AMPARO POCH: EL HALLAZGO DE UN PERSONAJE

Publicado: febrero 6, 2011 en Prólogos
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Prólogo al libro de Antonina Rodrigo, Amparo Poch y Gascón. Textos de una médica libertaria, Diputación de Zaragoza, Alcaraván, 2002.

No podía encontrar Amparo Poch mejor apologista que su antóloga porque quien fuera la primera licenciada en medicina por la Universidad de Zaragoza viene a reunir en su personalidad los rasgos más característicos de las mujeres que Antonina Rodrigo se ha encargado de rescatar y vindicar a lo largo de su ya larga y fecunda trayectoria como biógrafa. Libertaria y amante de la libertad; cultivada y deseosa de que la cultura expandiera su benéfica influencia; filántropa cercana a todas las causas populares; vapuleada por las circunstancias familiares, sociales y nacionales, pero acostumbrada a reiniciar la lucha después de las caídas. Y, con todo eso, persona de buen humor y sabedora de que el principal interés de quien aspira a alguna clase de plenitud estriba en su capacidad de ocuparse de los demás.

De quién fue Amparo Poch darán buena noticia tanto este libro, que se encarga de rescatar algunos de sus escritos, como la biografía que la propia Antonina Rodrigo ha de publicar con motivo de su centenario en octubre de 2002. Sin embargo, lo primero que llama la atención, una vez presentado el personaje, es cómo una comunidad cultural ha podido vivir un siglo, no alejada sino desconociendo totalmente a quien fue uno de sus mejores individuos y que al exiliarse, con sólo treinta y seis años, había dejado una obra insólita por su modernidad y compromiso social. Por supuesto que la respuesta, fácil y certera, sería achacar la responsabilidad de tan clamorosa marginación al franquismo pero desde los estertores de éste había posibilidad de encontrar los textos de Amparo, de hablar con gentes que la hubieran conocido y tratado, incluso, con algunos de sus familiares. Pero Amparo Poch, como tantos otros que estuvieron apuntados a las ideas más elementales -y por ello avanzadas- de su tiempo, no existía. En algún lugar debió tropezársela su biógrafa y emprendió una ingente y casi solitaria labor de rescate que aquí tiene su primer fruto.

Los textos que esta antología recoge ocupan un espectro cronológico de cuarenta años por lo que su datación es fundamental para comprender sus claves. Si los primeros artículos y poemas nos muestran los balbuceos de una vocación literaria y publicista, la novela Amor es un curioso experimento juvenil en el que se mezclan las ingenuas cursilerías de un postmodernismo provinciano con ideas de redención social que congregan también un componente de romanticismo, mala conciencia pequeño burguesa y difuso anhelo de modernidad que se encarna en la esperanza de una inminente revolución que, evidentemente, no se sabe muy bien en lo que consiste. Aunque entonces la juventud creadora fuese mucho más precoz -y también mucho más escasa- de lo que pueda ser hoy, no deja de sorprender cómo una estudiante de veinte años acomete el género narrativo con todos los tics, ingenuidades y defectos compositivo-estructurales que se quiera, pero también con una corrección lingüística y una estructuración del corpus narrativo que supera al de muchas obras editadas en la Zaragoza de su tiempo. Como es previsible en una obra de primera juventud, junto a la preocupación por las formas de relacionarse, aparecen en la obrita los horizontes de una joven idealista que mezcla, confusa y emotivamente, sus pulsiones sociales, su malestar familiar y su concepción del mundo. Esas contradictorias inquietudes se verterán en la narración, que servirá inevitablemente de purga personal. Pero, al fin, la novela no deja de ser una proclama contra los convencionalismos que, además, tiene el mérito de estar hecha por una mujer de clase media en la Zaragoza de 1923. Demasiadas, estas cuatro últimas limitaciones contextuales, para no sentir admiración por la autora.

Es verdad que su intento de desmontar los seculares sistemas de valores adolece de esa vieja contradicción: hacerlo con procedimientos expresivos sobados resulta ineficaz estética y socialmente y puede hasta devenir en patético, pero no pueden olvidarse ni los antedichos condicionantes ni la labor pionera de Amparo Poch. Leyendo sus escritos uno no se deja de preguntar cuál sería el conocimiento y la postura de la joven escritora respecto a las vanguardias que entonces eclosionaban en España. Quizá su entrega a la medicina le impidió conocerlas con profundidad pero, por el ambiente que vivió tanto en Zaragoza como en Madrid -piénsese en su relación directa con Lucía Sánchez Saornil, poeta que frecuentó desde temprano las lindes de los ismos-, es muy improbable que no tuviera algún contacto con ellas.

No hay, por otra parte, ninguna referencia localista en Amor, pese a que la autora no sale del ámbito de los jóvenes redactores de la publicación en la que, suponemos, colaboraba. Efectivamente no aparece una sola alusión zaragozana, pero sí una constante atención hacia el asesinato político que, si entonces estaba en el centro de todas las preocupaciones socio-políticas dada la guerra a muerte que singularmente en Barcelona habían emprendido las fuerzas sindicales anarquistas con los pistoleros de la patronal, en Zaragoza tendría su culminación en junio de 1923 con el asesinato del cardenal Soldevila. Estas acciones precipitarían, junto a la infamia de la guerra con Marruecos, la instauración de la Dictadura. Es muy posible, aunque no podemos saberlo con exactitud, que la novela se publicara en las inmediaciones temporales del que fue el mayor magnicidio ocurrido en la Zaragoza del siglo XX.

Por las fechas en que la veinteañera Amparo publica su única novela, no era Zaragoza una ciudad muy estimulante en el ámbito cultural. Frente a la eclosión creativa de otros lugares, en la capital del Ebro durante 1923 se publican, ciñéndonos a lo aproximadamente literario, libros de Ricardo del Arco (Figuras aragonesas. El genio de la raza), Pedro Arnal Cavero (Lecturas), Pedro Sanz Ferrer, (Cantas y… “Cantos”) o una novela como En la antigua Escitia de un tal Lucio Lajoya… y casi nada más, que yo sepa, lo que hace más meritorio el intento de la novísima autora. En todo caso, donde radica el verdadero interés de los escritos de Amparo Poch no es en esta curiosa novela ni en los sonetos que por entonces publica en La Voz de la Región sino en sus artículos vindicativos, totalmente insólitos en pluma femenina aragonesa. De 1923 es también “¿Y yo?”, texto glosado por A. Rodrigo, en el que una Amparo de 19 años defiende la independencia de la mujer y su derecho a dedicarse al estudio en una publicación tan inesperada como la Revista del Ateneo Escolar. A partir de entonces, la brillante carrera médica de la autora se enriquecerá con su labor de pionera en la difusión de las ideas progresistas en torno a la salud, el amor, la condición femenina, la infancia, la justicia social o el pacifismo. Este libro nos aproxima a su figura y a sus ideas y nos pone lamineros de esa biografía que nos dará una dimensión más completa del personaje.

Cuando hoy cualquiera se apunta acríticamente a una falsa progresía -¡defendida hasta por los medios de comunicación, hoy voceros de uno y otro capital!- en la que simplemente se han invertido los papeles de buenos y malos, personajes como Amparo Poch o esa otra mujer casi olvidada, María Domínguez, primera alcaldesa de la república ignominiosamente fusilada junto a su hombre en Fuendejalón, nos aparecen como absoluta y casi anacrónicamente ejemplares.

Las ideas revolucionarias estaban en el ambiente pero quienes las defendieron fueron héroes o heroínas de carne y hueso que casi siempre sufrieron brutalmente las consecuencias de su cualidad de precursores. Esos héroes, efectivamente, tuvieron unos nombres y Antonina Rodrigo está dedicando su vida a recordárnoslos.

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