BLECUA, DESDE SIEMPRE Y DESDE AQUÍ

Publicado: marzo 28, 2012 en Artículos, Literatura

Publicado en Inauguración Oficial del Curso 1992-1993. Zaragoza, septiembre 1992.

 Si hay un sembrador que pueda vanagloriarse de lo fértil de sus cultivos en campos tan diversos, aunque tangentes, como el de la amistad, la investigación, la docencia o el simple vivir impartiendo felicidad a sus cercanos, éste sería alto, elegante, pausado, sonriente, sordo, irónico sin malicia, afable, y con una leve pugna entre lo apasionado y lo escéptico. Si un rasgo hubiera de definirlo, éste sería el del amor por lo que ve, por lo que vive, por lo que trabaja y por lo que -y por quiénes- tiene cerca.

 José Manuel Blecua, reconocido casi unánimemente en nuestros predios como símbolo de la erudición y la bonhomía, ha recibido en los últimos tiempos galardones que nunca reclamó pero que siempre agradece con emocionada franqueza. De su categoría intelectual, fecunda labor docente y calidad humana se ha dicho ya casi todo. Realmente, es uno de los escasísimos coterráneos de los que he oído hablar mucho y a nadie mal lo que, seguro, a él -desechador de certezas sin resquicios- no le dejaría de causar cierta inquietud.

Blecua, José Manuel-Niño

  Blecua, sentado junto a otros niños y el profesor de música, es el segundo por la derecha

Pero tal vez sea cierto que la buena gente abunda más de lo que se dice y si nos ocupamos con frecuencia y con gozo de Blecua no es por su caballerosidad o su filantropía sino -sobre todo- porque constituye un símbolo de las virtudes que adornan a esa figura antaño prestigiosa del profesor. Un hombre que hace de su vida un ejercicio de verterse, de comunicar -a la vez, recibiendo- lo que ha podido asumir en su trayectoria vital y académica. Otros han tenido la fortuna de tratarlo con más asiduidad; uno, que lo disfrutó de profesor en la hermosa universidad layetana, recuerda, por ejemplo, su emoción al evocar el canto de los pájaros en los oídos de un ciego, al glosar lo impalpable del sanjuanismo, al comunicarnos que el día anterior había muerto la mujer que había compartido sus noches y días. Recuerda, también, el interés ávido y desprovisto de sorna con que escuchaba a este estudiante que aún no había cumplido los veinte años y que -con la ingenuidad y vehemencia que se supone- trataba de defender la superioridad de la poesía de Francisco de la Torre sobre la de Fernando de Herrera.

 Y agradece que, entre los de Garcilaso y Quevedo, surgieran en sus parlamentos nombres como el de don Francesillo de Zúñiga, Luis de Zapata, Gregorio González o Andrés Laguna -entonces era mayoritaria la opinión que lo hace autor del Viaje de Turquía– que, invariablemente, llevaban al estudiante a los tomos de Rivadeneyra para acceder a esos misteriosos personajes de los que nunca había oído hablar y que, siempre, constituían una fuente de sorpresas y fruiciones. No teníamos entonces Castalias, Críticas ni Cátedras -aunque sí los libritos clásicos de Ebro, la  benéfica colección de Teodoro de Miguel a la que tanto contribuyó- ni, apenas, ediciones críticas y era en aquellos beneméritos libracos de la Biblioteca Rivadeneyra donde conocíamos, la jácara, la crónica de Indias o el fantasioso mundo de la Caballería en el que entrábamos con antenas desplegadas, ávidos de surtir la imaginación y sin temor a los más que habituales fárragos y desbarres.

 Pero no son mis palabras las que pueden dar fe de la excelsitud del personaje aunque provengan de quien nada material le debe. Alguien tan sincero e independiente como Ildefonso Manuel Gil dejó escrito en un libro que tuve la suerte de editar: “La obra de José Manuel Blecua no tiene en ningún momento de nuestra historia cultural otra que le pueda ser comparada”. O, por citar a otro que anda cerca del maestro de Alcolea de Cinca en altas sabidurías, José Carlos Mainer escribía hace un par de años con motivo del libro que la Institución Fernando el Católico publicó en su homenaje: “Cualquier motivo es bueno para honrar a uno de nuestros coterráneos más ilustres: al hacerlo… celebramos lo mejor de su persona -su capacidad de trabajo, su generosidad, su fe en la literatura, su modestia lúcida- y, en ese sentido nos imponemos una lección de urgente aprendizaje”.

 Imposible dar cuenta de la multitud de hechos que justifican esas palabras: desde su precisa Historia de la literatura española, libro insólito en un 1942 de airados clarines y repulsivas soflamas, hasta sus últimas reconstrucciones de Fray Luis, su obra ha tocado casi todos los temas y registros. Los muchos que consideramos a Quevedo el escritor más dotado e inabarcable de la literatura española le debemos gran parte de su exacta lectura, él fue quien nos devolvió un Guillén que la tosquedad poética de su tiempo echaba en falta… ¿Para qué agotar el lucido repertorio? De los honores rescataremos alguno de los solemnes para ponerlo junto a los humildes huyendo de cualquier prelación que Blecua nunca compartiría. Desde 1982 es académico de honor de la Real Academia española. Diez años después, las casas y centros de Aragón le han otorgado su recompensa anual. También, a principios de los ochenta el Instituto en el que este cronista trabajaba decidió adoptar su aragonés y sonoro nombre y, de paso, librarnos de la infamia de tener que escribir “Mixto 7” en instancias y papelones. Doctor honoris causa por Montpellier y Zaragoza, académico de tantas otras instituciones, Premio Aragón de las Letras… su norma ha sido siempre quitar trascendencia a su trabajo. Sí García Márquez afirma que su Floresta de lírica española es el libro que suele tener en la mesilla y llevar siempre consigo, es probable que José Manuel Blecua tenga en tanta o más estima a ese jubilado de Eléctricas que frecuenta todas sus conferencias zaragozanas porque recuerda sus clases de los años cuarenta en el Instituto Goya.

 Nosotros no cumplimos con un homenaje más o con el recuerdo de nuestra deuda sino que tendremos siempre necesidad de expresar con palabras, gestos o, simplemente, con la compartida sonrisa, la felicidad que nos proporcionaron sus clases, la que nos deparan sus libros, la alegría que nos comunicó su presencia.

                  Busto cincelado por Tomás Roures, que figura en el vestíbulo del Instituto José Manuel Blecua

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comentarios
  1. Durante el curso de verano de Jaca en el 92 vino a dar una charla. No me daba cuenta de la suerte que teníamos. Muy bella semblanza.

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