JOSÉ VERÓN: El VIENTO Y LA PALABRA. UNA TOPOGRAFÍA DE LA SOLEDAD

Publicado: julio 28, 2011 en Literatura, Prólogos
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Prólogo a José Verón Gormaz, El viento y la palabra, Calatayud, Centro de Estudios Bilbilitanos-Institución Fernando el Católico, 2010.

No hay presencia humana en este libro arrasador y de subyugante limpidez expresiva. Ni siquiera espectros o fantasmas, como en otros poemarios del autor. En todo caso “desesperadas voces hermanas de la niebla” en el “Canto para unos niños muertos>”, que casi cierra el libro. El universo que habitan los poemas de Verón sería casi exclusivamente metafísico si no fuera por la presencia de los elementos primordiales y su fascinación por los escenarios. Que, aquí, son solo eso: escenarios horros de escenografía: calles desnudas, eriales barridos por el viento, horizontes solitarios, muros siempre presididos por la noche y el silencio. En efecto, este mundo solitario y silente, donde los humanos no comparecen, recuerda ciertos ambientes de pintores vinculados al surrealismo, como pudieran ser de Chirico o Delvaux pero, dado que en estos hay todavía figuras humanas aunque sean estáticas y más próximas al maniquí que al hálito vital, quizá sean las atmósferas de Yves Tanguy las más afines a los universos veronianos.

Cercano, como no podía ser de otra manera, a las dicotomías integradoras de todo pensamiento, El viento y la palabra, está manifiestamente presidido y enmarcado por el silencio. Comparece como la primera palabra con contenido léxico del poemario: “El silencio remoto de los cielos” y lo culmina, en su último verso, de forma rotunda, augural y apodíctica: “y se entrega al silencio para siempre”. Incluso la postrera cita gongorina que cierra el libro no puede ser más explicita: “Muda la admiración, habla callando”. Entre todo ello, el campo semántico del silencio es el más numeroso del libro con veintitrés menciones, tan sólo de la palabra matriz. No me llevará esta evidencia a divagar sobre las poéticas que han protagonizado el roto y cansino reptar de la poesía española en los últimos decenios. No creo que las prácticas y doctrinas del vate bilbilitano vayan por ahí ni que se le dé un ardite de tales entelequias. Su poética está basada en la decantación de las sensaciones, filtrada por muchos años de tanteos poéticos, en los que junto a obras granadas, a veces, se dejó llevar por el afán de publicar, siempre con dignidad, pero es posible que, en la distancia, él mismo sienta que hubiera sido aconsejable intensificar la significación y prescindir del magma.

Junto al silencio, el viento y la palabra invocados en el título y -¿cómo no?- la luz y la sombra, símbolos primordiales en los que se asienta la percepción poética, los ejes léxicos sobre los que gira este poemario son la soledad, la noche y el misterio. Todo ello nos habla de un régimen nocturno de la conciencia, que asiste a la indiferencia, a la matizada desolación o incluso a la belleza del entorno sin aspavientos, contraponiendo la intensidad de la mirada a la frialdad del universo, desdeñosa con el observador. Sin embargo, no es un yo potente el que refulge en estas líneas sino una voz profunda que se inserta en el tiempo y en la que la inteligencia fluye de forma tan natural que apenas la percibimos. Podemos inferir el desvalimiento de esa voz, la insistencia en la aludida soledad: “Nadie llama a mi puerta”; “Lenta vuelve la sombra de la perpetua soledad”… pero, sobre todo, una melancólica y desgajada serenidad, como la de quien, consciente del inexorable paso del tiempo, lo detiene para fijarlo, en un una fotografía, en un poema, en unas voces, que a veces se confunden como se confunde el camino de la vida: no hay camino, el canto es el camino (Canto del adolescente). Lo expresa el poeta de forma insuperable en “Versos del observatorio”:

La soledad me intenta convencer
de la insistente lentitud del tiempo,
y yo, viajero inmóvil,
he caído en la trampa.

El viento y la palabra se sustenta en una gran economía de elementos. Su intensidad está lograda a través de la desnudez, de la pureza de sus referentes, de la proscripción del exordio y de cualquier tono divagatorio. Para ello se sirve de un lenguaje sencillo, basado en las oraciones simples, en las construcciones o enumeraciones bimembres o trimembres y en una simplicidad sintáctica, que, como en el caso de San Juan de la Cruz, no excluye la originalidad. En su léxico, abstracto y preciso a la vez, además de los aludidos elementos primordiales, predomina lo nominal, que privilegia la concentración del sentido y la superposición de los planos de la esencialidad hasta dar cuenta de la ambigüedad y el misterio. Son muy abundantes los versos en que apenas encontramos elementos extranominales:
“En las alturas, como jinetes húmedos, / las trompetas solemnes, los timbales, / la luz de los violines, / el coro de las ánimas”.
“La nieve entre mis manos, desvela los secretos /del tiempo y de la vida cambiantes bajo el frío”.
“Desde la orilla de la primavera/ los órdenes angélicos son nubes bajo el cielo, / nimbos de espuma que entregan sus encantos / al porvenir de la disolución.
O en versos ya absoluta y exclusivamente nominales como: “cruza un viento con alma de ceniza”
Pese a la intensidad y concentración que lo nominal conlleva, el poeta consigue un estilo alado y finísimo, a través de la brevedad de los poemas que, a veces, se adelgazan hasta constituir un mero apunte, como sucede en la bella comparación de los dos únicos versos que contiene Otras voces de otoño

Como un animal de luz ensimismada,
el atardecer se arrastra por las calles.

Pero, digámoslo ya, El viento y la palabra es el más alto de los quince libros poéticos publicados de José Verón y uno de los más intensos de la poesía aragonesa de los últimos años. Su pureza expresiva, su proscripción de todo magma extrapoético y la serena desolación que transmite se sustentan en poemas cortos en los que no falta el metro clásico, como sucede con los cromáticos alejandrinos de “Paisaje invernal”. La contención espiritual no impide los hallazgos léxicos dentro de ese lenguaje sencillo y casi elemental que impregna versos como los de El jardín transparente

¡Oh amargo sol, oh falsa claridad!
El color de las horas se diluye en la niebla
de un perezoso caos de días huecos.

Y, de vez en cuando, la cauterizada personificación: “más sincera la bruma”, “el sol pinta la nada en las paredes”; la blanda incertidumbre de las sensaciones. “¡Qué pausado fluir del tiempo ausente!”; el símil exacto: “vibra el tiempo en la luz de los instantes / como en la cuerda recién abandonada por el ave”. Y toda la melancolía deparada por el tiempo, un tiempo no sucesivo, sino, a la manera de Elliot, que compone la sustancia de la vida y se encuentra con la palabra que lo fija o le da escape

En el tiempo se ahoga una palabra
que pudo ser hermosa y decisiva,
y es ahora un triste signo sinuoso
que interroga al vacío de la noche.

El poemario está estructurado en tres partes: “El tiempo y el camino”, “El viento y la palabra”, que le da el título general y “La música y el aire” pero, salvo el pretexto temático musical de esta última sección, tan caro al autor, una profunda unidad recorre todos sus versos. El tiempo, la palabra, la música -que no es otra cosa sino tiempo- y, al fin, todo, se resuelve en la unidad fundamental: “El tiempo, alguna vez, es todo el tiempo”.

Sin embargo, como los extremos han de fundirse, el pájaro de fuego sopla en el oído del autor, su aire, sus palabras, su silencio, para asegurarle: “Los versos que ahora lees son el otro”.

 

Acerca de Epigramas del último naufragio, puede verse:  https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/05/12/6887/

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