LA JOTA EN LIBERTAD

Publicado: noviembre 16, 2011 en Artículos, Jota

(Publicado en Heraldo de Aragón, 12-X-2011)

 

Alguna vez he contado cómo, hace unos años, hablando con un directivo de la entonces naciente televisión aragonesa, le pregunté si estaba previsto algún programa sobre la jota, cuando yo había contemplado, con estos ojitos que no parecen soles, incluso un festival de canto, con figuras de la jota aragonesa y navarra, transmitido por la tele vasca desde Alfaro, quién sabe si por gusto hacia el género o porque la ribera riojana figurase en el radio de captación política de Euskal Telebista. El caso es que se me contestó: “No es ese el concepto que tenemos de Aragón”.

 Tal vez el hombre, seguramente formado en todos los tópicos de un progresismo que no lo era, no tenía del todo la culpa. Fueron muchos años soportando la absurda monserga de que la jota se identificaba con los valores reaccionarios, por más que fuera evidente que está vinculada con el paupérrimo agro aragonés, tuviera un renacimiento en la II República y se cantara en las trincheras de ambos bandos durante la contienda o que El Pastor de Andorra, María Luisa Lahuerta, Lucía Perié y algún otro hubieran suscitado el entusiasmo y la llantina entre los exiliados de Méjico.

 Mientras otras comunidades blindaban su flamenco –que no es unívocamente andaluz-, su sardana, sus aurreskus o sus chirriantes gaitas galaico-asturianas, la jota en Aragón era institucional y vergonzantemente ocultada, se la recluía en lo más populachero de las fiestas del Pilar o, contra toda lógica, se elegía un himno de la comunidad que no tenía nada que ver con lo que sus gentes sentían y consideraban su único cántico reconocible por todos: la jota aragonesa. Por no hablar de su proscripción del mundo del espectáculo, el convertir la Escuela Municipal de Jota en la de Folclore para quitarle protagonismo o que grandes figuras de la jota muriesen en espeso anonimato.

 Con todo ello, aún algunos consideran que las jotas que exaltan a España son fascistas mientras que las que lo hacen con Aragón, Albalate o Las Tenerías son muy identitarias, es decir, patrióticas. Cosa que, cuando la comprueba un extranjero –sea francés, brasileño o australiano- nunca termina de entender.

Pero, he aquí, como enseña el mito del eterno retorno, a la jota le sucedió lo mismo que a los balnearios, las albarcas, los yo-yos, las aguas minerales, los pantalones de campana, los carnavales o los patinetes. Habían casi desaparecido. Sin embargo, al cabo, volvieron con fuerza, más o menos transformados, pero conservando su aristotélica entidad.

Se ha dicho repetidamente –y es cierto- que algo de responsabilidad tuvo la serie de libro-discos y espectáculos “La jota ayer y hoy”, tan bien recibida; los dos programas televisivos, que hoy nutren la afición jotera, con excelentes réditos para unos y otros; la difusión lograda por las nuevas formas en el canto y en la danza sustentadas por artistas como Carmen París y Miguel Ángel Berna y a mí –que no me importa autoincensiarme- me gustaría pensar que también el librito de la serie CAI-100, que me encargó el maestro Guillermo Fatás y que es donde por primera vez se trata la jota desde otra perspectiva y se escriben algunas de las cosas que ahora estoy estampando.

Pero la responsabilidad principal debe otorgarse a quienes, en los tiempos duros, siguieron manteniendo, cantando, bailando y defendiendo la jota a despecho de las circunstancias. Me refiero, sobre todo, al ámbito rural aragonés de las tres provincias. A los pueblos, hablando en plata. Sus gentes, sus grupos, rondallas y su entorno social siguió teniendo a la jota por bandera y siguió sintiéndola, cantándola, haciéndola transmisora de sus tristezas, de  sus alegrías y, sobre todo, de su forma de entender y afrontar la vida.

No podemos olvidar, sin embargo, a los de adentro y a los de afuera. A los grupos zaragozanos que, rodeados de incomprensión y con bajas cada vez más numerosas, no se desmoralizaron y aguardaron tiempos mejores, a los maestros como Jesús Gracia, Jacinta Bartolomé o María Pilar de las Heras, que conservaron y transmitieron la excelsitud en la interpretación y el bien sentir, lo mismo que sucedió con la escuela oscense. Y, en cuanto a los de afuera, a grupos de las casas regionales, -mención especial al Centro Aragonés de Barcelona y a Puerto de Sagunto- y, todavía con más dificultades, las de allende las fronteras, emocionantes trasuntos de lo aragonés en tierra ignota.

Con todo esto, hoy día la recepción social del género se ha normalizado, incluso se ha prestigiado aunque, como no podía ser de otra manera, queden resistencias y también ¿por qué no decirlo? haya elementos jotistas que merezcan esa resistencia. Luchar contra los tópicos de uno y otro lado, sin caer en la barata descalificación es fundamental. Sabiendo separar el grano de la paja, hay que aceptar lo tradicional y lo innovador: lo religioso, lo patriótico y lo libertario; lo basto y lo cursi y lo que algunos llaman zafio y otros, jotas de bodega. También, poner en el candelero y en el mercado a la jota y aceptar su evolución, como ha hecho el flamenco, y por este camino van las estupendas propuestas creativas de Alberto Gambino. Otra cosa es lo que guste a cada uno. De cualquier manera, no estaría de más no tomarse las cosas muy a la tremenda y echarle el humor que rezuman muchas coplas del género. Humor, expresionismo y autocuestionamiento, que son también rasgos en los que se identifica cualquier aragonés.

En este contexto, el 125 aniversario del Certamen Oficial merece una reflexión. Quiérase o no y con todas sus caídas, veredictos discutibles y falencias, ha sido el acontecimiento que ha vertebrado el mundo jotero durante siglo y cuarto. Aunque muchos que lo merecieran no obtuvieron premios, en su elenco figura la historia de la jota y todos los ganadores han considerado un honor atesorar sus diplomas. Pasar revista a su nomenclatura es tan ilustrativo como emocionante.

Es sencillo definir la jota musicalmente y también se ha escrito con abundancia acerca de su soporte literario fundamental, la copla. Más complejo es expresar su enjundia, difícilmente enunciable, como todo lo que tiene que ver con la sensibilidad y la estética, sin embargo, aun siendo elemental, habría que decir la jota se define por la emoción que suscita en el oyente, casi indisociable de la que debe sentir su intérprete. Esa emoción se conecta con registros relacionados con la memoria y con el subconsciente personal y colectivo. Yo siempre he pensado que, pese a que la documentación de la jota aragonesa no vaya mucho más allá de dos siglos, esa intensidad se remonta a la época prerromana. Si la danza parece tener que ver con los bailes de tarántula, ese canto agraz, violento y dulce, montaraz y, a la vez, íntimo, ha de venir de hondones históricos en relación con la religión de la naturaleza y la vinculación del hombre con el misterio.

Por otro lado, la jota se pliega como nada a los rasgos del carácter aragonés, a su forma de estar en el mundo. Cuando en un cantador o cantadora se juntan la voz, siempre tan importante para el aragonés, y la fineza del estilo, las dos perfecciones logran lo que, no sólo para los nativos sino para todos sus oyentes, ha constituido el principal elemento identificador de Aragón en esos dos últimos siglos a los que aludía.

La jota es arte: música literatura y danza. Pero, si queremos concretarla, son sus figuras quienes la han sostenido. Es posible que sea injusto renunciar a otras voces tan magníficas como las que aquí no se citan pero, si somos justos con la historia de la jota, las voces masculinas que han protagonizado sus distintas épocas serían El Royo del Rabal, Juanito Pardo, Cecilio Navarro, José Oto y Jesús Gracia. En las voces femeninas María Blasco, Pilar Gascón, Pascuala Perié y María Pilar de las Heras. En el baile las cosas son más problemáticas, al carecerse de una documentación tan fehaciente como es el disco respecto al canto pero sería culpable no citar a Francisco Espada y Teresa Salvo, Alfonso Zapater “El Molinero”, Pascuala Sancho, Consuelo Navarro o la saga que inauguró Isabel Zapata.

                                                           Pascuala Perié en Nuez de Ebro

La bibliografía de la jota es pobre. Casi nada, si la comparamos con la del flamenco. Es sorprendente la escasez de información sobre nuestra música popular, que a casi nadie ha interesado. La historia de la jota está en las hemerotecas pero sobre todo en los discos, atesorados por un pequeñísimo número de coleccionistas y desdeñados institucionalmente. Resulta clamoroso que ningún organismo, sea biblioteca, archivo, museo, academia o fonoteca albergue siquiera un centenar de discos anteriores a 1960.

Como ya hace unos años ya escribía, dada la dispersión y rareza de gran parte de ese material y de su fragilidad física, no puede demorarse más el acometer esa recogida de material de archivo. Como ha sucedido con tantos elementos, desdeñados y desaparecidos, del mundo de la cultura popular, dentro de nada, está misión será en gran parte imposible y se habrá perdido un  irrescatable testimonio de nuestro pasado cultural.  A la vez, debe procederse a la catalogación científica de este material y a su registro en soportes modernos para poner a disposición de los ciudadanos e investigadores todo este patrimonio.

Es culpable que no exista un archivo, museo, instituto de la música popular aragonesa o fonoteca, cuya primera labor debería ser recopilar las grabaciones, partituras, cancioneros  y documentos complementarios (catálogos, libretos, bibliografía y hemerografía…) de los aragoneses que hayan interpretado o compuesto música o escrito textos para ella y ponerlos a disposición de ciudadanos y estudiosos, como hace tiempo que se ha hecho en otras comunidades. Cuestiones en las que los gobiernos aragoneses han pensado pero apenas han acometido. El tiempo ya demanda su inacción.

Parece también indispensable acometer la discografía y edición de los grandes cantadores, empezando por los más antiguos. Con la jota nadie se ha hecho rico, lo que no es ningún timbre de gloria, pero debemos a sus creadores el que sus realizaciones no se difuminen en el tiempo. Tenemos, todavía, la mayor parte de su obra recogida en unos pocos discos de pizarra y, todavía más pocos, cilindros de cera, que no deberían aguardar más en recogerse, digitalizarse, archivarse y estudiarse.

Ese grito de libertad, independencia, individualismo y reconocimiento grupal que constituye la jota aragonesa sólo nosotros, si sabemos hacer lo indispensable para resguardar y divulgar documentalmente su historia y dejarla en libertad de evolución, podremos traspasarlo al indescifrable y temeroso futuro.

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