ELOGIO DEL TOCINO

Publicado: enero 5, 2012 en Artículos
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  • Durante algún tiempo, escribí columnas en el periódico El Día de Aragón. En aquella época estas cosas tenían algún eco social y una de las más comentadas fue la que titulé “Elogio del tocino”, de modo que los lectores pidieron más y terminé realizando una serie de seis, que aquí reproduzco. Aparecieron entre el 23 de septiembre de 1983 y el 15 de enero de 1984.

     

    I

    Palabra de mayor expresividad y que más colme la boca al pronunciarla no la conozco: “Se emborrachó como un tocino”; “Ese crío chilla más que la tocina”. De hecho, el gritar con voz rotunda, “¡Cabeza de tocino!” al conductor enemigo produce efectos claramente desmoralizadores en quien recibe la imprecación y profundamente catárticos en quien la profiere, según he podido constatar en más de una ocasión.

    Digo tocino y digo bien, pues ésta es la forma aragonesa de denominar al cerdo que, por otra parte, es animal que goza o padece de multitud de sinónimos. Sinónimos en su mayoría ofensivos, pues el fruto que más rápidamente genera el árbol humano es el de la ingratitud y así se ha utilizado el nombre del animal que más beneficios reporta a la doliente Humanidad para formar los adjetivos más pringosos (cochino, guarro puerco, marrano, gorrino…). Nihil novum sub sole.

    Sin embargo, y según consta en la abundante bibliografía de que dispongo sobre el tema, el tocino es un animal altamente escoscado al que sólo la ignorancia aldeana ha confinado al lugar más sórdido de la cuadra. En efecto, gusta del baño y su mayor placer es sentir rascada su piel por piedra pómez o ladrillo. Parece ser también el animal más parecido al hombre en la disposición del organismo y contextura de su piel y su sentido de la orientación es tan admirable que ya se utilizan ejemplares seleccionados para ayuda de la navegación: los cerdonautas, según los bautizó un conocido periodista.

    El tocino ha sido también animal emblemático. No piense el lector en los tiempos del rey que rabió sino en los recientes de UCD y el lío. En efecto, además de que a cierto mantecoso y polivalente ministro le llamasen Porky sus compañeros de Gabinete, el ex senador de UCD y luego presidente del Partido Regionalista de Extremadura Unida, Pedro Cañadas, adoptó como mascota un tocino que presentaba en los mítines junto a la bandera preautonómica. Su nombre era Viriato, y el temerario político explicaba: “Hemos adoptado el cerdo como mascota por ser un animal que no se doblega ante la adversidad”. ¡Se convencen ustedes!

    II

    Hablábamos recientemente de tocinos ilustres como Viriato o Porky. La saga sería interminable, pero nos limitaremos a aportar una serie de datos más, como escuálida muestra de esta labor de reivindicación que, contra viento y marea, mantenemos.

    Fernando Alburquerque, autor del imprescindible El cerdo. Cómo se ganan cinco mil duros en seis meses. (Ediciones Hernando, Madrid, 1962. 4ªed.), nos habla de Ambrosia, hermosa tocina a la que acudían a admirar desde más de veinte leguas, del mismo modo que hoy uno se desplaza a Madrid a ver El jardín de las delicias,  o a Barcelona para gozar del Parque Güell.

    Herodoto se refiere a un rutilante cerdo que era el animal totémico de los oráculos que jalonaban las orillas del Eufrates. Relación esta del gorrino con las artes adivinatorias que no parece esporádica, pues mi finado tío Florencio aseguraba haber visto en la feria de Zafra un tocino que adivinaba el porvenir hozando en una especie de montones de tierra, cada uno de los cuales contenía una papela con lo que aguardaba al profetizado.

    Es famoso, asimismo, el tocino de Belchite, cuya búsqueda por parte de los asediados, tras escapar de su cubil, produjo la desbandada de las fuerzas sitiadoras al creer que se preparaba contra ellas una ofensiva de fuste, a causa del elevado  número de hombres que salieron a su encuentro. Merece también pasar a los anales el tocino que un ciudadano pamplonica pretendió entregar como aval en una entidad bancaria, lance del que la prensa nacional se ocupó con profusión. Los más leídos recordarán el episodio de Circe en La Odisea. En él, los hombres de Ulises aparecen más jóvenes, más bellos que antes y, aun, de mayor estatura, después de haber pasado por la experiencia de ser convertidos en puerco y alimentados con fabulas, bellotas y frutos de corno por parte de la maga Circe. En Calatayud se cuenta cómo, no hace muchos años, el público que presenciaba la procesión de Viernes Santo se congregó masivamente ante el escaparate de una farmacia por la que un magnífico tocino campaba por sus respetos. Al parecer, el boticario tenía la pocilga en la trastienda y uno de sus moradores se acogió al indulto promulgado por Pilatos.

    El cuento de nunca acabar. Tocinos navegantes, tocinos profetas, tocinos emblemáticos, tocinos fiduciarios, tocinos que se utilizan para sacar a la luz el prodigioso manjar de la trufa. ¿Hay quien dé más?

    Elogio del tocino III

    Aguerridos lectores me comentan que no son suficientes las loas que hacia el tocino desde aquí se han vertido, que es necesario echar mucha más leña al fuego que repare esta ingratitud de siglos. No seré quien les desmienta: las efemérides de las que son protagonistas estos maravillosos omnívoros darían para confeccionar varias enciclopedias. Por otra parte, desde la dirección de este medio se me insta a que esté al tanto de la actualidad. ¿Y qué mayor actualidad que la del tocino, ahora que se aproximan las fechas de su holocausto? ¿Cuándo aprenderán estos currinches que la actualidad no está en las previsibles palabras del señor Boyer, los deslavazados ademanes de importancia del señor Morán, los regüeldos del señor Fraga, el típico incendio, la consabida intoxicación, la repetida persecución del indigente por parte del poderoso…?. Bien lo sabían los fabulistas, los simbólogos, los fundadores de religiones: sólo la alegoría es actual porque carece de pasado y de futuro, su ritmo es cíclico, sus correspondencias eternas.

    Rescatemos a nuestro protagonista: El tocino es el animal emblemático nada menos que de San Antón, patrono de los irracionales. Es decir, que el tocino se constituye en el animal por antonomasia. Bien podía haber elegido el santo varón cualquier otro: la rana, el caracol, el burro, el erizo de mar, pero ¡qué va! sabía lo que se hacía y recaló en el tocino. Así lo presenta la iconografía y qué duda cabe que la presencia del totémico mamífero incrementa la devoción que hacia este mirífico patriarca experimenta el vulgo. Vaya por Villanueva de Huerva y admire la sensacional imagen de ambos que, desde una hornacina, preside el rincón más entrañable del pueblo. Abbad se olvidó de registrarla en su catálogo monumental de la provincia, pero para eso estamos.

    Sin embargo, otras parcelas del cristianismo no han sido tan generosas con nuestro héroe y en gran parte de la iconografía románica el tocino es símbolo de las bajas pasiones. Tal vez el artista sabía que son las mejores y por ello escogió al tocino como abanderado. Pero el observador atento discernirá que en el caleidoscopio riquísimo de la escultura románica también aparece el tocino místico, junto a la rosa, a la rueda y otros símbolos manifiestamente nobles. Contradictio oppositorum, el eterno tejer y destejer de toda sabiduría, de todo arte verdaderamente intemporal.

    El tocino no se rinde y su majestuosa imagen -espejo del cosmos- nos aguarda en cualquier parte.

    Cerdo ibérico criado en una casa particular de Plasencia

    Elogio del tocino IV

    Corren tiempos en los que la justicia se aplica revueltamente, al zurrumburrúm.  Quien no tiene padrinos, valedores, influencia… es sujeto pasivo de sus arrebatos, de sus palos de ciego. Por ejemplo, ¿quién defiende al tocino? Que se ve vejado injuriado, proscrito, que es pasto de gentes sin corazón que, al devorarlo, olvidan a quién ingieren, cuánto le deben.

    Un erróneo concepto de la realidad y de la Historia, por parte de muchos, es la causa de las desdichas que afligen hoy día a tan extraordinario animal, si es que animal puede llamársele a este prodigio de la creación. Aquí, adictos a las causas perdidas, a seguir el rastro de los derrotados, de los perseguidos, hemos tomado su bandera y seguimos dando la batalla.

    En Alemania, hasta los años treinta, existía un Día Nacional del Cerdo que el nacionalsocialismo- he aquí otra de sus incurias- se encargó de abolir. En chino, la palabra “hogar” se escribe dibujando un pequeño cuadro con un tocino en su interior. Y es que donde hoy habita un chihuahua mariquita, una insustancial tortuga, un insignificante canario, había antes un tocino. Únicamente pervive como símbolo su imagen en forma de hucha que recuerda, para el que tenga ojos, que el tocino es un tesoro por sí mismo dondela Fortuna y la opulencia se congregan como díptero enjambre al olor del coprolito.

    Nuestro hermoso artiodáctilo es también fuente de inspiración literaria. Una de las más admirables novelas escritas durante los últimos quince años es Diario de la guerra del cerdo, de Bioy Casares. Pese a que Borges -no siempre atinan los genios- le aconsejó: “Cámbiale el título. ¿Cómo vas a tener para siempre, en la tapa, un chancho?”, Adolfo se mantuvo terne y hoy gozamos intensamente de su título y de su contenido. Absténganse, sin embargo, de su lectura si cuentan con más de cincuenta años.

    La oniromancia sabe que soñar con tocinos es signo de abundancia. Si usted se ve convertido en un porquerizo, bajo cuya égida una manada de suidos acosa la bellota, no sólo está sublimando su situación conyugal. Acuda al invidente o puesto de lotería más cercano y hágase con una buena provisión de cupones y décimos. El psicoanálisis confirma que soñar con tocinos es signo de equilibrio, de serenidad, de estar a bien con uno mismo, de tener el Yo, el Súper yo y el Ello en sus compartimentos adecuados. Una vez más, el tocino, devolviéndonos bien por mal, reaparece como símbolo del absoluto y nos guía (Contradictio oppositurum) por los más espirituales e idealizados vericuetos.

     V

    Desde aquí se han referido episodios y comentado circunstancias en las que el tocino se constituye en altivo protagonista: su valor emblemático, la magia de su nombre, la ignorancia del vulgo respecto a sus cualidades, las calumnias a que su excelencia le expone, su coraje ante la adversidad, sus cualidades físicas y como orientador de la navegación, sus propiedades regenerativas, su uso en las finanzas, su poder adivinatorio, su presencia en la iconografía, su simbología cósmica, su intervención como musa de escritores y qué sé yo. Y si en ocasiones hemos bordeado lo histórico para referir sus hazañas, hoy nos restringiremos voluntariamente a este terreno y daremos noticia de cómo, además el ya mentado episodio de Circe en La Odisea, el tocino deambula por la mitología y la historia con la soltura que da el saberse elegido de la divinidad.

    Un oráculo de Dionisio, buen conocedor de cómo las gasta nuestro héroe, había predicho que si las cenizas de Orfeo veían el sol, Leibetra, ciudad donde se mostraba su tumba, sería arrasada por un cerdo. Los habitantes se burlaron del vaticinio pero una tarde de verano un pastor que descansaba sobre la tumba fue penetrado por el espíritu del dios y comenzó a entonar himnos órficos. Al arrullo de tan melodiosa armonía, acudieron pastores y rebaños, de modo que el suelo cedió aplastando el sarcófago que contenía las cenizas del héroe. A la noche siguiente una terrible tormenta desató la crecida del río Sys (en griego, tocino) cumpliéndose así el oráculo.

    Versiones hay que cuentan cómo el monstruo encerrado en el laberinto no era un minotauro sino un híbrido de cerdo y toro o tocinotauro lo que explica muchas de las particularidades de su comportamiento. No incidiré en el tema pues merece ser tratado con más altos vuelos y en ocasión memorable.

    Un amable informador que se identifica como “un tocino cebollero” y que si no pertenece a la especie- lo que a nadie extrañaría vistas las habilidades aquí reseñadas- es baquiano en el tema, me proporciona datos que por su buen estilo reproduzco casi literalmente. En Olivenza se aplicó tortura seguida de quema pública a seis tocinos de pata negra en el año de gracia de 1634. Fue el inquisidor Martínez Alcudia quien dirigió el proceso a instancias del pueblo que supuso con fundamento que se trataba de otros tantos sarracenos metamorfoseados. Como perito lingüístico, actuó un experto porquerizo oriundo dela Babia. Alparecer encontró notables similitudes entre el árabe y los gruñidos.

    Corolario: también son políglotas. El tema me excede y exige plumas más galanas y eruditas. Bástame la satisfacción de haber abierto camino.

    VI

     Próxima la festividad del santo patrón de los irracionales, el tocino y servidor volvemos a la carga. Todavía hay quienes cierran los ojos ante la obviedad y precisan de más datos y argumentos para ubicar a nuestro protagonista en el sitial que le corresponde. Para ellos, gente que sólo estiman lo material, que desdeñan las excelsitudes de orden simbólico-espiritual que sobre el tocino desde aquí se han vertido, que no prestan oídos sino a las groseras pulsiones de la carne, va este comentario que, una vez más, dará fe dónde está la substancialidad, el comportamiento ejemplar y señero en el orden de una animalidad modélica.

    Quizá  algún indocto se pregunte de dónde sale la popular muletilla “gocé como un tocino”, que se profiere cuando el disfrute ha rebasado todas las expectativas y rozado los límites de lo orgiástico. La comparación, obviamente, parece fuera de lugar pues, por lo común, a este animal se le dispensan una vida y un trato tan miserables que parece que nadie debería poner su placer en parangón con el de nuestro héroe.

    El origen del dicho se halla en la cópula, apareamiento o cubrición que lleva a cabo el susodicho. El acto resulta de lo más vistoso por los ronquidos, rebufes, respingos y gruñidos de satisfacción que el macho emite, adornados con gran artificio de gesticulación y cabeceo. Pruebas de la complacencia que la función le produce son su semblante arrobado y los regueros de baba que gusta derramar. La puesta en escena de este número resultaría de gran efecto dramático y desde aquí se lo recomiendo a los responsables del Teatro del Mercado que, como es notorio, persiguen objetivos didácticos además de los meramente teatrales. La función podría resultar de gran virtualidad en cuanto a la educación sexual de niños y jóvenes que, en gran medida, jamás han visto un tocino de carne y hueso. Ni digamos ya un zoológico cubrimiento.

    Pero todavía hay más. Prueba de que el tocino sabe lo que se hace y respeta la dignidad de la hembra, no escatima el tiempo de actuación y, utilizando magistralmente su órgano en forma de sacacorchos, la duración del acto se prolonga con gran satisfacción de ambos. Mientras el toro, tras el mugido de rigor, cumple con la vaca en cuestión de instantes, el verraco, una vez más, nos marca el camino a seguir, nos da la pauta de cuál debe ser nuestro comportamiento en tan trascendentales circunstancias.

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