VISIÓN DE ZARAGOZA. ANTOLOGÍA DE FRAGMENTOS LITERARIOS DESCRIPTIVOS DE LA CIUDAD

Publicado: julio 22, 2012 en Sin clasificar
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   Hoy, 22 de julio, hace un año que, tras varias probatinas, puse en marcha esta página en la que rescatar textos, en su mayoría ya editados y que yacían sepultados en el papel de publicaciones tan volanderas como la memoria. La recepción ha sido mucho mejor de la que me esperaba -no sé si 35.000 visitas en un año serán muchas pero, desde luego, el número supera ampliamente el  de lectores de cualquiera de mis libros- aunque sepa muy bien que gran parte de ellas son meras visitas episódicas. Son ya 143  textos, quizá demasiados, y en ellos quedan claros mis centros de ìnterés: la literatura; la música popular, en especial,  tango, cuplé, jota, zarzuela y canción española; Aragón; el periodo que surca desde la Restauración a la guerra civil; el humor; los raros, olvidados y marginados pero, sobre todo, queda clara una variedad de intereses que algunos llamarán dispersión y otros poligrafía.

Sea como fuere, quiero agradecer a mis visitantes su atención y para conmemorar el aniversario, inserto hoy el texto que escribí para la exposición sobre la ciudad de Zaragoza, que se montó en la Lonja y en el Museo Camón Aznar durante la primevera de 2011. Concretamente, estos fragmentos se grabaron en rojo sobre las paredes del segundo de los espacios mencionados y fueron publicados en el catálogo con el título:                                                    

-“La palabra en la historia. Antología de fragmentos descriptivos de Zaragoza”, Zaragoza. Visión emocional de la ciudad, Zaragoza, Ayuntamiento de Zaragoza-Ibercaja, 2011, pp. 131-133.

                                                                                                     Vista desde la torre de la Magdalena (1864)              

 Totalmente entregada a la revolución (…), no creo que ninguna región de España le vaya delante (…). Zaragoza tiene, en este aspecto, una superioridad real, y todo aquél que posee luces e inteligencia no tiene más que la idea, la idea fija de ir adelante. Zaragoza es una de las ciudades de más energía, quizás la que más de toda la península. Su memorable sitio le ha conquistado en la historia contemporánea un lugar glorioso; puesta a prueba hoy, no dudo que sería la de entonces; fiel a sus tradiciones. ¡Feliz el pueblo que las tiene heroicas! Las de Zaragoza lo son. Antigua capital de la realeza aragonesa, se bañó, joven todavía, en los manantiales briosos de las libertades públicas, como Aquiles en las aguas de Estigia, y, como él, fue largo tiempo invulnerable; se precisó toda la pujanza de Felipe II para vencerla y reducirla.

 Charles Didier, Un año en España, 1836.

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 Vio, en fin, las torres de Zaragoza; acercose más, divisolas con más claridad, alegrándose de un modo que jamás había experimentado; y dijo: “Perdona, ciudad ilustre, madre mía, como de todos los que nacen debajo de este gran cielo de Aragón. Yo he visitado otras capitales, casi todas las de España, y las más famosas; y no te he visitado a ti, que debiste ser la primera y que para nosotros vales por todas. Esa majestad tan bien sentada; esa grandeza que se levanta en la imaginación y la memoria; tu nombre que es todo amor, todo sublimidad, todo gloria y heroísmo: ¡Oh, ciudad! ¡Oh, Zaragoza! Recíbeme en tu seno, en el cual daré al olvido cuantas grandezas me han asombrado, cuanta nobleza y dignidad se han ofrecido a mis ojos admirados”. Y diciendo esto fue adelantando y llegó a los muros y quiso entrar y entró por la puerta de Santa Engracia. Penetró al Coso, y mirando que hubo esta hermosa calle se metió por la de San Gil y atravesó la ciudad hasta el puente, desde el cual, visto el Ebro, miró hacia su lugar y le saltó el corazón pensando en su madre.

 Braulio Foz, Vida de Pedro Saputo, 1844

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Zaragoza, situada en medio de una vasta llanura que fecunda el Ebro, el Gállego y la Huerta, es la capital de Aragón. Está allí como un monumento póstumo a las libertades municipales, recordando a las naciones afeminadas de nuestra época el indomable coraje de Sagunto y Numancia. Sus murallas arruinadas –cribadas por las balas de cañón de Napoleón y por las de las diferentes facciones que, bajo el nombre usurpado de gobierno, han hecho de España el sangrante teatro de su detestable política- y sus ruinas son como decorados de un perpetuo y sombrío drama que no puede alcanzar su desenlace.

 Manuel Galo de Cuendias y Víctor de Féréal (seudónimo de Mme. Suberwich), La España pintoresca, artística y sentimental, 1846.

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La Torre inclinada, llamada Torre Nueva, no es menos curiosa que las Garisenda y Asinelli de Bolonia o que la célebre de Pisa. Su inclinación, que pasa de más de tres metros de la perpendicular, la avecina a esta última pero es menos antigua, de 1504. La torre de Zaragoza, con sus relieves de ladrillo estilo morisco, es de una elegantísima arquitectura(…)

 No olvidemos la Casa de la Infanta… una de las más bellas viviendas que nos legó el siglo XVI. El patio es una obra maestra de la arquitectura del Renacimiento. Soportan la galería ocho columnas acanaladas, coronadas de sátiros y ninfas (…) este estupendo palacio, que merecería conservarse con cariño, estaba ocupado, cuando lo  visitamos por un alquilador de carruajes y un vendedor de licores.

 Barón Davillier, Le Tour du monde, 1862.

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Se sale de la puerta de Santa Engracia, todavía acribillada de balas y bombas; se atraviesa a lo largo la glorieta de Pignatelli y se cruza el Huerva por el puente de Santa Engracia. A la izquierda se sigue una hermosa avenida llamada el Paseo de las Damas, se remonta al final un pequeño curso de agua, rodeado de árboles, a cuyo lado pasa un camino que conduce al monte Torrero. Se sube hasta el Salón, desde donde, al pie de la pequeña iglesia de San Fernando, se descubre toda la villa y toda la campiña de Zaragoza. Al otro lado de la colina se encuentra el pueblo, alegre y animado, con sus astilleros de construcción y reparación de los barcos empleados en la navegación por el canal. A la derecha está la Casa Blanca, embarcadero de viajeros y mercancías para el Bajo Ebro. Se regresa del monte Torrero a través de hermosos jardines; y vuelto a cruzar el Huerva cerca del presidio de San José, se entra en la villa por la puerta de Espartero.

 A. Germond de Lavigne, España y Portugal, 1866.

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El aragonés por varonil y rudo que sea y por muchos años que cuente, parece siempre un niño; habla con la inconsiderada ingenuidad de los enfants terribles, que dicen los franceses: no conoce el peligro ni mide las consecuencias de sus actos; allá va adonde le impulsa su corazón; pide justicia y defiende su derecho con el generoso ímpetu de la inocencia; quéjase cándidamente y en son de maravilla de las más comunes ruindades de los hombres; no da, en fin, nunca cuartel a la iniquidad ni al absurdo y de aquí la fama de terco y obstinado que tiene entre las gentes, terquedad y obstinación que la patria historia denomina fortaleza, magnanimidad, heroísmo…

   Pedro Antonio de Alarcón, El escándalo, 1875.

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(Desde la Torrenueva) Caía el sol, las torres y campanarios de Zaragoza recibían sus últimos rayos, el cielo estaba despejadísimo. Volví a mirar todo alrededor, como para grabar en la memoria el aspecto de la ciudad y el campo y, antes de viajar, le dije al guardián, que me contemplaba con un aire de amable curiosidad: “Diga a los extranjeros que vengan de ahora en adelante a visitar la torre que, un día, un joven italiano, pocas horas antes de salir hacia Castilla, saludando por última vez la capital de Aragón, desde esta atalaya, se ha descubierto, así, con el sentimiento del más hondo respeto, y no pudiendo besar en la frente, uno a uno, a todos los descendientes de los héroes de 1809, le ha dado un beso al guardián. Y se lo dí, y me lo devolvió, y me fui contento, y él también.

 Edmundo d’Amicis, Spagna, 1885.

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Visité el café Ambos Mundos, reputado como el más grande del mundo (que en realidad significa el mundo de Zaragoza). El salón, espléndidamente equipado e iluminado con electricidad, es de doscientos cincuenta pies por doscientos. Es un sitio maravilloso y, cosa aún más maravillosa, económico. Si una taza de café cuesta normalmente cinco peniques en el establecimiento más barato, aquí, en este salón magnífico, se puede tomar uno muy bien servido por dos míseros peniques. Un poco más adelante, Santa Engracia se abre en un círculo de casas vistosamente adornadas y rodeadas de jardines llenos de las flores más selectas. El panorama se parece al que se tiene en El Arco del Triunfo mirando a los Campos Elíseos, pero en lugar del Arco se alza una colosal estatua de Pignatelli.

 C. Bogue Luffman, Un vagabundo en España, 1893.

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Memorable fue la puesta del sol. Por la tarde, ya cerca de Zaragoza, el sol bajaba hacia la ancha llanura como una bola roja de sangre. De inmediato, el cielo se arreboló con los colores más vistosos, mezclándose en un resplandor crepuscular que permaneció hasta altas horas. En medio de este espléndido cielo vimos, más allá de las llanuras, elevarse como una visión celestial las magníficas torres, torretas y campanarios de Zaragoza. Al acercarnos, la juzgamos una ciudad de ensueño: no emplazada sobre una roca gigantesca, como Segovia, sino sobre una pequeña altura, a unos quinientos pies sobre el nivel del mar

La entrada a la ciudad es impresionante. Y promete abundantes cosas buenas que a la postre, tenemos que confesarlo, no se cumplen. En apariencia es la más pintoresca de todas las ciudades, con su espléndido río corriendo rápido por el llano, cruzado por su puente, famoso en el mundo, sobre el que se levanta su bella y elegante silueta hacia el este; pero, una vez dentro, el encanto desaparece en parte. Hay que adorarla a distancia.

 Zaragoza es grande y floreciente; su prosperidad, notoria; sus calles nuevas son bonitas, pero convencionales. Algunas de ellas son amplios bulevares con árboles a los lados, iluminados con lámparas eléctricas y provistos de toda mejora moderna. Al atravesarlos te crees casi en una pequeña Parías. Por la noche, sus cafés se iluminan vistosamente y figuran entre los más elegantes de España. Siempre están llenos y padres demasiado tolerantes e insensatos llevan a sus hijos, teniéndolos en tal brillo y esplendor hasta casimedianoche,cuando se caen de sus asientos. Siempre hay algún tipo de música, a veces las ásperas y bárbaras disonancias y aullidos con los que los españoles se deleitan; otras, las armonías civilizadas y las voces educadas, verdaderamente hermosas, pero menos populares.

 Vi una larga calle, especialmente antigua e interesante. A sus dos lados tenía hondos y sólidos porches de época lejana sobre los que se elevaban pintorescas casas con aleros y muchas ventanas acristaladas y aún con rejas, lo que aumentaba su encanto. Para hacerla todavía más interesante allí había un mercado. A ambos lados de la calle, delante de los porches, se veía una larga sucesión de tenderetes, donde se vendía todo lo necesario para la vida doméstica (…) Muchos de los dueños de los tenderetes llevaban trajes que armonizaban a la perfección con los porches y los tejados con aleros (…) Muchos hombres briosos, fuertes y robustos, llevaban el traje del país: pantalones hasta la rodilla, sombreros de ala ancha y amplias fajas de seda azul y roja ciñendo su cintura; una raza vigorosa y activa, hecha para resistir.

 Charles W. Wood, Glorias de España, (h. 1895).

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Hay que tener en cuenta que en aquella época (h. 1860), el Ebro era un elemento de distracción incomparable. Todos los estudiantes nos perecíamos por navegar en los pontones de los barcos que se dedicaban al transporte de mercancías de los pueblos y parajes situados a orillas del caudaloso río. En el río nos pasábamos media vida y aquel era nuestro punto de cita cuando no entrábamos en clase… la alegría y la vida que tuvo el río. Hoy parece muerto; sus aguas corren solitarias sin que nadie las anime. Zaragoza ha abandonado casi por completo ese medio tan admirable que tiene en sus manos y que otros pueblos desearían tan anhelosamente  (…)  He conocido yo cientos de barcas atracadas en sus orillas y el ir y venir constante de aguadores con sus carros o con burros que subían y bajaban sin cesar por las rampas dela Ribera.¡Ni estas han quedado! Cerradas a cal y canto yo no acierto a explicar como cogeríamos el agua el día que nos hiciese falta.

 Mariano Gracia, De mis buenos tiempos. Memorias de un zaragozano, 1905-1906.

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Más allá los campos de la huerta zaragozana extienden su alfombra de matices diversos: (…) las cañas erguidas en formación correcta a lo largo de las acequias festonean el contorno de los tablares en donde las hortalizas turnan con los trigos, cuya mies muéstrase apretujada, undosa, como suave terciopelo dorado. A lo largo de los caminos corren los grises tapiales adoberos que circundan la torres, las genuinas casas de campo de nuestra tierra y, encima de aquello se yerguen y aun se desploman desfallecidos los pampanajes de las parras que ponen sobre ellos una verde y resaltante crecería (…) A la izquierda (…) aparece la aridez gris del monte de San Gregorio, cuya ermita refulge sobre la cima besada amorosamente por las postreras caricias de un sol crepuscular. A la derecha, un poco lejos, oscurecen el paisaje las espesas arboledas de la ribera del Gállego en el término de Urdán.

 José García Mercadal, Zaragoza en tranvía, 1908.

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 Es una extraña ciudad esta de Zaragoza: andaluza, por el sol; nórdica y aun germánica, por el alma y la tradición de sus clases directoras (…) En el casco viejo, las intrincadas callejuelas hacen pensar en Córdoba; pero la Lonja y el palacio de la Audiencia y los grandes portalones de las casas nobles evocan el culto de la fuerza que gustan los germanos expresar en la piedra(…) El Pilar, desde lejos, recuerda, con la multitud de sus torres, el Parlamento de Londres y más que una catedral parece un congreso de palacios disciplinados por un ritmo común (…) Es en el interior donde despide La Seo la dinamicidad característica del arte de los francos y los germanos. Sus columnas grandiosas no están donde se encuentran meramente para sostener las bóvedas, sino que parece que van a hacer algo. Esta debió ser la iglesia favorita de los nobles de Aragón; pero comprendo que el pueblo le tanga miedo y se refugie en el Pilar.

 Ramiro de Maeztu, “La conquista del Ebro. El llano de Zaragoza”, El Sol, 1921.

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La calle de Alfonso I es simpática en Zaragoza por la misma razón que es simpática en Madrid, la calle de Sevilla y en Sevilla, la calle de Las Sierpes y en París, la plaza de la Ópera y en Londres, el chaflán de Piccadilly Circus: por su animación, por su alegría, por su constante ir y venir de gente a todas horas, de gente que deambula, la mayoría ociosamente, por el puro placer de pasear (…) La Posada de las Almas ha perdido todo su encanto clásico. Apenas sí conserva de su antiguo aspecto el portalón enorme, el inmenso zaguán empedrado con picudos guijos sobre los que descansan los carros, varas en tierra y la bolsa vacía colgando de la zaga; la vieja galería sostenida sobre recios pilares, llena de cuerdas con ropas a secar. En cuanto se traspone la escalera la poesía desaparece.

 Pedro Mata, El hombre que se reía del amor, 1924

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 Echó a andar por la vía más ancha (Coso) que desembocaba en la plaza. Tenía aspecto de calle principal: grandes aceras, aparatosa formación de castilletes y postes para cables de tranvía y focos de luz. Resultaba su trazado algo gracioso al no ser recto, sino formando un ligero arco que daba teatralidad a su presentación, aun en la oscuridad de la noche, que hacía perder el contorno de los edificios y borraba el fondo del escenario (…) Poco más allá, en la acera de enfrente, había otra redacción y, más abajo, otra. Por lo visto, como en los tiempos gremiales las industrias volvían a establecerse por calles, y ésta debía ser la calle de los periódicos, como en lo antiguo existían las calles de las Platerías, de las Cuchillerías, etc. ¡Pero qué distintas industrias! El periodismo de hoy es una especie de horno donde se cuece el pan del pensamiento, que luego por la mañana es distribuido a los que tienen hambre y sed de cultura.

 Rafael Pamplona Escudero, Zaragoza, la ciudad dada al diablo, 1926.

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Zaragoza está falsificada y zarzuelizada, como la jota, y para buscarla en su antiguo espíritu hay que ir al museo del Prado y admirar el exactísimo retrato que hizo Velásquez. Allí la tierra de San Pablo y los tejados de la Lonja están ambientados sobre el cielo de perla y la original silueta del caserío. Hoy la ciudad se ha marchado. Yo, que he pasado Aragón en tren, creo que el viejo espíritu de Zaragoza debe andar errabundo, acribillado de blancas heridas, por los alrededores de Caspe, en las últimas grises rosas, donde el viento duro tira al pastor y salvajiza la luz de las estrellas grandes.

 Federico García Lorca, Carta a Melchor Fernández Almagro, 1926. Reproducida en Antonio Gallego Morell, Cartas, postales, dibujos y poemas de Federico García Lorca, Madrid, Moneda y Crédito, 1969.

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 Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El americano y la muchacha que iba con él tomaron asiento a una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid (…) La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.

— Parecen elefantes blancos — dijo.
— Nunca he visto uno—.  El hombre bebió su cerveza.
— No, claro que no.
— Nada de claro — dijo el hombre—. Bien podría haberlo visto.     

Ernest Hemingway, Colinas como elefantes blancos, 1927.

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En el magnífico ring del Ebro, la tarde y la noche comienzan a asestarse los primeros golpes. Lucha en los mismos cristales del balcón, que de pronto deja de ser atalaya para convertirse en escenario. Pronto, el río y sus árboles y puentes quedará hundido del lado de allá en una más densa bruma y el cristal será ya muro en vez de lente. Todo el paisaje se trocará en un poco de azogue; la diáfana superficie se convertirá ya en oscura pantalla (…) Abajo desfilan las sombras, borrándose una a otra. Pasan colegiales, muchachas, vagabundos, mujeres apremiantes, tranvías que destrozan la bruma con sus alegres flechas verdes, rojas, amarillas, que hacen añicos el silencio con sus impertinentes campanas.

 Benjamín Jarnés, El convidado de papel, 1928.

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¡La ciudad de los dos célebres sitios, durante la guerra contra Napoleón! (…) Con las ciudades célebres suele pasar lo que con los hombres notables: se sufre un desencanto cuando se les ve de cerca. Muy mal café en la estación. Cuando se sale a la puerta de la estación, al romper el alba, suciedad, carros cargados de sacos, ruido, humo en los tejados, voces carraspeantes y nubarrones arrebolados en el cielo detrás de las esadñas de las torres de las iglesias. Esto es Zaragoza, es decir, esta es la impresión que se recibe en un vistazo superficial (…) Si la retirada de Moscú fue grande (…), la defensa de Zaragoza, la sobrepasa en heroísmo, en la misma medida que la batalla sobrepasa en nobleza a la huida y al incendio.

 León Trotsky, Mis peripecias en España, 1929.

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Los bulbos del Pilar se desfondaban del fondo cárdeno del Poniente. El río –con márgenes secas, con márgenes de fiebre, con labios blancos de cadáver- llevaba un agua que no era agua, sino un contenido musical. No he visto más lírico río en mi vida. De un lirismo apenas pluricorde. De cuerdas de balalaika, de bandurria (…)

 Los bulbos del Pilar, reflejados en música del río-bandurria, materiosidad y abstracción.

Toda la sublime delicadeza y toda la sublime brutalidad de lo aragonés. Tierra aragonesas sin senos; pero ardiente, alcoholada, dinamitada. Si hay algo en España que sea Rusia es el Pilar y su paisaje. Todo el polvo de Aragón en el estío, como toda la nieve de Moscú en el enero. El mudejarismo aragonés, como el bizantinismo de Rusia. La Virgen del Pilar es la Virgen de los iconos. La guerra de la Independencia, la Zaragoza contranapoleónica: el alarde más decidido de contraeuropeísmo.

 Giménez Caballero, Trabalenguas sobre España, 1931

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A lo largo del Coso se llega a la plaza de la Magdalena, es decir, a la proximidad de las calles del Pozo y de Manuela Sancho, del convento de las Mónicas, del de San Agustín, de la ronda, del Huerva y su lavadero. En suma: ¡las Tenerías del Sitio! A pesar de los derribos y las programaciones, conserva el barrio su espíritu inconfundible, bien que ensimismado, y casi, casi su aspecto de entonces, de la francesada. Todavía se mantiene en pie un caserón de redonda entrada, moreno y áspero, con las cicatrices de la metralla napoleónica. En las otras viviendas, modestísimas, por lo común, mejor que reformas, hiciéronse remiendos, como en la ropa de los pobres. Una tonalidad pardusca, terrera, en la que resaltan encalados azules, nostalgia de las campestres torres, unifica el conjunto. En un remanso donde todo es sedimentación, existen, sin embargo, lugares de reposo: el monasterio de las Mónicas, con sus tragaluces floridos en yeserías y apaisado, parece una litera olvidada.

 Federico García Sanchiz, Te deum laudamus, 1940.

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Un poco más abajo, por la calle de Cerdán, se iba al mercado, donde millares de compradores y vendedores hacían cada día sus negocios en frutas, legumbres, carne y pescado, protegidos del sol por un inmenso cobertizo de metal y cemento, complicado como el laberinto de Creta. Los olores más diversos se mezclaban allí dentro, pero dominaba la sensación de frescura húmeda. Por el centro de pavimento de ladrillo había arroyuelos de agua circulando como en los alcázares moros (…)

 Allí mismo comenzaba la calle que me parecía a mí más histórica de Zaragoza. La calle de Predicadores, donde estaba la cárcel. Allí tuvieron preso a Antonio Pérez, el privado de Felipe II, antes de escapar a Francia: era una calle ancha, de edificios altos, con esa pátina entre topacio y rosa que dan los siglos a las viviendas civiles mientras que las piedras de las catedrales y los palacios toman un color oscuro de hierro colado.

 Ramón J. Sender, Crónica del alba, 1942.

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Sin duda, y dado que Zaragoza y Granada han sido las capitales españolas más castigadas por esta furia, (…) las lamentaciones han sido allí mayores y más hondas que en otros parajes (….) A continuación de Granada, los ayuntamientos de Zaragoza también estremecen por la despreciativa y fría indiferencia con que convertían en polvo sus adorables ladrillos moriscos. Identidad de trato mediante la cual, una ciudad andaluza y otra aragonesa han ido pareciéndose cada vez más, pero no por el destino que parecía obligar a ello, sino por la lucha negativa para una desambientación total y una desconexión de la geografía y de la historia.

 Juan Antonio Gaya Nuño, La arquitectura española en sus monumentos desaparecidos, 1961.

                                        Torre mudéjar de San Juan y San Pedro, derribada en 1972.

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Los pinos de Moncasi y de Montoya se divisaban el primero desde el paseo de Sagasta y desde el puente del Pilar y ofrecían su silueta casi gigantesca, altivos en su soledad que los realzaba. Se habían conocido otros árboles famosos (…): un eucalipto en la plaza de la Seo, un tilo en la de Aragón, las palmeras en las de San Felipe y del Carbón y unos cipreses que quedaron de lo que fuera huerta de las monjas de Jerusalén. Todos, con las acacias, algunas muy frondosas del Paseo, con los soberbios olmos de la subida de Cuéllar, del paseo de Ruiseñores y de la orilla del canal (…) Todos , poco a poco, han ido dando paso al raquitismo y la chaparrudez de estas especies nuevas que dan a los ralos jardines y paseos modernos una uniformidad inexpresiva y monótona.

Miguel Gay. “Zaragozanos que no dejaron rastro”, Heraldo de Aragón,27-XI-1977.

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Se sabe bien que la gesta de los Sitios medio la destruyó; y que esa destrucción fue perfeccionada por las infames piquetas de la última posguerra. Sucumbieron, en ambos cataclismos, monumentos, palacios y rincones callejeros, que hoy, limpios y recuperados, nos causarían satisfacción, tal vez orgullo. Pero ha quedado muy poco de lo antiguo, bastante de lo que era simplemente viejo y, en lo nuevo, abunda lo indiferenciado, lo mostrenco, las construcciones para vivir, más o menos pretenciosas: como en todas partes donde se ha construido sólo para ganar. Es esto sobre todo, lo que domina, comunicando a Zaragoza su aire de “ciudad moderna”, elogio que nos complace, a falta de encendidos piropos a su cuerpo.

 Y me enojaba, a quién no, el viento (…) Esa sensación de gravedad de tenaz aferramiento al suelo que la urbe produce, a él se debe. Ha de agarrarse para no volar, cuando sopla, con cualquier arremetida del aire. En ninguna parte es este más hombrón, más arrebatado y fiero. Acomete desde el Oeste –el Moncayo lo empuja-, como vengando un antiguo agravio castellano. Quien no crea en el cierzo, que venga a Zaragoza y lo vea.

 No, no hay donde verla y oírla en Zaragoza; se presta mal a ser encerrada en algo semejante a un “tablao”. Arrasa y achica cualquier otro cante y baile que se le ponga al lado… A cambio, no le sobra lirismo  y, por tanto, le falta aptitud para degradarse y degenerar. Es ruda hasta queriendo ser tierna; no admite morbo ni mucha prolongación. Apenas deleita: sacude y conmueve (voces inolvidables de José Oto y la Galé y la Perié, garbo sabio de Isabel Zapata). No cabe en un local nocturno.

 Fernando Lázaro Carreter, “Retrato de Zaragoza”, Heraldo de Aragón, 7-VII-1989.

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Todas las veces en que cruzamos la ciudad, normalmente rumbo a Barcelona o el Ampurdán, Juan (Benet), por muy retrasados que marcháramos, al llegar a un punto practicable de la carretera, frente a la capital de Aragón, detenía el Daimler, prendía un pitillo, extendía el brazo y, casi sin habla, musitaba:

-¡Ahí la tienes, eterna como el tiempo y los dioses!

-Venga, Juan, termina de fumar y arranca. Zaragoza –le decía sólo para picarle- no es más que una ciudad hecha a mitades de fábricas de cemento y de cargante ladrillo mudéjar.

-¿Y tú te dices poeta? Tienes la sensibilidad embotada. Admira el brillo mate de esas cúpulas, con el padre Ebro lamiendo los pies de la recia, de la invicta Diosa. En fin, (…), no se ha hecho la miel, ya sabes…

 Antonio Martínez Sarrión, Jazz y días de lluvia, 2002.

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comentarios
  1. froilan dice:

    como sé que conoces perfectamente a Eugenio Noel, pues, a ver si te animas e incluyes ese texto que sobre la tumba de Costa, la estatua de Lanuza o la de los mártires escribe en uno de sus libros de la campaña antiflamenca y le sirven para fustigar a todo lo que se mueve

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