Estaban Renacimiento, Sopena, Bauzá, CIAP, Cenit, con sus publicaciones sociales… Las organizaciones obreras publicaban libros como La Novela Ideal, de Urales y la Montseny… los Ateneos libertarios de la CNT… La UGT tenía aquí, en la calle Estébanes, una biblioteca bastante importante. Ahora creo que no tiene ni un periódico. Periódicos se leen también mucho menos. Entonces había varios de gran calidad y prestigio. La Libertad y El Sol darían ciento y raya a cualquiera de los de ahora.

La prosperidad económica no ha conllevado, como debiera ser, un mayor prestigio de la lectura.

Antes, el obrero que podía compraba libros o procuraba que se los dejaran. Ahora, gente que se gasta lo que sea en Canal Plus o en videos se queja hasta del precio de los libros de texto. Que, eso sí, son muy malos. Antes se vendían como ahora tres mil ejemplares de cualquier libro y, como decía, se los pasaban de uno a otro, cosa que se está perdiendo. Cuando presto un libro, digo que permito que no me lo devuelvan a condición de que, después de leerlo se lo dejen a alguien. Ahora me han devuelto uno, Las ruinas de Palmira, que hace muchos años le dejé a Lerín, aquel portero del Zaragoza, del equipo que llamaban “Los Alifantes”. No sé por las manos que habrá pasado.

Ese es uno de los libros que más ha amado y releído.

Sin duda. Es digno de leerse muchas veces. Y no porque sea anticlerical, que hay otros que lo son más, por ejemplo La religión al alcance de todos de Ibarreta, que parece apropiado para leerlo en una taberna, sino porque siempre me ha interesado especialmente lo que tiene que ver con la Revolución Francesa, que es el hecho histórico que me despierta mayor admiración, el acontecimiento más grande que ha habido en el mundo, muy superior a la Revolución Rusa. Sobre ella he leído todo lo que ha caído en mis manos. Desde las más proletarias hasta la Historia de los girondinos de Lamartine, que era conservador. Es una maravilla. ¡Qué hombres aquellos! Eran idealistas y no tenían ningún reparo ante el crimen.

Eso parece una constante histórica. Hábleme de sus lecturas.

Esto de los libros es como los medicamentos. Hay para todos los estados de ánimo. Si estás deprimido, tomas un libro humorístico. Si quieres viajar, lees La vuelta al mundo de un novelista de Blasco Ibáñez que es un libro precioso, y ¡escrito con tanta claridad! Un libro extraordinario para coger el gusto de leer. El fue quien me llevó de la mano en mis primeras lecturas. Luego, tuve más capacidad para elegir. Yo estoy algo educado en literatura francesa, algo menos en la rusa. Víctor Hugo es un genio que tocó todos los géneros con una potencia y clarividencia que asustan, Anatole France, André Gide, qué sé yo … De los alemanes, Goethe. A Ilya Ehrenburg lo he leído mucho y, de los españoles, primero Cervantes, después Quevedo. De los noventayochos, Valle Inclán. Detrás Baroja y, luego, Azorín. Galdós es un precursor y un monstruo…

También ha sido un gran amante de la música y el baile.

El flamenco es lo que más me gusta. Y la canción la española, la música clásica, los tangos… Carlos Gardel, Irusta, Fugazot y Demare, Azucena Maizani, a la que escuché en el Teatro Principal el año 31. Del flamenco, el jondo, no el de tablado de teatro: Manolo Caracol, Antonio Mairena, José Menese. De baile, Carmen Amaya, Pastora Imperio, Vicente Escudero y una que vivió por aquí y murió muy joven, Mary Paz.

Y usted ¿qué bailaba?

La polka –si seré viejo- el chotis, el tango, el fox-trot, hasta me atrevía con el charlestón. Yo podría haber sido un gran bailarín, pero como me dedicaba más a la mujer que a la música… Me gustan morenas y, a pesar de ser pequeño, me han gustado siempre más altas que yo … Las putas de antes eran de muy buenos sentimientos. Yo puse la librería entre dos bares y me dije: o me degeneran a mí o les regenero yo a ellos. Y triunfé porque, al poco, vi a una en una silla que me había comprado una novela y hasta la estaba leyendo.

Usted no viene de una familia de intelectuales. Antes de abrir la librería había sido zapatero, bailarín, botones, sindicalista, algo torero, algo amigo de cabarets y puteques ¿Qué más? ¿Ya leía por entonces?

Más no se puede ser. No da tiempo a ser más. Leer me retiró de todas esas cosas que hubieran sido nefastas a la larga…

Cuente, cuente…

No fui casi al colegio. Mis padres tenían la teoría de que había que llevar los hijos a la escuela muy tarde. Eso hicieron conmigo, pero me sacaron muy pronto. A los once años y nueve meses ya estaba en el Teatro Circo, de botones. Allí había que estar hasta la madrugada, incluso cuando se cerraba el teatro para los bailes, los reservados, el foyer y todo eso… Para atraer a la gente, había allí una tanguista a la que llamaban Sofía Borgia. La Reina del Cabaret, le decían. Resulta que se encaprichó de mí y se me comía a besos, me llevaba al palco donde cenaban y me daba champán y de todo. Los propietarios eran tres socios, José Blasco Ijazo, el que fue después cronista oficial de Zaragoza, uno del que no recuerdo su nombre y Manuel Sánchez Roca. Este me llamó aparte un día y me dijo: “oye, a ti no te conviene esto, vente a una agencia pública que tenemos”. De allí pasé a Casa Montserrat como cortador de calzado. Estuve doce años y, como seguía mi afición a la lectura y tenía poco dinero –debía comprar un libro y venderlo para comprar otro-, pensé que lo mejor era convertirme en librero. Así, en 1941, abrí mi primer local, de mala muerte, en la calle de la Libertad. Ya los dos años me pasé a este otro, que estaba casi al lado.

                                                                            Él y yo a la puerta de su librería

Durante la guerra lo había pasado mal.

Al llegar la sublevación las organizaciones obreras llevaron a la huelga general y yo me encerré en casa porque existía el peligro –a un amigo mío le pasó- de que, si ibas por la calle, te paraban las patrullas y, si no estabas trabajando, se te llevaban. Y no para un rato. Yo me encerré en mi casa a leer y escribir y sin salir para nada.

Al acabar también tuvo algún problema

Para que veas cómo era la situación, hice amistad con una chica de Barcelona a la que conocí en la playa. Nos escribíamos y en una de sus cartas me comentaba que había estado en un concierto en el Palau y me mandaba el programa. Yo le contesté diciendo: “me alegro de que te hayas divertido en el concierto, lástima que no tenga yo aquí oportunidad de escuchar esa música”. Son palabras textuales. Debieron abrir la carta en censura y un día vinieron dos policías y se me llevaron a la checa de Ruiseñores. Me dijeron que tenía una multa de cincuenta pesetas por frases despectivas para Zaragoza. Yo dije que no tenía ni trabajo ni nada y no podía pagar si no era a plazos… Así que fui diez veces. Y la última vez que fui, el borde, si será borde, cuando pagué el último duro, dijo “Bueno, y ahora si le gusta a usted tanto la música, cómprese usted una guitarra”. Je, je, ¡el cabrón!

Su relación con los poderes públicos mejoró con la democracia.

Hombre, lo más importante es que un alcalde socialista, Ramón Sainz de Varanda, me dio la medalla de oro de la ciudad. También ha puesto mi nombre a una calle del barrio de Santa Isabel. Y premios y homenajes tengo bastantes desde los años setenta. El último fue el gran homenaje nacional que organizaron los libreros de viejo y al que vinieron representantes de todos los sitios, menos del ayuntamiento de ahora. Yo estoy muy agradecido a todo el mundo, sobre todo porque me conozco algo y sé que no merezco nada.

                                                                         Junto a su calle, recién inaugurada

¿Ha cambiado con el tiempo su visión política?

Yo en el fondo soy anarquista teórico, pero ahora me inclino por el socialismo. ¡Vamos, daos!, je, je. Pero no con el socialismo de ahora sino con los socialistas de antes. Yo tuve el carnet de la CNT desde el año 20 ó 21 y lo guardé muchos años después de la guerra. Hasta que mi mujer me lo rompió. Claro, que tenía miedo, pero, no sé qué te diga…. Tanto, tanto, me cabreaba.

No todos los lectores ni todos los libreros se convierten en escritores. ¿Cómo le dio por empezar a escribir?

Al poco de establecerme, compré un libro impreso por Joaquín Ibarra y quedé prendado de la tipografía y de todo. Lo vendí y se ha acabado, pero, al año siguiente, compré otro y aún me entusiasmó más. Después, al enterarme que había nacido en Zaragoza, empecé a investigar, a leer cosas sobre él, a encontrar contradicciones y me puse a tratar de poner las cosas en claro escribiendo algo. En cuanto encontraba un obstáculo, me ponía a buscar, a preguntar… y hasta no comprobar fehacientemente las cosas no continuaba el libro. Empecé a cartearme con el mejor bibliófilo y bibliógrafo que ha habido en España, Antonio Rodríguez Moñino, y yo en las cartas iba introduciendo cosas sobre Ibarra. Como él asentía, me animé a intentar publicarlo y pensé en dedicárselo. Sabiendo que si el libro era un engendro hubiera sido una ofensa, le pedí permiso, me lo dio y así fue. Me hubiera gustado dedicarme también a los otros dos grandes impresores de la España del siglo XVIII, Antonio Sancha y Benito Monfort pero supe que Rodríguez Moñino estaba escribiendo sobre Sancha y me limité a Monfort.

Su Historia de la Imprenta en Zaragoza y su Bibliografía zaragozana del siglo XIX son también dos clásicos.

El primero es el que más me gusta por el papel, la presentación… es una verdadera edición de bibliófilo. Del otro publiqué, además, un apéndice pero lo que es menester es que otros sigan estos trabajos que nunca están completos.

Por cierto, ¿se acuerda de cuál es el libro más caro que ha comprado y vendido?

No sé, algún incunable en la época en que se cotizaban baratos. Además, los incunables no religiosos tienen mucho más valor. Luego tuve otro, de Savonarola, me parece, en el que había un grabadito que representaba la Justicia, eso de lo que estamos tan faltos siempre, y lo adopté como emblema para mis sobres y cartas. También he tenido dos ejemplares únicos que debí comprar por 10.000 pesetas en la época en que eran muchas pesetas, hace cuarenta o cincuenta años. Y, últimamente, sí que vendí uno que me compró el Ayuntamiento para regalarlo al Papa, Aragón, reino de Cristo, en dos tomos, uno dedicado a los Cristos y otro a las Vírgenes. Pero, luego, han escaseado mucho las piezas buenas y más, el dinero para comprarlas. Yo, que tanto he gozado haciendo catálogos, luego tuve que pasar al ciclostil y ahora me tengo casi que limitar al saldo.

¿Qué personajes de los que han pasado por aquí le han impresionado más?

Tal vez, Marañón. Vino a tratar a un familiar de Escoriaza y pasó por la librería. Eligió un libro y yo quise regalárselo. Pero me contestó: “yo soy médico y vivo de eso. Usted es librero y vive de la librería”. Don Arturo Guillén Urzaiz fue también un gran bibliófilo. Luego, me siento honrado de las visitas de Blecua, Alvar, Castro y Calvo, Lázaro Carreter y tantos otros que, además de clientes, he sentido que recibía su afecto.

                                                                                                En 1928

Hábleme de la diferencia entre el comercio de hace cuarenta años con el de la actualidad.

Me establecí el 4 de marzo de 1941. Hacía falta moral en aquellos tiempos. Había, desde luego, más compradores. Va a llegar el día que los libros antiguos sólo se venderán en las subastas, como un cuadro o un bargueño. Pero la diferencia más notable era que entonces estaba aquí constantemente la Policía o algún falangista. Te revisaban la estantería y se llevaban lo que querían. Pero no de pornografía, que yo, a pesar de lo que me han gustado las mujeres y lo putero que he sido, siempre he odiado, sino de lo que les parecía. Se me llevaron a Pérez de Ayala, que colaboraba en ABC, la edición de ocho o diez tomos de Freud. Cosas absurdas. Venían un par de señores, bajaban y decían que eran delegados de Información y Turismo o de la Guardia Civil y ya está. A un tal Félix Ayala Viguera, que había sido de izquierdas, le tuve que decir “usted no tiene nada de personalidad, lo tienen como un muñeco”. Se enfadó. Hasta los catálogos de libros antiguos había que llevar a la censura.

Fue muy nombrada su biblioteca circulante.

Casi arrastro ruina desde entonces. La fundé en 1947. Era exquisita, en cuanto a autores. Compraba las novedades y las exponía en una vitrina del cine Coliseo. Duró catorce años. Por siete pesetas al mes los lectores se podían llevar todo lo que pudieran leer. En cada libro había un sobre y una ficha para el control. Pero aún así hubo uno que me robó todo lo que quiso. No sé cómo fui tan tonto que no me di cuenta hasta después. Con las fichas se llevaba el control; pero éste se los llevaba escondidos. Un militar. Ramillete, se llamaba.

Y ¿lo atrapó?

No.

 

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comentarios
  1. Miguel Ángel dice:

    Leí con interés esta entrevista del ya lejano año 1994. Me sirvió para poner cara a este hombre sabio que fue don Inocencio y, al paso, releer su “De libreros y de libros”. Los amantes de los libros agradecemos recordatorios como este. Abrazos. Miguel Ángel

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