LOS RETRATOS Y LA MEMORIA DE “LA CHICA DEL 17”

Publicado: julio 30, 2011 en Cuplé, Prólogos
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Prólogo a Puro plata (Fotografías de Denis García), Paris, GLC éditions, 2010, pp. 2-9.

De ser un lugar marginal, refugio de crápulas y de la mala vida que, por poner demasiado de relieve los aspectos más evidentes de la misma, se ocultaba, el Plata pasó a ser emblema de una forma de estar en el mundo y de un tiempo idos, que supervivió con la connivencia de una clientela que sabía que asistía a los últimos estertores de un género, mientras la última generación de auténticos clientes iba desapareciendo físicamente pero también desplazada por el tractor, la televisión, la vida urbana y, sobre todo, una sexualidad más libre. A esta última etapa, antes de su cierre en 1991, corresponden las fotos de Denis García que apareció por el Plata en 1982 y volvería al año siguiente.

En más de una ocasión he contado que el Plata se fundó en 1920 con el nombre de Cabaret Aragonés y a nombre de un tal Vicente Ochoa, también propietario del Casino de Tudela. Local lujoso, con sala de juego y restaurante provisto de cristalerías, arañas en el techo y camareros de librea, en los años treinta decayó su fortuna y fue vendido a Alberto Pinto, quien estableció la llamada Academia de Baile Pinto –London Style- que, en febrero de 1937 lo traspasó a otra empresa que cambió su nombre por el de Conga Dancing para convertirlo en un baile-taxi, en el que se compraban tickets para sacar a la pista a alguna de las cuarenta tanguistas disponibles. Durante la guerra, los numerosos soldados destinados o de paso en Zaragoza le proporcionaron ese tono extremadamente popular que ya siempre mantuvo y dieron lugar a que en el establecimiento se alternara el baile con la prostitución pura y dura, lo que fue una de sus señas de identidad en la década de los cuarenta y primera parte de los cincuenta hasta que el gobierno de Franco prohibiese nominalmente la prostitución, aunque lo que se suprimiera fuera la tan veterana institución de la casa de putas.

El Bar Café Cantante Plata, ya con ese nombre, sufrió los embates de los censores, que lo cerraron en 1942 hasta que los hermanos Trallero lo reabrieron y el local fue adquiriendo el carácter que hemos conocido. Se asoció con ellos el también oscense Ricardo Val que, finalmente, se quedó con el negocio. Muerto repentinamente en 1947, su viuda negoció con los cinco camareros de plantilla el traspaso. Desde entonces, hasta el cierre del negocio en 1991, estos se convirtieron -junto a los músicos y las vedettes, Mary de Lis, Mayra y Marga- en el alma del local.

Denis García había nacido en 1954, de madre zaragozana y padre conquense. Con un solo año de vida, nuestro fotógrafo acompañó a sus padres hacia América del Sur, sin que lograran fortuna e, inmediatamente, a Francia donde se instaló la familia. A partir de 1968 volvieron todos los años a Zaragoza y Denis fue fascinándose por una ciudad, entonces tan lejana, social y cívicamente, a sus predios franceses. Fue un primo quien le descubrió el Plata pero su edad les vedó la entrada, con lo que el emigrado fue mitificando el lugar que consideraba un escenario, entre fantasmagórico y prohibido, donde se congregaban todos los instintos humanos. A los dieciocho años se hizo con su primera cámara fotográfica y la pasión por captar el espíritu del instante fue convirtiéndose en su auténtica vocación pero aún pasaron unos cuantos años hasta que decidiera llevar su cámara al viejo café-cantante.

En los años ochenta, la transición había dejado paso a la “movida” y la transgresión dejaba de serlo para convertirse en una actividad social. Alguien venido de la tierra que secularmente había significado para el español la liberación, la satisfacción de los instintos, el libertinaje… encontraba aquí, en cambio, un lanzado pansexualismo, eso sí, con todos los elementos exóticos y costumbristas que, tradicionalmente, arrastraba lo español. De ello se propuso dar cuenta en sus fotografías e, incluso, hoy, a los casi treinta años de su realización, las vemos como un testimonio lejano y cercano a la vez, como un documento bien reconocible pero tan distante de nosotros como lo está aquel espectáculo del que hoy se da en el remozado Plata.

En las fotografías aparecen tres Platas, el del público, el de las artistas y el más cotidiano y continuo, el de los camareros: Ese público de adictos, con un ambiente de medio pelo, casi de casa de pensión pobre, en el que unos pocos expresan su excitación o entusiasmo y los más asisten resignados a una edad resignada. Difícil es que las fotografías den cuenta de las intervenciones de los espontáneos, que constituían lo más sabroso de las variedades hasta estos años en que estaban dando sus últimos coletazos. Eran estos los más desinhibidos o los más bebidos y, frecuentemente, poseían una gracia popular que también hoy ha desaparecido de nuestro pueblo llano. Las artistas no solían llamarlos a escena sino que preferían a los tímidos y cachazudos, a los más cortos y pueblerinos que desataban más fácilmente esa hilaridad del público ante aquel al que han puesto en un brete. Hilaridad temerosa y agradecida, por no haber sido ellos los elegidos.

Entre el público habitual del Plata hubo auténticos personajes populares, con esa personalidad que daba la vida difícil y que hoy es ya, para bien y para mal, tan poco habitual encontrar. Uno de los más conocidos fue Valero que, pese a su deficiencia física, se jactaba de haber acudido todos los días de su vida al café, desde que a los ocho años su padre lo bajara a diario desde Torrero. En la chaqueta llevaba, a modo de escarapela, un posavasos plastificado del local.

Las artistas son el elemento más alegre del conjunto porque así era en la realidad ya que era sorprendente cotejar la alegría que comunicaban las vedettes con la profusa tristeza que emanaba del batería, del pianista o del saxo, hombres que cumplían su función como autómatas y anunciaban las actuaciones con un tonillo cansino y deslavazado que no se me olvidará. Apenas los vemos en estas fotografías pero sí vemos a las artistas con desnudos totales, que también figuraban en la exposición que con estas mismas fotografías se celebró en el actual local del Plata en 2009. Esos sexos velludos en primer plano llamaban hoy tanto o más la atención que en 1983, donde ya nos los tomábamos un poco a beneficio de inventario. Tiempo, pues, en que las camareros ya no tenían que accionar con un botón desde la barra la famosa lamparilla que se encendía en los camerinos para avisar de que entraba en el local algún elemento con tareas censorias o policiales. Seguía, sí, el mismo escenario, que en 1951 había pintado Ortega y donde a las vedettes altas de estatura, como Tania Doris, había que seguir recortándoles los tacones para que no se dieran con la bombilla del escenario en la cabeza.

El mundo de los camareros, como se dijo, respira en estas fotografías cotidianeidad, resignación y hasta aburrimiento. No podía ser de otra manera. Es la otra cara del espectáculo, el lado gris necesario para que exista la luz.

Todos estos elementos, que podríamos llamar, para entendernos, sociológicos, aunque la palabra ande tan desgastada, son los que privilegia Denis en sus fotografías. Con ellas –son sus palabras- quiere devolver a los zaragozanos el testimonio de un momento de su vida social; algo que les pertenece pero que ellos le permitieron descubrir. Con sus protagonistas, sus escenarios y sus contextos reconstruimos su tiempo, recordamos su espacio, entendemos mejor su mundo, el mundo.

Si algo se echa en falta en estas fotografías es el acompañamiento musical. Porque el Plata era también y, a veces, sobre todo música. Lástima no tener alguna grabación que diera constancia de lo que se tocaba y cantaba en el local. Aunque, quién sabe, quizá, alguna vez aparezca alguna cinta que un improbable curioso o coleccionista grabara con magnetófono o casete de cinta. Fuera como fuese, el motivo principal de esa cinta sería “La chica del 17”, el pasodoble-cuplé que la zaragozana Mercedes Serós editara en una de las primeras grabaciones eléctricas hechas en España para el sello Gramófono en 1926.

Parece que sus letristas se inspiraron en una persona real, una tal Elvira, habitante de la madrileña plazuela del Tribulete, en pleno barrio de Lavapiés, que aún vivía en 1978. Esa referencia a calles reales no era extraña en la música popular de entonces, ahí tenemos el cuplé “Colón 34” o el famosísimo tango “A media luz”, con su “Corrientes, 348, segundo piso, ascensor…” La pegadiza música de “La chica del 17”, debida al violinista Durán Vila, traspasó fronteras, pues, la también zaragozana Elvira de Amaya la llevó a Buenos Aires, donde fue grabada nada menos que por Libertad Lamarque, en un disco RCA-Victor (1929), y Francisco Canaro, en un disco Nacional (1930). Fuera cual fuera su trayectoria, “La chica del 17” reapareció en un día indeterminado y se constituyó en el himno del Plata y así se lo reconoce cuando, en las celebraciones conmemorativas de la antigua etapa, aparecen sobre el escenario del nuevo Plata las jóvenes-viejas, entrañables y magníficas glorias, llámense Marga, Mayra, Corita Viamonte o Mary de Lis.

Las fotografías de Denis no dejan de ser un himno agridulce a un tiempo próximo -tiempo feliz en que no existía la censura ni lo políticamente correcto que no es sino otra forma de censura con la que, además, se anatemiza socialmente al transgresor- tiempo que se ha ido aunque, venturosamente, todavía vivan muchos de quienes lo protagonizaron. Con las fotos de Denis tenemos oportunidad de revivirlo.

“La chica del 17” por Mercedes Serós: http://www.youtube.com/watch?v=OQpr598U2QE

Más sobre el Plata:https://javierbarreiro.wordpress.com/2011/07/22/eslabones-perdidos-memoria-del-oasis-y-del-plata/

elvira-de-amaya-partitura-la-chica-del-17

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