EL TANGO EN SUS PARTITURAS

Publicado: noviembre 25, 2011 en Artículos, Prólogos, Tango

(Publicado en El Bosque nº 9, septiembre-diciembre 1992, pp. 111-118, y reproducido como prólogo en Gustavo Varela, Cartografía de una pasión argentina, Buenos Aires, Ediciones Lea, 2010, pp. 5-9).

Como ninguna otra música popular, el tango reflejó casi fotográficamente el bullir de la vida cotidiana en un momento en que ésta ofrecía una variedad de gamas mucho más rica que la que nuestra contemporaneidad aduce. Sus hacedores -aunque no exclusivamente– estuvieron en el propio pueblo y ello propició que en él aparecieran las preocupaciones, profesiones, tópicos, acontecimientos y sensibilidad de la época con una naturalidad, casi siempre cuajada de humorismo y desenfado, de la que hoy no encontraríamos sino un lejano referente en el comic o historieta.

La popularidad de las partituras en el mundo de nuestros abuelos fue enorme. Téngase en cuenta que, al no existir medios de reproducción musical –fonógrafos que reproducían cilindros de cera, gramófonos que reproducían discos de unas 78 revoluciones por minuto, fonolas mecánicas o autopianos que leían rollos perforados– sino para los muy acomodados, era el organillo callejero, la banda de música en los días señalados, la actuación en directo en el café o en el teatrucho y el boca a boca los que determinaban la popularidad de un tema. Cuando esto sucedía, el público, deseoso de aprender la letra o de interpretarla en el piano, la adquiría. En otras ocasiones, se trataba de mero afán coleccionista. Recuérdese, además, que el piano era un instrumento usual en la mayoría de las casas de clase media y que el estudio del solfeo era mucho más popular entonces que en un tiempo como el nuestro ahíto, de solicitaciones.

En este contexto, las tiradas de la partituras y, en ocasiones, su abultado número de reediciones parecen increíbles pero su, comparativamente, bajo precio las hacían asequibles a la mayoría.

La partitura había de entrar por los ojos, lo que explica su belleza favorecida porque la época de esplendor del tango coincide con el primer tercio de siglo, un período especialmente afortunado en lo estético. Así, las carátulas destellan color, humor, expresionismo, ironía, capacidad caricaturesca y, como se dijo, vida cotidiana. Son también un impagable documento, la fuente primordial –junto al disco o cilindro de cera- en la historia de esa disciplina tan variopinta, apasionante y desconocida que es la música popular. Y aun con más fidelidad que aquéllos pues, aparte de la música original y la letra, si existe, en la partitura figuran los autores – muchas veces con la propia firma para evitar falsificaciones-, la dedicatoria, la casa editorial, el precio y, muy frecuentemente, el número de ejemplares, el año de edición, publicidad de otras partituras o autores de la casa, amén de lo más sobresaliente: el dibujo de la portada.

Nos son desconocidos los nombres de gran parte de los magníficos ilustradores que dibujaron carátulas. Algunos de ellos con “el mono” Taborda, fueron excelentes dibujantes de turf, otros alternaron sus ilustraciones en las revistas más populares de la época: Caras y Caretas, Fray Mocho, PBT… y hubo quien se “inmortalizó” como Ferrari, autorretratándose en la portada, pero la mayoría no llegaba ni a firmar sus carátulas.

En un tiempo en que los derechos de autor no estaban reconocidos debemos pensar que muchos serían empleados de las casas editoras –hacia 1910 llegó a haber más de cincuenta sólo en Buenos Aires, lo que demuestra lo lucrativo del comercio- y otros las dibujarían por amistad o compromiso con los autores. Lo que parece evidente es que muchos de ellos estaban familiarizados con el art nouveau y hasta con vanguardias como el expresionismo. Y sus realizaciones, aun teniendo en cuenta que se trataba de otras sin ánimo de trascendencia o perduración, dan buena cuenta de su versatilidad y sapiencia.

El tango, como música urbana, recoge elementos muy diversos que hacen muy problemática una delimitación concreta de su configuración. Este sincretismo se incrementa por las especiales características de Buenos Aires, una ciudad que recoge un aluvión inmigratorio que provoca que casi cuatriplique su población en sólo veinticinco años. De 187.000 habitantes en 1869 a 664.000 en 1895. Todo componente inmigratorio es predominantemente masculino con lo que, si conjugamos este extremo con la suma de una ciudad portuaria, un alto índice de delincuencia, que se convierte casi en lugar común, y el hecho de que Buenos Aires constituya el mayor núcleo urbano en miles de kilómetros a lo largo y a lo ancho del continente, es de imaginar el altísimo número de casas de lenocinio (“quilombos”) que se alineaban en sus orillas y que dieron lugar a una bienintencionada, pintoresca y jamás cumplida legislación.

En estos establecimientos las danzas que aportan elementos al tango (habanera milonga y candombe, fundamentalmente) y que se bailaban sin contacto físico convergen en la aproximación a la hembra y se hacen cadenciosas y lascivas. Un guitarrero, un pianista, un flautista y varios músicos, si la casa es de lujo, sustituidos después por fonógrafos, pianolas y victrolas[1] divierten a los juerguistas. Se improvisan músicas que hacen alusión a los clientes –suponemos que más adinerados- o a  referencias humorísticas relacionadas con el encuentro sexual. Algunos de estos clientes no tendrán inconveniente en ser retratados en las portadas de las partituras, lo que nos habla sobre conceptos distintos a los actuales sobre la respetabilidad y la hombría y, así, en una partitura como la del Don Regino se constata la profesión del mentado –comisario- sin que nadie se llevara las manos a la cabeza. Hoy la hipocresía social no permite tales desmanes. Y seguro que don Regino, don Esteban, don Eduardo y otros protagonistas a los que se dedican tangos con nombre y apellidos y reproduciendo su vera imagen se sentían colmados de satisfacción con el obsequio. En cambio, los tangos estrictamente eróticos son editados con las letras –cuando la tienen- cambiada y con un motivo eufemístico o metafórico en cuanto al dibujo de portada. El movimiento continuo, ¿Con qué tropieza que no dentra?, Aura que ronca la vieja, Dejalo morir adentro, El fierrazo, Aquí se vacuna, Haceme venir… la risa, Sacudime la persiana, Empujá que se va a abrir, Mordeme la oreja izquierda son algunos de sus inequívocos título. En otros, como Metele bomba al P… rinus, se mantiene, en cambio, el componente picaresco.

Hay una falsa idea sobre la gemebundez del tango que desmienten la mayor parte de las carátulas que se editan en el período de esplendor de las partituras, la segunda década del siglo, y, precisando aún más, entre 1912 y 1918.Coincide este momento con el triunfo de Europa en esta danza (1911-1913), la eclosión de Carlos Gardel como cantor de tangos (1917) y el asentamiento de las orquestas (a partir de 1911). Esplendor que, en el caso del tango cantado o bailado, se prolongará un cuarto de siglo más pero no en cuanto a las partituras que, salvo algún caso aislado, comienzan a perder progresivamente calidad gráfica y estética hasta llegar al pobre papel de hoy con la socorrida foto en blanco y negro del cantante.

EVOLUCIÓN DE LAS PARTITURAS

Las primeras partituras de tango se pierden en la indefinición de sus orígenes y, por otro lado, aportan poco iconográficamente: o carecen de dibujo o acuden a trillados e impersonales modelos, como sucede con El Calote (h. 1900) que se presenta en una serie de ocho tangos, todos editados con el mismo formato.

Va a ser la primera década del siglo la que –ya lanzado el tango, más atrayente por su aire de marginalidad y prohibición- configure su personalidad a través, sobre todo, de la polifacética y poligráfica figura de Ángel Villoldo, autor de uno de los tangos más hermosos y universales, El choclo, y el más fecundo pionero de la música y letra que nos ocupa.

Pero no se olvide que este tango tiene poco que ver con los tópicos que el tiempo fue amontonando sobre su primitiva esencia. Efectivamente, el tango primitivo, como corresponde a su origen prostibulario es jactancioso, chocarrero y juguetón, tanto en sus textos, casi siempre en primera persona, como en sus acordes. Y así lo demuestran también la mayor parte de las carátulas de la época. Será en los años veinte cuando aparezcan los tangos sentimentales, nostálgicos, cursis o kitsch que, desdichadamente, son los que más han trascendido. Motivos de esta evolución: la mixtura de elementos postrománticos, modernistas y carrieguistas[2], la inclinación melodramática del porteño; la saudade de los inmigrantes y la decadencia de la letra del tango que, en trance de desaparición el mundo que le había dado pábulo, a partir de 1930-1940, comienza a retrotraerse sobre sí misma, así como compositores y cantantes comienzan a poner añoranza en música y voz.

Como se dijo, en la segunda década del siglo XX, empiezan a ser reproducidos los primitivos tangos eróticos con carátulas que, como La C…ara de la L..una, disimulan someramente el motivo original. En este caso, se trataba de La concha de la lora. “Lora” se les decía a las prostitutas extranjeras por su parla poco inteligible. Digamos de paso que las más consideradas eran las francesas, aromatizadas con pachulí y hábiles en el amor; las menos favorecidas por la demanda eran, en cambio, las polacas, generalmente campesinas compradas a los traficantes y que solían ser motejadas de putas ignorantes y poco activas. “Concha” llaman en la Argentina y otros países sudamericanos al tan hispánico coño. Entrada prohibida hace alusión a las enfermedades venéreas que se podían contraer si se franqueaba el umbral susodicho. El Primus es el hornillo donde se calienta la tan criolla yerba mate. En este caso, la carátula de Metele bomba al P… rinus no puede ser más explícita.

La belleza comentada anteriormente de estos dibujos se hace destellante en Alma de bohemio, donde aparece Florencio Parravicini uno de los personajes fundamentales del teatro argentino de principios de siglo, campeón de tiro, repentista, músico, aviador, experto en todas las bellas artes, escritor, mecánico y, finalmente, suicida. También en el postmodernista Flor de fango, cuya letra también recoge el gusto de dicho movimiento por lo truculento y en los reproducidos aquí[3], El Cachorrito, El Chiquito y El Caricaturista.

 Los tan habituales tangos humorísticos están representados por el también truculento Anatomía, uno de los muchos con tema médico, y dedicado a los doctores que aparecen representados en ella con su propio rostro. Imaginemos las querellas que tal licencia daría lugar en tiempos como los nuestros. Ya se habló en parecido sentido del dedicado al teniente Don Regino. Y otra prueba de esta naturalidad libérrima es el dedicado a otro comisario de policía, El amasijo del mentado Taborda. 
Humorismo y vida cotidiana se conjugan en La gran cinchada en el que se representan las potencias en lid durante la Gran Guerra o El Dengue referido a la epidemia de gripe que asoló el orbe el año de poca gracia de 1917.

Que vida cotidiana y delito constituían una misma cosa lo demuestran la tradición, las hemerotecas, las letras de tango y muchas partituras como Llamada apache o En cafúa (En prisión).  Que la piratería comercial tiene muchos años de historia lo demuestran las versiones falsificadas de muchos tangos que copiaban la carátula original y se vendían a precio más módico. Véanse en este sentido las dos reproducciones (original y falsa) de El Toma Corriente.

Los tangos publicitarios abundaron en la década del 10 y del 20: Muy del jugo Maggi, Kalisay o Lugolina, una de las antas pócimas curalotodo que proliferaron en la época.

En los 20 comienza a descender la calidad de papel y dibujo. Aquí se muestran Callorda, eso sí, de desternillantes letra y El Chacal (¡Gallego lindo!…), donde aparece Ramón Franco cuya hazaña comandando el hidroavión Plus Ultra dio lugar a un increíble número de tangos  (V. https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/04/24/el-vuelo-del-plus-ultra-y-los-tangos-a-el-dedicados/), uno de los cuales hasta fue grabado por Gardel, La gloria del águila. “Intrépido y glorioso”, reza la dedicatoria y, evidentemente, gallego aunque poco gallardo.

Toda decadencia ofrece ocasionales recuperaciones. Véase Milonguita, tan en la estética de los 30. Y para culminar un tango editado en Zaragoza durante el año 1935, el de la muerte de Gardel, y que desmiente a quienes hablan de que el mito del mayor cantante del siglo fue posterior a su vida. El que en una provincia de Iberia se homenajease así a quien pertenecía a un universo tan lejano demuestra la consistencia de su éxito.

Las partituras, un mundo inexplorado y que tiene tanto que ofrecer al estudioso de la música, la microsociología, la estética o la facecia. Aún se encuentran y, sorprendentemente, más baratas que las tarjetas postales. Que no se entere nadie.

 


[1]  Victrola es el nombre que popularmente se le dio al gramófono en la Argentina por metonimia con la firma RCA-Victor fabricante de buen número de estos aparatos. Aparece por ejemplo en A media luz: “un telefón que contesta/una victrola que llora”. La denominación cruzó el Atlántico y llegó a usarse en España.

[2] Evaristo Carriego (Paraná, 1883-Buenos Aires, 1912) cultivó la poesía del suburbio con un tono sentimental a la vez que reivindicativo. Borges le dedicó un conocido estudio.

3] Por razones de espacio, no se muestran aquí todas las partituras que se reproducían en el artículo original.

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