LA LITERATURA ES UN ARTE EN DESUSO

Publicado: abril 17, 2012 en Literatura, Prólogos

La frase del título la estampé en un texto de hace 28 años, nada menos, y no han faltado ocasiones de repetirla. En esa misma línea, he publicado en esta página algún artículo como el titulado “En defensa del lector o A ¿quién puede venirle bien la pus?” https://javierbarreiro.wordpress.com/2012/03/26/en-defensa-del-lector-o-%c2%bfa-quien-puede-venir-bien-la-pus/  Las cosas son como son o como parecen, que los dos son verbos copulativos. El presente texto fue publicado como “Prólogo” a Relatos de Zaragoza, Ayuntamiento de Zaragoza, 1984, volumen que recogía los cuentos presentados al certamen de dicha institución, en el que oficié de jurado. Dictaminar la muerte de cualquier arte puede denotar vocación de oficiar de apocalíptico, de pontificador, de agorero o de buscaruidos pero no me atraen las actividades en las que está ausente el sentido del humor. Simplemente, quiero recordar que el estado cataléptico de las “cosas” no tiene nada de nuevo. Parece que este año me toca a mí dar entrada a este florilegio de efluvios narrativos de nuestros –supongo que en su mayoría- conciudadanos, lo que hago con alguna reticencia, pues lamentaría que los autores se sientan señalados por lo que se va a decir. No apunto a los antologados que, en general, constituyen una camada aceptable. Hago referencia al conjunto de casi setenta relatos que, como jurado, hube de leer y sopesar o mejor, si se quiere, al estado general de nuestra cultura literaria sobre el que, ahora hace dos años, ya tuve ocasión de exponer un diagnóstico que merece confirmarse. La Literatura es un arte en desuso. Cada vez se habla menos de ella, ocupa menor espacio en los medios de comunicación que, por su parte, tienden a convertirla cuando hacen uso de sus manifestaciones en otra cosa y, tal vez por sí misma, ofrece menos novedades y descubrimientos. Pasado el tiempo de los rescates, recuperaciones, justas redenciones de quienes se vieron marginados o proscritos por razones extraliterarias, la atonía, la insistencia en veredas trilladas, la recurrencia de la banalidad, la ceguera editorial –lo que no excluye la menorragia impresora- se han hecho dueñas del paisaje. Puede que la tradicional indistinción en que se disuelve el concepto de relato (¿cuento, narración?) afecte también a nuestros autores. Efectivamente, parece que algunos adjudican tal denominación a cualquier prosa que no exceda de cierto número de folios y, así, cualquier retazo de vida o de recuerdo, cualquier zaragozanada –que lo mismo podría ser pamplonada o cordobesada- sin estructura, originalidad ni garra es susceptible de ser catalogada como relato. Otro síntoma que se acerca a lo alarmante es el abuso de cotidianeidad. Uno, que ama el costumbrismo, la intrahistoria, lo popular y hasta lo simple, piensa, sin embargo, que esa cotidianeidad sin forma, sin sorpresa ni relevancia no es literatura, sino crónica de mesa camilla o epístola familiar y que, si se practica, no es por amor al realismo, sino por falta de imaginación. Sánchez Vidal se quejaba desde uno de estos prólogos de la escasa fortuna de nuestra ciudad en la narrativa y Ana María Navales aludía desde otro a la necesidad de un caudal de audacia imaginativa que ahogase la mediocridad. Únase a ello el desinterés de los que debieran ser futuros humanistas, la nula inquietud de la mayoría procelosa –la humanidad que abunda, que dice el maestro Bioy-, la ausencia de un ambiente o caldo de cultivo que propiciara la resolución de los males citados. Yo sería partidario de eximir a las instituciones de la culpabilidad alícuota que, acaso, algunos sientan tentación de otorgarles y no por arrimarme a árbol frondoso o manto protector –que no es su costumbre apadrinar infieles-, sino porque milito en la facción de los que se conforman con que aquéllas se limiten a no entorpecer ni pisar el sembrado, pues ya conocemos que cuando colocan puente de plata lo hacen al buen tun tun, a boleo atolondrado o, por lo menos, colocan carriles de dirección obligatoria, si es que no prohíben el paso a los que carecen de salvoconducto por ellas expedido. Regresar sin volver la cabeza, enquistarse, hacer dejación de cualquier originalidad, de cualquier audacia. Enredarse en palabrería irrelevante, ser arrastrado por un lenguaje sobrado en vez de perseguir fundarlo, proscribir la sorpresa, el salto mortal. Confundir literatura con crónica, desesperanza con desgana, historia con historieta, pesimismo con cachazuda remolonería. Caminar por trochas que desaparecieron de tan holladas, confundir estilo con afectación, idiosincrasia con indiosincrasia, modernidad con pose. Convertir la cotidianeidad en manifiesto de tedio, el esperpento en gargajo, la epigonía en trasegado pastiche. Todo eso, y mucho más, puede encontrar el observador atento o desocupado que se entretenga en escudriñar nuestro pausado horizonte. Tan en desuso la claridad, afirmaciones como éstas tal vez puedan despertar algún recelo, alguna inquina procedente del ciudadano adicto a caminar con los ojos vendados o a cobrar por zalamero. Está en su papel. Lo peligroso –y lo único auténticamente interesante- es saber desempeñar otros.  

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