¡AUPA EL REBAÑO!

Publicado: febrero 3, 2012 en Artículos
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Más de cuarenta años después del “Prohibido prohibir” de mayo del 68, un aluvión de leyes, decretos, sanciones y amenazas cercan al ciudadano, acoquinado por los cuatro puntos cardinales. Para colmo, tenemos una ley para cada acto humano. Aquello de “hay que explorar sistemáticamente el azar”, ya no vale. El azar vendrá impuesto. Aquello de que “no hay que convencer a los demás sino a nosotros mismos”, queda fuera. Nos convencerán con sanciones de no fumar, de no beber, de no llegar a casa muy tarde. Nos impondrán una ley de lenguas, para que hablemos como Dios manda. Ya nos pusieron la de igualdad, por si acaso nos creemos mejores o -¿por qué no?- peores que los demás. Aquello de los kabouters, dados a esa libertad que consiste en ser libres y hacer libres a los demás, que revolvieron las escleróticas costumbres burguesas e hicieron de Holanda uno de los países más innovadores y aperturistas, parece prehistoria. Hoy marchamos al compás de los radicales islámicos, de los delincuentes juveniles, de los piratas del Índico y de los piratas bancarios.

Los provos y kabouters se inspiraron en la Revolución española, así como esta tiene antecedentes en los dos meses y nueve días que duró La Comuna de París en 1871. Revoluciones no politizadas, lejanas a la estadounidense, la inglesa, la francesa y la rusa, todas ellas malogradas por guías políticos. La Comuna fue una reacción contra la guerra de 1870 y la de Holanda, contra el ambiente calvinista y de tedio burgués.

Frente a aquello que enunciara Borges: “Llegará un día en que merezcamos no tener gobierno”, la gente quiere hoy que el gobierno lo arregle todo. Darle un subsidio o, en el peor de los casos, un empleo; atenderlo, si le salen varices, forúnculos o le apetece cambiar de sexo. Aquello de que el hombre tiene que bastarse, a lo mejor les parece a algunos reaccionario; pero conservador es quien conserva sus convicciones aprendidas sin atender las variaciones del entorno. Conservadores son los vendedores de misterios, que no sólo no se han erradicado sino que cada vez aparecen con más fuerza por los cinco continentes.                          

El 68 pudo parecer el advenimiento de una era utópica, un efímero estallido de energías vitales reprimidas, una forma original de comportamiento colectivo, productor de cambios sociales, políticos y culturales. La organización fue sustituida por la espontaneidad y las izquierdas se encontraron con un vasto movimiento que no controlaban y demostraron tener más parecido con las derechas de lo que hubiesen sospechado. Al menos, nuevos valores ocuparon la vida cotidiana: sexualidad libre, tolerancia, caída de la autoridad (paterna, religiosa, patronal, magistral, masculina…). El movimiento no abocó a ningún nuevo régimen ni conquistó el Poder porque no iba detrás de nada de eso, pero regeneró la mentalidad, abrió la opinión pública a la relatividad de lo político, a la independencia y autoestima de la mujer… El placer de vivir sin reservas fue sustituyendo al complejo de culpa, las doctrinas empezaron a habitar el desván de lo inservible. Se puso el acento en el humor de las consignas, no tomarse en serio ni siquiera a la revolución y, por supuesto, a nosotros mismos.

Decían: “El derecho de vivir no se mendiga, ¡se toma!”. ¿Lo hemos hecho? Más bien hemos conseguido no hablar con nuestros vecinos; burocratizar la imaginación aunque sea a base de subvenciones; dar a la religión, “ese escándalo que da rentas”, en palabras de Baudelaire, mayor protagonismo; acogotar la libertad al que discrepa del pensamiento único. Aquello de Bakunin: “La libertad ajena amplía mi libertad al infinito” es como una broma, tan pesada como antigua.

Al poco presentable pensador francés, le espetaron: “Sartre, sé breve”. Sería de predicador pelmazo no aplicarse el cuento.

 ( Publicado en Aragón Digital, 20-23 de noviembre de 2009).

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