RESEÑA DE “MINUTA DE UN TESTAMENTO. MEMORIAS” DE EDUARDO ARROYO

Publicado: noviembre 9, 2011 en Artículos, Literatura
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                                              ARROYO ¿POR QUÉ NO TE CALLAS?

Eduardo Arroyo, Minuta de un testamento. Memorias, Madrid, Taurus, 2009. 328 pags.

 La primera impresión que queda de la lectura de este texto al que Arroyo llama “Minuta”, -con la táctica de la “verdad-despiste”, a la que es afecto- es la de que sabe perfectamente lo que quiere decir, lo que nos trata de dejar de sí mismo, de dominio de sus medios expresivos. Su coartada es la referencia al libro homónimo de Gumersindo de Azcárate, circunspecto krausista primerizo al que creo que Arroyo se parece como un grillo a una jofaina. Semejante patronazgo intelectual le sirve para decir lo que le da la gana con el trazo literario irónicamente culturalista que él tanto ha utilizado.

 La minuta de don Gumersindo, publicada en 1876, fue, probablemente, el libro menos grato de leer de los que nos recomendara José Carlos Mainer en la asignatura “Estética e ideología en la literatura española del siglo XX”, que impartía en la Universidad de Barcelona en la década de los setenta. Casi nada sabíamos aquellos inquietos estudiantes y fervorosos lectores acerca de lo que era el krausismo y el tal Gumersindo -medio cura progre, medio cura protestante que se la cogía con papel de fumar- no contribuía a hacerlo cercano. Tuvimos que aprender un poco más para saber lo que significaban aquellos “santos laicos” en el decurso de las Españas aunque nos fascinase más la incumplida promesa de la I República, cuyas estupendas proclamas en la Gaceta de Madrid provocaban esa elegiaca sensación del país que pudo haber sido y no fue, de la “pérdida del reino que estuvo para mí”, que enunció Rubén Darío en uno de sus escalofriantes nocturnos de Cantos de vida y esperanza.

 Arroyo se ha apoyado en este Azcárate, “contrapariente” lejano, más para hacer un recorrido a través de sus obsesiones, fobias, amores, resentimientos y pasiones, que para repasar su propia vida, la función que normalmente se atribuye a las memorias. Libro, pues, miscelaneico en el que importan más las observaciones, comentarios y agudezas que los elementos biográficos. Sin que esto quiera decir que a Eduardo Arroyo no le gane a menudo el gusto por explicarse. Él ha sido siempre un vividor apasionado pero escéptico que, en esta vuelta de la vida, conserva la capacidad de juicio para rastrear cuán débiles eran muchas de las razones-convicciones que nos movieron. Antifranquista, exiliado, comunista ¿para esto? parece preguntarse. Lo único que conserva su sentido es la buena pintura, los buenos libros, los buenos amigos, los placeres de la vida, el gusto por decir lo que se piensa y, si molesta, buena señal.

 Todo ello lo enmarca el autor en estilo un sí es no agresivo, sin llegar a ser pugnaz, donde es verdad que se puede confundir la ausencia de hipocresía con la soberbia. Es cierto que, para hablar de personajes públicos recrecidos institucionalmente en su estulticia, como Carmen Calvo o Rosa Regás, no viene mal una dosis de chulería.

 Volviendo a esta minuta, si se caracteriza por algo, es por su variedad y densidad. Denso pero ameno, conjunción adversativa que no debería de serlo. Y, sin embargo, estructuralistas, marxistas y toda aquella patulea nos machacó tanto con densidades vacías, con mazacotes enemigos de la sintaxis y de la vida, que todavía hay que proferir este tipo de advertencias. En Minuta de un testamento lo mismo se habla de la muerte, que de las emanaciones de los libros y la longevidad de los libreros. De Lenin y los ruiseñores, que del entierro de Jenarín; de escenografía, que de boxeadores o la Cuba castrista; de cómo pintar, de cómo beber, de Juan José Saer, Benjamín Jarnés, Adela Carbone, Marañón, Jorge Semprún, Gilles Ayllaud o Jacinto Benavente. Lástima, por cierto, la ausencia de índice onomástico, tan útil para aquellos que no nos conformamos con disfrutar leyendo sino que somos tan pesados que queremos hacer de cada libro un ejercicio de documentación y un monumento de memoria.

 Cuando termina la lectura de un texto, frecuentemente acomete al lector la pulsión de inquirir al autor: “¿Por qué arroyo-eduardo_tirarse-los-muebles-a-la-cabezaescribiste eso?”. Claro, eso no suele darse en los libros buenos aunque estos sean, precisamente, los que más preguntas nos susciten. Y, en el caso de Arroyo, no suele ser necesaria la pregunta. El designio está bastante claro. Y no es otra cosa que la defensa de la libertad del individuo. Parece, pues, que tuviéramos que volver a la época romántica o a las chatas frases del tipo: “¡Qué tiempos estos en los que hay que defender lo evidente!” Pero así es. Su diagnóstico sobre la roma, miedosa y lábil realidad española/europea no puede ser más certero y deprimente. Escuchemos sus argumentos: 

 “Cuando era un joven pintor, recuerdo haber sido libre, pobre pero libre. Hoy el miedo, la autocensura, la subvención, la presencia constante de burócratas culturales, de servidores del estado interviniendo por todas partes, nos cortan y nos coartan. Sentimos la presencia de este ejército, cada vez más abundante; su aliento nos sigue a todas partes, resollando tras nuestras orejas. Cómo no evocar la presencia, a lo largo de nuestra infancia, del que vigilaba nuestros palotes y nuestra ortografía por encima del hombro. Nunca el artista ha sido menos libre que ahora. Muchos dirán que no es así, pero así es”.

 Todo esto lo dice un hombre de éxito intelectual y social evidente, mimado por los políticos, admirado por los comunicadores –esa caterva nefasta que junto a los anteriores son el cáncer de nuestro tiempo-, buscado por el pijerío, exaltado por los intelectuales de fuste… Sin embargo, la pregunta del artista metido a memorioso es esta: “¿Cómo defenderse ante el atropello constante, ante el acoso político bien pensante disfrazado de pseudo-progresismo?”

 Efectivamente, la libertad individual cada vez es más difícil. No han sido los demás, como decía el viejo adagio, aquel que nos enseñaba que nuestra libertad terminaba donde empezaba la del otro, sino los dicterios de un poder que nos guía sobre como tenemos que hablar, cómo actuar y ser empáticos, cómo tenemos que referirnos a los otros, cómo cuidarnos a nosotros mismos, cómo ser modelos de civilidad… Nos advierte de que no podemos juzgar a los demás mientras su televisión está repleta de esa bazofia donde se juzgan con cruel perversidad y estrépito, las entradas y salidas del más insignificante de nuestros contemporáneos. 

 Tal vez, por todo ello, este libro no ha tenido el eco, que suelen suscitar las creaciones de Eduardo Arroyo, un disidente tradicionalmente bien considerado por el poder, como se ha visto. En Minuta de un testamento vuelve a decirles lo que piensa con tanta claridad como en muchas de sus pinturas. Pero hace tiempo que, en el actual juego social, la transgresión es un aditamento inofensivo del arte plástico. En cambio, todavía hay palabras que suscitan querellas, agresiones y berrinches. Y no digamos las de un testamento que, aunque sean en minuta, pueden y suelen hacer llorar. Por más que algunos nos hayamos reído y compartido con el autor lo que es una de sus más claras señas de identidad: la joie de vivre.

(Publicado en literaturas.com, octubre 2009)

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