¡VAYA TARDE! o PASEO POR LA MUERTE, EL AMOR Y LA PERFIDIA (cuento de fútbol)

Publicado: marzo 18, 2012 en Literatura
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 Tras “El horroroso problema del transporte” y “El delincuente”, este cuento es el tercero de los que publico en esta página. Me fue solicitado por Félix Romeo (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/12/23/44-adjetivos-para-felix-romeo/) para el libro Cuentos a patadas. Historias del Real Zaragoza, Zaragoza, Fundación Real Zaragoza, 2007, pp. 25-37, publicado con motivo del 75º aniversario del club. Ahora que se cumple el 80º, en circunstancias bastante más penosas, me parece oportuno colgar este relato al que, para compensar, pienso que no le falta humor. 

Las ilustraciones, hechas expresamente para la edición, son de Mari Burges.  

Esa mañana subimos al cementerio porque enterraban a la madre de Marcos. No se enteró todo el mundo pero sí que había gente. La mujer tenía 93 años y hacía tiempo que estaba impedida. Marcos la cuidaba con todo mimo, la tenía limpia y casi todas sus conversaciones se interrumpían por eso. Que tengo que dar la comida a mi madre. Que está mi madre sola. Que tengo que relevar a la mujer. Porque había una mujer que la cuidaba. Y Marcos estaba casi todo el día por los bares. Con tranquilidad. Bebiendo sin emborracharse, hasta que lo reclamaban las obligaciones del buen hijo. Enjuto, calvo y con pinta de regentar un almacén o depósito de sardinas de cubo. Su conversación era vulgar, excepto cuando se trataba de mujeres. Había tenido hasta hace años un minúsculo bar cerrado por el día y abierto toda la noche y cuando se ponía a contar las orgías con que se terminaba allí, con las borrachas chupándosela a los carcamales de sus amigos y otras extremosidades, era estupendo. Seguramente exageraba un poco pero siempre su relato tenía una base de verdad. Porque Marcos era uno de los que pasaban coca, más o menos discretamente, en el barrio. No era el único, claro. Era uno de los varios de los que a primera vista nadie sospecharía.

El caso es que subimos al cementerio porque enterraban a su madre y muchos no se enteraron pero, con el boca a boca, aún estuvimos bastantes. No es que Marcos fuera muy popular ni muy apreciado pero tampoco era ignorado o malquerido. Simplemente se le conocía y el que se enteró fue. Y tampoco es que hubiera solidaridad de barrio o de gueto, porque vivíamos en el centro. Pero, entre los de allí, siempre se hablaba del barrio. Anoche mismo fui a un bar de progres viejos, carcas totales, con más arrugas que un shing-pei en la cara, en la ropa y en la ideas: patéticos marihuaneros con el Che, la ecología y el, parece que pernicioso, tío Sam sobre las costillas. Es un bar del barrio. Y pedí un bocadillo. Como me conocen, me mandaron directamente a requerirlo a la cocina, que está al fondo del garito. Allá estaban el cocinero, un amigo suyo muy feo, una negra y una blanca escuálida. Todos, al parecer, divirtiéndose mucho. Pedí el de longaniza. “Con huevo y tal”, dije, porque le ponen no sé qué complemento. Ellos se felicitaron de mi buena elección, todos muy colegas y con buen rollo. Como al cuarto de hora no había salido el bocata, fui a ver qué pasaba. Se les había olvidado. Estaban con los canutos “de a dedo”, porque según me explicaron, con muchas risas en la seguridad de que yo los entendería fácilmente, habían trabajado mucho la anterior semana de fiestas y estaban relajándose. Que me lo hacían ahora. “Otro día”, les dije, pasé de ellos y, cuando lo comenté con el primer conocido que me tropecé en otro establecimiento al que tuve que ir a tomarme el bocadillo, subrayó: “Ya sabes, el barrio”.

Pues sí, el barrio. Está en el casco antiguo a un paso del cogollo ciudadano y lo que tiene de bueno es que vive lo mismo gente de pasta que gente marginal, gente que vive en pisos de lujo y quienes viven en guariches. Que eso es cada vez más difícil  encontrarlo junto. Lo que más hay, gente normal y, luego, abuelos, gitanos, intelectuales de medio pelo, colgados, emigrantes, artistas, viejarrones tabernarios y gentes de la hostelería. No sé si me dejo algo. Los críos de los gitanos, que dan bastante guerra. Y algún chino, con su tienda o con su bar, que tiene que aguantar bastante de sus vecinos del Indostán: “Chino, amarillo, que feo eres”. “Chino, que estás amarillo porque meas contra el viento”. “A que no sabes qué hay más raro que un chino: un chino de ojos azules”… Los putean que es un primor. Si se me ocurriera hacerlo a mí saldría hasta en la tele, como racista, maltratador psicológico e hijo de puta irredento. Pero lo hacen los gitanos. Y los chinos a lo suyo, como siempre. Leí que los que construyeron el canal de Panamá se ahorcaban con su propia coleta cuando no tenían droga. Estos chinos sin coleta pasan de droga pero, seguramente, están a punto de pasarla. Bueno, el caso es que hay chinos, como en todos lados. Lo que no hay, que se sepa, es judíos. A estos, que están por todas partes, aquí los debimos putear tanto que no se les ha ocurrido volver. Los moros sí que han vuelto, pero de esos en el barrio tenemos pocos. Y la gente dice que mejor.

Así que fuimos al funeral de la madre de Marcos, todos muy respetuosos y tal, y le dimos el pésame y él, muy circunspecto y cariñoso con todos. Se había quitado un peso de encima pero también era lo único que tenía que hacer. Ahora le sería más difícil ocuparse de algo. Porque con el trapicheo y los vinos no cubría las dieciocho horas de vigilia. Y no parecía hombre de cine, biblioteca, petanca ni tertulia de jubilado. Debía de andar cerca de los 65 pero estaba ágil y lo de cuidar a su madre le daba un toque juvenil. A ver ahora cómo lo sustituía. Una novia. A su edad todo el mundo está raro pero una novia complaciente quince o veinte años más joven, le podía ir bien. Algunos ya manejaban aspirantes.

Yo de novias, poco, que a lo que a mí me gusta son las mujeres, pero es que la que vi en el funeral me la hubiera llevado a casa, por lo menos para unos cuantos meses. Y eso que ya me sé la frase de “Cuidado con los deseos, que muchas veces se cumplen”. Ando cerca de los cuarenta y sé muy bien que en los duelos y sepelios lo más normal es terminar emborrachado y follado. Ya sabemos que es eso de la vida contra la muerte y que te apunta la cebolleta y te da el ramalazo vitalista, juerguista, afirmativo, natural y primavera y acabas a las tantas y de cualquier forma con los compañeros del duelo que han seguido tus mismos derroteros. Pero es que iba de amarillo y era rubia y estaba buenaza y tenía esa expresión ingenua, traviesa y gatuna, que la miraba y me gustaba un huevo y otro huevo y otro huevo, así que a ver si acababa el rollo de funeral y qué se me ocurría.

Ya no sé qué le dije, el caso es que se vino después con los colegas del barrio a tomarnos algo. Resulta que no conocía a Marcos pero había ido en representación de su madre, que había sido buena cliente de la interfecta en sus tiempos de modista. Me acogí bajo su manto y luego nos dimos besos y de todo y la agarramos fenomenal hasta las tantas de la noche, con los polvos que vendía Marquitos y qué sé yo. Se vino a casa y ya nos quedamos juntos porque el letrero que tenía con eso de no cuelgues tu ropa en mi dormitorio le dije que no iba con ella. Me cogió la palabra y ahí se inquilinó. La verdad es que le cogí gusto porque era muy maja tía y estaba buenaza y colaboraba en los gastos, como debe ser, porque tenía un negociete y ganaba más que yo. Cosa no muy difícil.

El más futbolero de los bares del barrio es también el más friqui. Resulta que el dueño, que es tan buena persona que hasta presta unos euros a sus clientes para sus cervezas, un día me preguntó qué significaba esa palabra, que traía apuntada en una servilleta de papel. Con K, claro. Friki. Yo le dije que raro, diferente, un poco loco, hasta me salió la palabra pintoresco. Él se echó a reír y me contestó que era verdad todo lo que le había dicho porque alguien le había comentado que a su bar iban muchos friquis y él había esperado a que viniera alguien como yo, que por lo menos leía el periódico y hasta libros, para aclararse. Ahora estaba de acuerdo: a su bar iban muchos friquis. Yo también estaba de acuerdo en eso. El tipo es muy del Real Madrid y compra partidos por la tele todos los días. Algunas veces hasta tres. Su madridismo resultaba más que animoso pero nada vociferador. Tenía que tragarse las preferencias de los otros clientes y muchas veces, las burlas y los improperios contra el equipo capitalino. Los clientes sí que vociferaban. Como demonios. Se daba la paradoja de que, si perdía el Madrid, él andaba mohíno pero los clientes aumentaban porque querían refregárselo por la jeta y descojonarse de él. Si el Madrid ganaba, andaba contento pero los clientes no acudían para no tener que tragar quina y humillarse o, si lo hacían, era para despotricar del árbitro, de Guti y, sobre todo, de él. En las discusiones futboleras –el dueño me inquiría directamente y me hacía hablar muchas veces porque me atribuía autoridad en el tema- trataba de mantenerme ecuánime, excepto cuando llevaba seis copas, y de no significarme mucho. Prefería oír las burradas y soplapolleces que decían los demás, congestionados de alcohol, de seguridad y de estulticia. Que me creía superior, vamos.

Pues, en esto, que, un día, me coge Santos, que así se llama el dueño, y me dice:

-Perdona chico, ya sabes, que te aprecio desde hace mucho y que te he pedido favores y me los has hecho y me lo he pensado mucho antes de decírtelo pero yo te lo tengo que contar para que no se te rían. Si hago mal, perdona, que es con buena intención.

La verdad es que me puse en guardia, traté de componer cara de nada y agucé el oído. Lo que escuché me dejó de una pieza:

-Esa chica que va contigo, que parece muy buena chica y yo no tengo nada contra ella; pues, estuvo aquí el otro día Lalo, ese que es periodista, y la vio pasar y dice:

-Mira, a esa la veo yo mucho con los jugadores del Zaragoza.

-Conque le digo yo:

– Pero si me parece que vive con un vecino que viene mucho por aquí.

-Pues yo no sé con quién vive pero los domingos por la noche, siempre está con un uno u otro grupo de ellos. “Ji, ji, ji, ja, ja, ja”, y embolíngada, y comiéndoselos con los ojos y a bocaos.

-Pues no sé. Ya le preguntaré –contesté para salir del paso, malamente. Hice como que no tenía prisa, acabé el vaso de la amargura y me fui aparentando la tranquilidad que no tenía y con la mala virgen propia de estos casos.

Coincidía todo, de pe a pa. Los domingos me dejaba solo porque se iba a comer y a dormir con su madre. A mí me venía bien porque yo también me iba a comer con la mía y luego podía ver el fútbol con los amigotes o disfrutar un poco de la soledad que había perdido. Pero, para perdida, ella. Un zorrón. Y que se lo hacía con los futbolistas del Real Zaragoza. En cierto modo, con mis ídolos. ¡Qué papelón!

Había que establecer una estrategia de urgencia. En principio, está claro que se lo podía preguntar directamente. Si me lo negaba, la tendría que creer porque no la había cogido nunca en mentira pero ya no me quedaría tranquilo, aparte de que ella, sabedora de mis sospechas, podría borrar pruebas y tomar sus precauciones. Si, por el contrario, confesaba y me decía que sí y que, bueno, que qué pasaba, aún peor. Cornudo y apaleado. No me quedaba más que expulsarla de mi dudoso paraíso y tragar bilis.

Así, pensé que lo mejor sería organizar un operativo de espionaje. Sabía por dónde solían pulular las noches de los domingos los jugadores: ciertos bares de la zona de Francisco Vitoria. Ahora –aunque tragándome el orgullo- tenía que buscar un amigo al que ella no conociera y destacarlo, en compañía de otro para mejor disimular, en los garitos susodichos. Yo estaría cerca esperando que el móvil confirmase o ahuyentase mis sospechas.

Conecté con Rafaelón, que es un pájaro de cuenta y muy colega para estas cosas. El único peligro es que arremetiera directamente contra la infiel pero me aseguré de que no lo hiciera.

Él mismo se procuraría un acompañante no conocido por ella. Eso sí, yo pagaba las consumiciones de toda la noche, cosa que parecía ponerle de excelente humor. Faltaba la forma de concretar mi aparición. Un cornudo sorprendiendo a la pérfida es cosa muy sainetesca y el público, a menudo, lo contempla con más regodeo que solidaridad. Tampoco era cuestión de seguir los consejos de Pérez Zúñiga:

Ahí va mi parecer breve y sincero:

“La cabeza hacia atrás, el cuerpo erguido,

las dos piernas muy juntas; mirar fiero

los dos brazos en jarras y el sombrero

sobre el asta derecha algo torcido”.

Esa, lector amado,

debe ser la actitud del ultrajado.

Yo había pensado que, de producirse la previsible confirmación, vendrían por mí Rafaelón y el amigo y, volveríamos a penetrar en el antro de perdición donde la hubieran encontrado. Una vez que yo descubriera a mi Begoña enfangada con los ases del balón, prorrumpiría en una sonora carcajada y le vocearía: “Me alegro de tener un pretexto porque ya no sabía que hacer para darte el pasaporte. Mañana temprano vienes a coger tus cosas y te las piras en camello. Pero no tardes o te las pongo yo en la escalera”. Y otra carcajada, “¡ja, ja, ja, ja!”.  Contado parece un poco patético, además de que la risa nos remite a nuestra propia vulnerabilidad, pero entonces a mí me parecía lo mejor.

Lo malo es que la revelación de Santos se produjo un viernes y aún quedaban nueve días para que el Zaragoza jugase en casa. Tendría que disimular con Begoña, cosa difícil pues a mí la hembra me gustaba y ya estampó Boswell que nadie es hipócrita en sus placeres. Luego estaba el asunto del domingo en que el Zaragoza jugaba de visitante. ¿Dormiría en casa de su madre o tendría otra actividad nocturna también sicalíptica? Decidí pedir el coche a un amigo, apostarme en las inmediaciones de la calle Lasala Valdés, donde su madre vivía, y echar horas hasta que saliera. Luego era lo de seguirla a pie.

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Así lo hice. A las cinco ya estaba yo agazapado en el Citroën Xsara y hasta las siete no la vi cruzar el portal. Iba muy guapa y con un bolso grande que yo no le conocía. Se dirigió a unos grandes almacenes abiertos ese domingo, mientras este detective de tercera, ya abandonado el vehículo, iba empujando esquinas, parándose ante los árboles y agachándose tras los coches, si tocaba cruzar una calle. En el establecimiento comercial compró delikatessen gastronómicas y un bolígrafo o pluma, que se hizo envolver en papel de regalo. Con aire decidido y, al parecer muy contenta, se echó a la calle. Pocas manzanas más allá llamaba al portero automático de una casa y subía quién sabe adónde, dejándome braceando en el reconcomio. Soy hombre de iniciativa. Esperé a que alguien entrara en la casa, para seguirle dispuesto a leerme todos los nombres de los buzones, pero la impaciencia me hizo preguntar al vecino en cuestión:

-¿Vive aquí un jugador del Real Zaragoza, verdad?

El tipo me miraba con cierta desconfianza pero al final alentó:

-Viven tres. ¿Es usted periodista?

Conjeturé que, si afirmaba, mala opinión iba a tener de mi nivel informativo y, si negaba, no iba a poder justificar mi situación allí. Pero la santa inspiración vino en mi ayuda.

-No, colecciono de autógrafos y quería cerciorarme de que era aquí, para esperarlos en la puerta, un día, cuando vayan a entrenar porque ahora estarán jugando en La Coruña.

El tipo me miró con justificada pena y se dirigió hacia el ascensor dejando cruelmente unas palabras en el aire.

-Si llevara usted faldas podría subir ahora mismo y sería bien recibido porque creo que queda uno que no ha sido convocado y es una buena pieza.

Más claro, agua de manantial. Eso ya lo sabía yo y ya podía prescindir del número de Rafaelón el domingo que viene y de toda la parafernalia. Me dio tanto coraje que me puse a mirar en los buzones, decidido a cogerlos in fraganti. Naturalmente, no había ningún nombre de futbolista. Con lo que tuve que esperar a otro vecino –vecina en este caso- y preguntarle, con la excusa de que tenía que dejar una nota. Era en el 8º C.  Puse la oreja en la puerta y se oía música. Sin saber lo que hacía ni qué iba a decir, pulsé el timbre. El domingo por la tarde no es hora en que se suelan esperar visitas, así que pasaron de mí pero a la tercera ya apareció el aguerrido centrocampista mirándome cómo si yo fuera testigo de Jehová o algo peor. Porque pinta de mormón no tengo. Ni un “¿qué desea?” se dignó a proferir. Me tuve que conformar con el más inquisitorio “¿qué pasa?”.

-Pasa que mi novia está aquí y quiero verla.

Algo se desconcertó el medio volante con la revelación pero tuvo arrestos para proferir:

-Y tu novia ¿quién es?

Ella ya me había oído y me sorprendió la tranquilidad con que sonó su voz.

-Sí, que pase.

Penetré sin más y allí estaba en el salón, echándose una copa y con tanta naturalidad como si estuviese en el de mi casa. Encima de la mesita estaban casi intactos los productos comprados y una cara pluma estilográfica.

Como yo no sabía cómo empezar fue ella la que dijo, también con la mayor naturalidad:

-Pero, ¿cómo sabías que estaba aquí?

Se me ocurrió mentir y achacarlo a la casualidad de un encuentro fortuito y la curiosidad deparada pero todo eso era difícilmente sostenible. Me lancé enceguecido.

-Te he seguido. He visto que comprabas todo eso y ya me he puesto malo. Es tu dinero y puedes hacer lo que quieras pero que te lo gastes en alguien que lo tiene todo… es que da grima. Sólo derrochan los pobres de espíritu porque tienen la sensación de que su relación con el mundo es más intensa y así son más felices.

La verdad es que, ante tal espiche, ya parecía más desconcertada. Así que sólo profirió un fonema:

-¿Y…?

-Y que, además, es un suplente. Podías valorarte un poco más a ti misma.

De momento, ya estaban hechos los reproches. Ahora ella podía defenderse mintiendo o diciendo que su vida era suya y todo eso o que me fuese a cascarla. Pero no decía nada. Y menos, el mediocampista ceporro. De todos modos, yo ya era un cornudo público y me dio por la dignidad.

-Yo te  he querido todo lo que sé, sin conocerte demasiado, porque la mitad de la belleza es el misterio. Me tropiezo hoy con la evidencia de tu desvío, de tu engaño, de mi ingenuidad… Y ¿qué puedo hacer? Ya sé que el arte consiste en ocultar el arte y que podría mirar hacia otro lado, ser lo que antes se llamaba, “europeo” pero yo no quiero aceptar la moral sensiblera, la moral tolstoiana, la moral de los esclavos. Yo soy de aquellos que, en tiempos de combate y de reconquista, adoptan la fórmula socrática: “superar en el bien a los amigos; superar en el mal a los enemigos”. Así que mi designio racional es la venganza pero no tengo armas para ejercerla. Soy más pobre, más viejo y más feo que tú, no tengo amigas futbolistas y, al parecer, tengo hasta en contra el que mi amor y respeto por ti es mayor que el tuyo por mí, así que no puedo sino remedar al clásico festivo y rogarte: Que te llame mía, deja /y ceja en tu engaño, ceja.

Begoña se abrazó a mí, llorando y cubriéndome de besos mientras el futbolista, se apuntaba a la sutileza del yunque, propia de los del oficio.

-Pues, ¡vaya tarde!

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