ENTREVISTA CON MANUEL ALVAR

Publicado: julio 26, 2011 en Entrevistas, Literatura

Publicada en Trébede nº 55, septiembre 2001, pp. 85-89.

La muerte de Manuel Alvar, del que admiré tanto su galana escritura como su inmensa obra erudita, me hizo recordar que hace dieciséis años le había entrevistado y, por causas que no recuerdo, aquella charla no salió nunca de la cinta grabada. Di en buscarla y la suerte dio en que apareciera, aun con sonido más bien rasposo. En 1985 Alvar aún no había sido nombrado presidente de la Real Academia, puesto que ocupó entre 1988 y 1991, pero ya tenía a sus lomos una obra inmensa que las necrologías se han encargado de reavivar. Lo recuerdo como un hombre extremadamente sensato que, a veces, parecía querer controlar una indignación a punto de arrollar ignorantes. Y la controlaba. Llevaba fama de serio, pero mediada nuestra charla apareció de pronto (debíamos andar por alguna de las dependencias del Palacio Provincial) Ángel Canellas, uno de los mejores oradores que me ha sido dado escuchar. Entre los tres surgió una conversación propia de cine mudo -si vale el oxímoron- o del dadaísmo más desaforado que, al recordarla escuchando la grabación, me ha demostrado como pueden surgir pautas de comunicación entre personas del más distinto pelaje. Sólo, que la índole de los temas no aconseja reproducirla en un medio de comunicación. Se fue Canellas y continuamos con los temas serios.

-Leí hace tiempo en La estafeta literaria una narración preciosa, “Aguadores, 20”, sobre la calle en que se desarrolló su niñez *.

-Era sobre todo un acto de amor a Zaragoza, una ciudad que ha cambiado para mal, mucho más de lo que han cambiado otras. No me reconozco en mi ciudad. Me levanto todas las mañanas muy temprano, voy a pasear cuando apenas hay gente… grandes caminatas por la Zaragoza vieja, donde viví siempre, vivió mi madre y vive mi hermana, y uno se encuentra sin circunstancia, desgajado… Sin embargo, los que nos hemos tenido que marchar creo que somos los que hemos mantenido las raíces de aquella Zaragoza de cuando yo iba a la escuela en la plaza de la Victoria y nos decían que tenía 160.000 habitantes. Hoy pasa de los 600.000. Esta mañana, por ejemplo, he vivido estos recuerdos que usted me evoca. Serían las ocho y al ver a los niños ir al colegio pensaba ¿cuántos de ellos sabran lo que es el Arco Cinegio, la Puerta de Sancho, la Puerta del Ángel…? Son historias que nosotros llegamos a conocer. Era la pequeña ciudad en la que la gente vivía identificada con su paisaje. Esos niños, ¿tendrán raíces o será todo hojarasca? Es cierto que pueden decirnos que resulta regresivo añorar una ciudad rural. Por la ribera, todo eran cuadras de ganado caballar y mular, era un espectáculo ver aquellos animales que tenían los tratantes y desaparecieron de pronto. Eran cosas, como el trillo, que venía del Neolítico, los carros, los yugos… Miro al otro lado del río, donde nosotros íbamos a jugar a los árboles, y veo macizos informes, despersonificados. Y en cuanto a los grandes edificios que subsisten, a muchos las restauraciones los han convertido en pastiches de sí mismos.

-Santiago Lorén evoca cosas muy parecidas en un libro que creo que es de lo mejor que tiene, Memoria parcial.

-No lo he leído pero, si es así, le prometo que lo voy a hacer aunque me dé tristeza. Frente a mi casa había una tienda llamada “La Agostera” en la que todas las mañanas entraban carros, la gente hablaba de una forma completamente rural. El gancho de mi parroquia no deja de ser otra cosa que la hoz de segar… Lo divertido que era para nosotros ir a ver herrar las caballerías… Veías en la calle ordeñar la leche de las cabras que las mujeres compraban allí mismo; en la ribera, los pescadores de caña, los merenderos, las mujeres gritando: “¡Barbos y madrillicas vivas!” En fin, yo jugaba al fútbol en la calle de las Armas y en la calle de San Blas…

-No me extrañaría que se jugara todavía, dadas las peculiaridades de la zona, pero hábleme de aquella lengua coloquial, hoy tan en desbandada.

-Evidentemente, gran parte de aquellos aragonesismos se están perdiendo y además no han sido recogidos por una literatura regional de cierta altura que guarde memoria de ellos. Pero esta renovación de vocabulario ocurre en Granada o en Madrid, debido a la nivelación impuesta por los medios de comunicación, que nos golpean y a todos nos unifican. Al fin, esos aragonesismos eran un residuo fosilizado, que ha acabado por desaparecer porque han dejado de ser útiles para la expresión actual. La unificación total del vocabulario y la de costumbres parece irreversible por la elevación de la situación económica y por la desruralización, que implicaba aislamiento y, por tanto, arcaísmos.

-Pero ¿no hay palabras, que son voluntariamente arrumbadas por estratos medios y cultos a los que parece de mal gusto decir “socarrar”, “pijaíto” o “arguellao”, cuando pueden sustituir ventajosamente a sus sinónimos y además aportan una especie de personalidad propia al habla?

-Es posible, pero de cualquier manera, no nos podemos quejar demasiado porque aquí las cosas todavía no se han despersonalizado tanto como en otros países de nuestro entorno, que se dice ahora. Recuerdo que hace unos años mi hijo pequeño, Gonzalo, iba contando chistes y venía con nosotros Maxime Chevalier, el gran folclorista de la Universidad de Burdeos. Estaba atónito porque veía que eran chascarrillos que aparecían ya en las colecciones de los siglos XVI o XVII. En Francia se perdió esto, porque se desruralizó antes.

-Realmente, cuando entró la calefacción en las casas, la gente dejó de juntarse en los cafés, donde se estaba mejor, o en la cocina, al calor del fuego, y empezó a dejar de hablar, por lo menos de conversar en grupo. Luego lo remató la televisión. Aunque no hay mal que por bien no venga.

-Así es, y no es posible tener nostalgia de la incomodidad y la pobreza, aunque los hay que la tienen, pero suele ser por cuestiones medio religiosas, como esas iglesias protestantes que proscriben el progreso y no sé si algunos movimientos post-hippies o dentro del ecologismo albergan también alguna pulsión religiosa.

-Usted, por cierto, ha ido publicando unas estupendas memorias sobre su trabajo de campo como dialectólogo, creo que también en La Estafeta, y que ahora acaban de ser editadas en volumen. Al leerlas por entregas, yo sentía envidia de poder realizar esa labor en unas condiciones que ya han desaparecido para siempre. Se lo pasaría muy bien, aunque me imagino que también tendría acceso a chinches y otras peculiaridades por las que fueron famosas las posadas españolas.

-De todo había, pero era un sacrificio de otro tipo. Yo cuento más bien las cosas idílicas porque son unas memorias más o menos poetizadas. Cuando las leyó Eugenio Asensio me dijo que es el libro que le hubiera gustado escribir pero no vivir.

-Usted recibió el Premio Nacional de Literatura por su libro sobre la literatura de Aragón . Antes hablaba de la escasa altura de la literatura regional. Son cuestiones que ahora se suelen tratar con apasionamiento y a las que se dan enfoques ideológicos…

-Cuando hago crítica o historia literaria no cuentan para mí los planteamientos ideológicos, tampoco se me puede acusar de elitismo porque soy proletario de origen y toda mi vida la he dedicado a estudiar las hablas populares de las gentes que no tienen historia: en Aragón, en Navarra, en Argentina, en Andalucía y en Canarias. En este país he sido yo quien ha inventado la dialectología de campo y la he hecho durante treinta y cinco años. Yo he estudiado esa literatura regional aragonesa y la he comparado con la de otras regiones. No con la catalana, que es una literatura de carácter nacional como sería la provenzal, sino con las subsidiarias de los dialectos españoles. Si la comparamos con una gran literatura regional como la salmantina no es comparable ni remotamente. Ni con la asturiana, en densidad, en variedad, en riqueza. ¿hay alguien comparable en nuestra literatura dialectal a un José María Gabriel y Galán? Aquí sí que entran valoraciones ideológicas cuando se juzga, independientemente de que la lengua que usen sea falsa. Yo preguntaría ¿esos escritores aragoneses han sido gentes que han renovado o que al menos han estado al tanto de la revolución de la poesía a finales del siglo XIX? Cuando yo dije esto, hubo aquí quien me insultó, cuando yo no pronuncié una sola palabra que fuese de desdén ni de desprecio o desconsideración. Me limitaba a comprobar un hecho. Nosotros no tenemos la literatura regional que tienen en Salamanca. Y en Salamanca no hay un Sender ni un Jarnés. Alguien salió a defenderme porque se dijo que yo lo ignoraba todo, que yo no era aragonés, que no sabía nada de Aragón, que yo no había hecho nada sobre Aragón… Salió a defenderme Blecua, el año cincuenta y tantos. Y el otro, que era un médico, contestó que si él me había insultado a mí, yo había insultado a Sixto Celorrio. Pero hay cosas salvables, útiles y buenas. Cosas importantes, por ejemplo, un Pedro Saputo, un Mor de Fuentes, pero no tanto en lo que tienen de utilización de unas formas dialectales sino en lo que tienen de expresión de una conciencia o de un espíritu regional.

-Sin embargo, hay gentes que se reconocen en ese lenguaje.

-También se reconocen en Nobleza baturra o en Gigantes y cabezudos. Es una superestructura añadida, hecha de tarecea. Se identifican con los pliegos de cordel o “La fiera corrupia”. Yo no lo encuentro detestable, pero hay otras cosas más auténticamente nuestras. “El punchacico” será todo lo aragonés que se quiera pero también lo son Viviana y Merlín o El libro de Ester.

-Ha nombrado al Saputo y ahí sí que parece que se me sublevan los sentimientos patrióticos o patrioteros. Parece que sólo ahora se ha empezado a leerlo. Yo tengo amigos extranjeros que lo consideran una obra genial.

-El Saputo se editó varias veces. ¿Pero quién lee aquí? Pregúntele a Pepe Alcrudo, a Pisa… A aquél no quise ni cobrarle por el libro que me editó. Valbuena señala al Pedro Saputo como la última gran novela picaresca de nuestra literatura. Yo no creo que sea picaresca. Tiene un éxito, lógico entre lectores franceses, y no me extraña lo de sus amigos, porque yo diría que el Pedro Saputo tiene un aire poco aragonés. Es decir, la trama es la técnica de las fabliaux francesas, incluso, es irreverente, anticlerical, adobado con cosas que son folklóricas: muchos cuentos tradicionales…, luego le añade el dialecto aragonés… Yo le preguntaría a usted si la historia del tejedor de Almudévar o del pleito al sol son auténticas de la zona en que las sitúa. Él, que no era de allí, coloca unas historias y remeda un habla. ¿Qué es lo que remedaba el habla de aquellas gentes o su propia habla, con dialectalismo? ¿Hasta donde era auténtico, incluso lo que él hacía cuando daba con fragmentos auténticos? En el siglo XVII Ana Abarca de Bolea ¿escribía el habla de la sierra de Casbas o estaba falseando, como era moda, como hacían Juan del Encina o Lucas Fernández, un determinado dialecto de carácter rural, rústico, pastoril?

-En arte no siempre sale lo que uno pretende.

-Él hizo una obra liberal, de estructura muy francesa pero con la que quería dar testimonio de su propio sentir, de su propia región, de su propia forma de ver las cosas. Para dar un sentido más auténticamente real al relato, pone esos dos cuentecillos en dialecto.

-No desdeñemos el tópico ¿se habla mejor aquí o en Valladolid?

-Es complicado decir “somos los mejores”, y más en cuestiones lingüísticas, siempre tan difíciles. Pero los de Valladolid hablan peor que nosotros. Aquí se habla un español francamente bueno. La fonética es la mejor fonética. Tenemos nuestras oposiciones fonéticas según las normas más rígidas, tenemos nuestras eses finales, nuestras jotas y, en el uso de los pronombres, creo que vamos bastante mejor que los de Valladolid que dicen “la conté un cuento” o “lo pegó una bofetada”. Por eso yo creo que el autor del Quijote apócrifo nunca pudo ser aragonés, porque no sabe usar los pronombres, los confunde, como los confunden en Valladolid, mientras nosotros los sabemos usar perfectamente; las consonantes finales también las pronunciamos mejor… En cuanto a la entonación, habría que ver si se matizan las cosas de la manera que se debería, si las entonaciones ascendentes, dan una sensación de pregunta… esto ya es más discutible. Y en cuanto al vocabulario, creo que es tan lícito el de un sitio como el de otro. El aragonés es un buen castellano y si he podido ser profesor en muchos sitios, fuera de España, se lo debo a la forma en que habla la gente de Zaragoza, que es la que más o menos tengo. Pero soy dialectólogo y creo que cada uno debe comunicarse con el propio instrumento, que es el que tiene…

-Hay académicos, como usted o Zamora Vicente, que escriben una excelente prosa de creación, pero la crítica, al menos la de prensa periódica, no parece hacerles mucho caso.

-Ya sabe usted que aquí no se acepta que alguien pueda hacer dos cosas y hacerlas bien.

-¿Hay una especie de temor o de pudor por parte del erudito a la hora de expresarse en la literatura de imaginación?

-Lo que hay es falta de tiempo. Usted se fijará en que en mi libro alternan unos cuentos más largos y otros más cortos. Los cortos ocupan lo que a un talgo le cuesta ir de Madrid a Zaragoza, o al revés, y los más largos lo que le cuesta a un avión ir de Madrid a Nueva York, o al revés. Cuando uno está tranquilo, en su casa o en el despacho, tiene que trabajar en las cosas para las que la sociedad le paga.

-¿A cuántas cosas debe renunciar un especialista o erudito para serlo?

-A la tranquilidad, la paz y el sosiego.

-No me lo imaginaba tan duro, creo que voy a desistir. Por cierto, usted fue uno de los que sacralizó la existencia de una Escuela de Filología Aragonesa.

-La primera tesis que se hizo sobre hablas aragonesas fue la mía. El primer libro que se hizo sobre el dialecto antiguo fue el que escribí sobre doña Ana Abarca de Bolea. Desde entonces muchas cosas han llovido, pero no fue más que la suerte de encontrarme en el comienzo de una generación en la que tuvimos unos maestros que nos enseñaban a trabajar. Sin Blecua en el Instituto Goya e Ynduráin en la Universidad hubiéramos sido como los demás. Esos dos grandes maestros influyeron en esa Escuela.

-Usted dice que tenemos una proclividad a la docencia, una tendencia menos creativa que investigadora. Aunque sea hacer sociología recreativa, ¿le encuentra una explicación al asunto?

-Es que el paisaje no da para mucho más. En mis asuetos infantiles o adolescentes, si salía de Zaragoza era a Alfajarín, mis ojos no se deleitaban con la exuberancia sino con la pobreza.

¿Qué le parece el momento del hispanismo?

Tengo una gran esperanza, no lo digo como fórmula evasiva, sino que es la verdad. Entre mi generación y la de los jóvenes de menos de treinta y cinco años hay un vacío, por eso digo que tengo esperanza. Está llegando va una generación espléndida de jóvenes, que son Ángel López, Ridruejo, Frago, Fernando Lázaro hijo, mis hijos… Fíjese si han salido nombres del pequeño círculo de Zaragoza. Y cada uno hace cosas distintas porque en mi generación tenemos una formación historicista. Todo lo que hemos hecho después ha sido consecuencia de marcharnos fuera de España. Yo hice Geografía lingüística porque me marché a Alemania, hice Sociolingüística porque me marché a Estados Unidos, hice Semiología, porque estuve como profesor en Francia… entonces nosotros hemos tenido que ir descubriendo las cosas en cada una de nuestras andaduras personales mientras ellos ya las han tenido aquí. Así que los encuentra en Teoría gramatical, en Historia de la Lengua, en ordenadores, en literaturas románicas… Hace cuarenta años esto no era posible.

-Déjeme terminar como si fuera un periodista ¿qué debo de hacer para conseguir hablar requetebién?

-Para mí no hay más que un camino: conocer la lengua que se habla, la lengua del pueblo.

Y en ésas estamos.

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