DE LOROS SOCIALDEMÓCRATAS Y OTRAS SOCIOLOGÍAS

Publicado: febrero 21, 2012 en Artículos
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  Aquello de “hombre muerde a perro” dejó de ser sólo un ejemplo en las clases de periodismo barato desde que, en julio de 1997,  un mendigo que frecuentaba los centros comerciales de Talavera tocando un tambor con su perro, devolvió a éste el mordisco que le había dado, con la particularidad de que el hombre resultó más efectivo que el perro. Lo dejó seco.

  Rudoslav Dievisov, delantero del CSKA de Sofía durante los años ochenta, coleccionaba pájaros cantores. Celebrando la Nochevieja, movido del amor que les tenía y con la secreta ilusión de que, como sucede con los humanos, la ingesta de alcohol les indujera a un canto todavía más alegre, les dio a beber vodka. Los dejó secos.

  En la localidad venezolana de Punto Fijo, la señora Sánchez denunció la desaparición de su loro, secuestrado por motivos políticos. En efecto, y según su dueña, se trataba de un loro socialdemócrata, partido de la oposición que presentaba al doctor Jaime Lusinchi como candidato a la presidencia. El loro no se cansaba de repetir los eslóganes de dicho partido, por cierto bastante inocentes: “Con Acción Democrática se vive mejor”, “Jaime es como tú”,  “Pongamos el país en marcha” o, el más vindicativo, “Guerra a la corrupción”. La propietaria ofrecía una gratificación a quien lo recuperase con la sola condición de que “no le hayan lavado el cerebro y aparezca ahora como loro democratacristiano”.

  Son unas cuantas muestras de que nuestro deseo de convivencia o protección con los animales no les depara siempre buenas consecuencias y de que nuestras obsesiones, en forma de grandes almacenes, fútbol o controversia política, no les afectan demasiado. Ahí tenemos a Roberto, el perro ratonero de Brea de Aragón, que, seguramente resentido con la modernidad y la tecnología, se comía los teléfonos móviles en lugar de arremeter con los huesos. Tal vez, culpara al aparatejo de distraerle la atención de sus amos.

   Sin embargo, a muchos de ellos, por ejemplo a los toros, si pudiéramos interrogarles acerca de lo deseable de nuestra cercanía, es fácil que, salvo los capados y pusilánimes,  nos sorprendieran con eso de “tú en tu mundo y yo en el mío”.

 

 

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